
[Flores Olea aplaude al poder. Foto © Rogelio Cuéllar]
Sólo un canalla puede respaldar la infame afirmación de la dictadura cubana al acusar a Orlando Zapata y a Guillermo Fariñas de ser delincuentes comunes y de estar financiados por “el imperialismo yanqui”. Entre otros “intelectuales, académicos, luchadores sociales, pensadores críticos y artistas de la Red En Defensa de la Humanidad” (sic), Víctor Flores Olea y Pablo González Casanova dicen en el desplegado “En defensa de Cuba” que lamentan el deceso del “preso común Orlando Zapata, pero no admitimos que su muerte [...] sea tergiversada con fines políticos muy distintos y contrarios a los de la defensa de los derechos humanos”. Los muy democráticos académicos también exigen “respeto a los procesos internos del pueblo cubano para definir y ejercer su democracia”. ¿Será que estos intelectuales ignoran que desde el triunfo de la guerrilla de Castro y el Che Guevara desaparecieron en Cuba las libertades de tránsito, de asociación, de prensa, de pensamiento, y que los disidentes, incluso los de izquierda, muchos de ellos compañeros de armas de Fidel, fueron fusilados, presos o exiliados y borrados de la historia oficial? De ello hay cientos de documentos y testimonios que Flores Olea y González Casanova —hombres libres que pueden decir en su país absolutamente todo lo que piensan— prefieren soslayar, al mejor estilo del pintoresco intelectual de izquierda descrito por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa en el Manual del perfecto idiota latinoamericano (Barcelona: Atlántida, 1996), ese que culpa de todos los males de la doliente Iberoamérica a la burguesía y al imperialismo.
Escritor y fotógrafo, Víctor Flores Olea fue director de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y fue, sobre todo, funcionario de gobiernos priistas desde mediados de los años setenta, diplomático y primer presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (1988-1992), creado por Carlos Salinas de Gortari para orientar las pautas oficiales en los asuntos del arte y la cultura. Y como tal fue una pieza desechable.
En 1992 la revista Nexos organizó el Coloquio de Invierno en respuesta al Encuentro por la Libertad organizado dos años antes por sus rivales de la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz, entonces el intelectual más influyente del país. Paz montó en cólera por haber sido invitado a destiempo a un coloquio que, alegaba, había sido financiado con fondos públicos. Nadie ha desmentido la versión de que el Nobel le pidió al presidente Salinas que corriera a Flores Olea del Conaculta. En todo caso, el funcionario aceptó sin chistar la patada en el trasero, aunque después fue premiado con la representación de México ante la ONU. Más tarde se convertiría al neozapatismo y desde entonces promulga una globalifobia elemental en todos sus artículos, recogidos puntualmente por medios al servicio de Hugo Chávez, como rebelión.org.
El sociólogo y ex rector de la UNAM de 1970 a 1972, Pablo González Casanova, autor de La democracia en México (1965) y orgulloso neozapatista, cree también que Cuba es una democracia ejemplar y que uno de los mejores exponentes del socialismo democrático es Hugo Chávez (véanse sus artículos en La Jornada). Otro firmante del desplegado, el antropólogo y ex diputado del PRD Gilberto López y Rivas, fue reclutado por la KGB —la policía secreta soviética— a mediados de los setenta como espía para la URSS y Cuba mientras estudiaba en Estados Unidos. No lo ha desmentido.