
Una nota publicada en dos partes en
Milenio Semanal sobre
El desencanto, libro reciente de José Woldenberg.
I. En
Koba el Terrible. La risa y los veinte millones (Anagrama: 2002) Martin Amis reflexiona sobre la militancia en el Partido Comunista británico de su padre, el también escritor Kingsley Amis —ya en su vejez un gruñón conservador—, y sobre la muerte a los 46 años de su hermana Sally debido al alcoholismo, lacerantes coordenadas con las que empieza a trazar la biografía de uno de los mayores criminales de la historia: José Stalin, a quien apodaban Koba en su niñez. Un libro que tarda en arrancar entre testimonios personales y que se desdobla súbitamente en otro que contiene la historia del régimen de terror soviético que segó la vida de al menos veinte millones de personas —otros cálculos, dice Amis, elevan esta cifra hasta cincuenta millones. Dos libros en uno que corren como ríos subterráneos en la narración de la tragedia familiar y del asesinato de una parte de la población de la vasta Rusia mediante las miles de ejecuciones, la hambruna deliberada y el destierro masivo al Gulag. Amis expresa su azoro ante la opinión generalizada de que Hitler fue aún más malvado que Stalin, desconcierto que lo lleva a reprocharle a su padre y a la intelectualidad inglesa y europea de izquierda los remilgos para reconocer los crímenes del estalinismo y la negativa de muchos de ellos a difundir las atrocidades. Por pusilanimidad o para no “hacerle el juego al imperialismo” todos ellos fueron cómplices, finalmente, del horror, acusa Amis. Ya vendría un historiador francés a enmendarles la plana: en
La gran mascarada (Taurus: 2001) Jean François Revel establece la simetría entre el nazismo y el estalinismo, desnudando al comunismo de su falso ropaje moral. Para Stalin la muerte de un millón de personas era solamente una estadística, recuerda Amis. No, dice el escritor, se trata de un millón de tragedias. Por eso abre y cierra su valioso y extenso relato con una tragedia personal, la muerte de su hermana, tan lamentable por su entrañable cercanía como la de millones de desconocidos inmolados entre 1917 y 1953 en la sangrienta edificación de una “nueva sociedad”. Sin embargo, se duele Amis, aún hoy entre amplios sectores de la izquierda del mundo la dictadura de Stalin tiene “mejor” reputación que el régimen del Tercer Reich.
José Woldenberg ensaya algo parecido a
Koba el Terrible en
El desencanto (Cal y Arena, 2009), la biografía a medio camino entre el relato testimonial y una ficción apegada a los hechos de un personaje inspirado un poco en su propia militancia izquierdista, pero sobre todo en la de Manuel Martínez Peláez, llamado simplemente Manuel en el libro, aunque hacia el final el nombre se desvanece. En
El desencanto se entreveran también dos libros que se complementan. Uno es la historia del entusiasta Manuel sindicalista y la del hombre de partido; la del primer desencanto: el Consejo Estudiantil Universitario y su conservador rechazo a las reformas que las autoridades universitarias proponían para la UNAM; la del segundo desencanto, esta vez con el naciente Partido de la Revolución Democrática y su agrupación en torno a Cuauhtémoc Cárdenas; la del tesonero funcionario público en el Instituto Federal Electoral; la del tercer desencanto: ahora ante el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el elogio de la violencia y, finalmente, el último y quizá más duro desencanto: la reacción de la Coalición por el Bien de Todos y su líder ante la derrota electoral de 2006.
II. En
El desencanto José Woldenberg apuntala la biografía de Manuel —sindicalista y militante de izquierda— con textos que narran la decepción de siete célebres escritores y militantes comunistas ante el imperio del terror que se vivía en la Unión Soviética. Semblanzas que avanzan sinuosamente en el mismo sentido que los empeños de Manuel: del entusiasmo y la entrega a una causa a la decepción devastadora, como le sucedió a Arthur Koestler, Howard Fast, André Gide, Ignazio Silone, José Revueltas, Victor Serge y George Orwell (aunque éste no fue comunista). Pero, como ellos, también practica la crítica feroz y entiende la urgencia de recuperar la ética para la política.
Manuel creía que el proceso de democratización de México iniciado con el movimiento estudiantil de 1968 se concretaba poco a poco en la formación del sindicalismo universitario, la reforma electoral, la legalización de la oposición comunista y la fundación del PRD, así como en la creación de instituciones que garantizaban la legalidad de los procesos electorales. Por eso rechazaba la vía armada, la de la guerrilla de los años setenta y la de los neozapatistas en 1994: “Los medios nunca son anodinos. Modelan los fines y a quienes los utilizan”, decía. Por eso también su enojo ante la reacción de López Obrador y su invención del fraude después de unas elecciones vigiladas por miles de ciudadanos y representantes de todos los partidos en casi todas las casillas del país.
Los pasajes entresacados de las obras de aquellos célebres desencantados funcionan como contrapunto a diversos momentos en la actividad política de Manuel. Como la frase de Rubachof, personaje de
El cero y el infinito, de Koestler, cuya resonancia aún perdura: “El Partido no se equivocal jamás. Tú y yo podemos equivocarnos. Pero el Partido no. El Partido, camarada, es algo más grande que tú y que yo y que otros mil como tú y como yo. El Partido es la encarnación de las ideas revolucionarias en la Historia...” Sin embargo, a Rubachof “cada vez le cuesta más trabajo creer en esa vanguardia” y se cuestiona amargamente: “Todos nuestros principios eran buenos, pero nuestros resultados han sido malos... Nuestra voluntad era pura y firme, debíamos haber conquistado el amor del pueblo. Pero éste nos detesta. ¿Por qué somos tan odiosos y detestados?” A su vez, Manuel se pregunta por qué la izquierda mexicana no hizo nunca una crítica tajante al totalitarismo comunista. En el caso del PRD eso se explica, piensa, por la raigambre priista de muchos de sus nuevos integrantes.
Al final de su vida las ilusiones de Manuel, o del protagonista que ya ha perdido su nombre, han dejado el lugar a “convicciones elementales que le parecían fundamentales: lograr un país equitativo con un ambiente para la coexistencia de la pluralidad política e ideológica”. Ya no anhelaba el paraíso en la tierra pues “estaba convencido de que esa pretensión generaba más bien infiernos terrenales”. Decepcionado también de la irracional izquierda mexicana, muere mientras duerme.
Aunque
El desencanto narra con fluidez las aspiraciones de una generación defraudada, quizá habría sido preferible un testimonio sin esas innecesarias pinceladas de ficción, que no aportan gran cosa, y con menos errores (al líder magisterial Othón Salazar se le cambia el nombre por el de Abel) y descuidos tipográficos. En este tipo de obras se echa de menos la destreza literaria de, por ejemplo, Martin Amis al reconstruir la historia de
Koba el Terrible.