domingo, agosto 23, 2009

Peter Hook en Guadalajara




Eugenio Arriaga organizó una comida para Peter Hook y tuvo la amabilidad de invitarnos. Un tipo sencillo y buen platicador. Me preguntó si conocía buena música típica colombiana —cumbias y eso— porque va a Bogotá, y le recomendé al salvajón Alfredo Gutiérrez y los Corraleros del Majaguar y, desde luego, a Joe Arroyo —le hice una lista porque no se iba a acordar. También irá a Buenos Aires, y le dije que allá buscara cumbias villeras. En fin, cada quien sus gustos.
Le di un par de Replicantes y me pidió que las firmara, después de haberme firmado el Technique para Wences. (Aquí está la prueba, Wences, ya pronto te daré el disco...) Y se llevó las Replis, no las dejó por ahí abandonadas como hizo el mamón de Volpi cuando le di una... (Las fotos son de Martín Mora)

Roberto Vallarino


Morir a los 47 años es despedirse demasiado rápido de este mundo. Roberto Vallarino tenía esa edad cuando partió, aunque ya era dueño de una copiosa y variopinta obra que abarca periodismo cultural, ensayo literario, novela, narrativa, poesía e incluso literatura infantil —y que hoy, nadie lo dude, sería tan avasallante como necesaria. En su compilación de ensayos Textos paralelos, a propósito de El tañido de una flauta de Sergio Pitol, escribió que “una de las finalidades de la novela contemporánea es dotar al mundo real de significados inéditos y proposiciones diversas a través de los elementos del mundo ideal, imaginario, voltímetro y potencia de todo artista verdadero” (México: UNAM, 1982). A pesar de su espíritu beligerante, este sonorense nacido en 1955 era uno de esos artistas verdaderos y muy temprano ofreció muestras de talento y sensibilidad. Tenía veinte años cuando un jurado integrado por Octavio Paz, Alí Chumacero, José Luis Martínez, Juan José Arreola y Héctor Azar celebró y premió su obra poética, a la que consideró “una de las más novedosas de habla hispana”.
Fue fundador de Cuadernos de Literatura, editor, corresponsal para el unomásuno de la guerra entre Irak e Irán en 1984 y autor de una memorable entrevista a Octavio Paz en la que el Nobel mexicano habló hasta de rock, ese “gran acto de comunión” (véase su libro póstumo Sendas de tinta, colección Periodismo cultural, Conaculta, 2006).
La noche en que lo velaron, cuenta su amigo Cosme Álvarez en su bitácora electrónica, coincidieron poetas y artistas, entre ellos un estruendoso José de la Colina, que contaba con aspavientos algunas anécdotas del escritor fallecido, y un ensombrecido Juan García Ponce en silla de ruedas que no apartaba su triste mirada del féretro donde yacía su protegé (cosmeal.blogspot.com), que gustoso se habría levantado a brindar con ellos por su viaje al más allá.
Su esposa, Adriana Moncada, recuerda que a Paz “nunca le pareció que Roberto ejerciera una crítica irónica y mordaz”, y que “le sugería no escribir mal sobre nadie ni nada” (Milenio, 19-IV-08), pero ése fue un consejo que Vallarino casi nunca siguió. Incendiario, provocador, Roberto Vallarino reivindicaba el derecho a defender con los puños sus ideas ante las no pocas mentes obtusas que medraban en el ámbito de la cultura mexicana. Una vez llegó a la casa de García Ponce, ahí estaba un joven aprendiz de editor y teórico marxista —hijo de un académico de renombre— que se había atrevido a proferir alguna habladuría sobre él. Vallarino saltó por encima del sofá persiguiendo al aterrorizado insolente, a quien finalmente le asestó un par de madrazos para enseñarlo a decir las cosas de frente. García Ponce, divertido, le perdonó el quijotesco lance.
Nos vimos pocas veces. Roqueros al fin, invité a Vallarino a la discoteca El Nueve —of all places—, donde, encaramado en un alto escalón, prodigaba copas a sus amigos y se balanceaba al ritmo del new wave de los ochenta. Por esos días regenteó durante unos meses El Club del Algodón, como él rebautizó a la conocida tienda de discos Hip Setenta, al sur de la Ciudad de México, donde brindamos con recelo respetuoso.
Minado por la diabetes, Roberto Vallarino murió en 2002. Su poema “Otra premonición” podría ser muy bien el corolario de su breve e intensa vida: “Y sé que cuando muera/ muchas voces dirán/ el exceso terminó con su vida,/ con sus sueños./ No saben que el exceso/ alimentó esta vida/ y estos sueños”.

Bonet, el ángel terrible


"El sabueso, retrato de Bonet", Ramon Sanmiquel

En otra época pudo haber sido cómplice de los surrealistas o de Guy Debord y el situacionismo. Seguidor de Hakim Bey y sus zonas temporalmente autónomas —espacios que eluden las estructuras formales de control—, puedo imaginarme a Rubén Bonet en derivas enloquecidas —Debord dixit— al lado de Sid Vicious o viajando a Las Vegas en el convertible de Hunter Thompson. Nieto de un anarquista, Bonet pasó la niñez y la juventud sin apreturas en Barcelona, cultivándose con la lectura de Kafka, Boris Vian, Borges y hasta Sartre y Camus. Sus amigos, mozalbetes mayores que él, lo iniciaron precozmente en el reino de la noche, las mujeres, y las drogas, las que lo volvieron un experto en los estados alterados de la mente. Beneficiario de la movida, Bonet asistía en estado extático a los conciertos de Nico y Nick Cave y las bandas españolas y extranjeras de la new wave. “Buen hashís, buenos ácidos, mescalina... y muy baratos; casi me vuelvo loco”, recuerda este sobreviviente: un amigo y una ex novia murieron en esos días por sobredosis de heroína.
Llegó a la Ciudad de México en 1992 y desde entonces hizo de este país su vasto laboratorio existencial. Ha vivido en Tijuana y en Xico y ha dejado su huella en playas, montañas y desiertos como el de Real de Catorce, donde, en busca de peyote, acabó con los labios suturados por traicioneras púas de otras cactáceas. Ahora escribe y pinta en un amplio cuarto de la colonia Santa María la Ribera.
Quienes han atestiguado los sorpresivos performances de Rubén Bonet no podrán negar que son una mezcla de arrojo suicida, una comicidad extravagante y una provocación que va de lo guarro —quema de vellos púbicos— a lo sublime, en los que no faltan hirientes imprecaciones o súbitas declaraciones de amor. Arrojarse a los pies de una beldad en una inauguración mientras acaricia y besa sus tobillos; hacerse perseguir por la policía y rendirse para reconocer que merece la cárcel o asomarse a la ventana del departamento de un amigo y pedir auxilio porque lo tienen secuestrado ahí. Bonet es lo más parecido que hay a un ángel terrible arrojado al infierno.
Sabe arreglárselas con poco dinero. Disfruta como un gourmet un plato de arroz con un huevo estrellado y es feliz si cuenta con unos pesos para una cerveza. Una vez Bonet recorrió a medianoche el trayecto de su casa a un Oxxo gritando a los cuatro vientos su contento por tener un pequeño capital que le permitiría sobrevivir unas semanas más. Expansivo y vital, sin complejos ni prejuicios, cultiva la amistad y, sobre todo, la lealtad. Y, como escritor y terrorista literario, es de los raros en México que traslada a las letras su agitada experiencia personal cargada de libertad, inesperadas reflexiones y un humor indefinible. Autor de amebas y logaritmos (Tijuana: La Espina Dorsal, 1998), sin título. sin nada (México: Nitro/Press, 2000) y de “pite hasta que choque. ensayo modular # 5” en el volumen colectivo Me ves y sufres (México: Nitro/Press, 2003), Bonet regresa al mundo de las publicaciones con Jaikús maniacos (México: Moho, 2009), una colección de aforismos, ensayos y narraciones de peculiar ortografía que irritarían al más plantado de la adocenada República de las Letras. Para acercarse a la experiencia Bonet puede visitar su atalaya digital: fundacionadopteaunescritor.blogspot.com, aunque, como él mismo dice en su nuevo libro, “cualquiera que me conozca sabe que mi seriedad consiste en que precisamente es imposible tomarme en serio”.

Infamias culturales

¿Lo recuerdan? Sari Bermúdez, presidenta de Conaculta por la gracia de Fox en su sexenio, jugó a las escondidas con miembros del “gabinetazo” en el Museo de los Guerreros de Terracota, en China, y no escatimó gastos en viajes y lujos, con cargo al erario, a pesar de ganar 150 mil pesos mensuales, más prestaciones, bonos y gastos de representación. En la inauguración de la exposición Azteca, en Berlín, exclamó “¡Oh, Strauss!” al escuchar los acordes de “Sobre la olas” y, al comienzo de su gestión, respondió a una pregunta de los reporteros que “apenas iba a la mitad” del famoso minicuento de Monterroso.
La dolce vita que se regalan diputados y políticos también es propia de funcionarios de la cultura oficial y de no pocos de nuestros preclaros artistas e intelectuales. Personajes ejemplares, se pensaría, sus actos los desnudan apenas llegan a la mina de oro que son los cargos públicos de primer nivel —sobre todo en el plano federal.
Entre las acciones que hizo Carlos Salinas de Gortari para legitimarse en el poder y congraciarse con la “comunidad” intelectual y artística estuvo la fundación del Consejo y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, así como del Sistema Nacional de Becas para la Creación Intelectual y Artística. Un jurado integrado por escritores y académicos de las revistas Vuelta y Nexos otorgó las primeras becas a sus discípulos y amigos —la mayoría con holgada situación económica— y poco después se concedieron becas vitalicias a sí mismos. Así, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, José Luis Cuevas y una lista que hasta marzo de 2008 sumaba 58 privilegiados reciben —los vivos, por supuesto— 35 mil pesos al mes solamente por ser quienes son. “La iniquidad fue tal que Carlos Fuentes y García Márquez ‘donaron’ el monto de sus becas vitalicias a la Cátedra Julio Cortázar en Guadalajara [...]”, apunta la reportera Carmen García Bermejo en 25 infamias culturales (Cuadernos de El Financiero, 2008).
Aunque la historia de las incontables trapacerías en el ámbito de la cultura oficial es vieja, al menos veinticinco casos vergonzosos para la cultura mexicana de 1989 a 2008 —de Salinas de Gortari a Calderón— fueron recogidos y documentados por García Bermejo en ese breve pero cargado volumen. Un pequeño libro, de apenas 300 ejemplares y 80 páginas, que amerita ya una reedición y el seguimiento de los delitos, despojos, bribonerías y veleidades registrados ahí, como el secuestro y la muerte de Nellie Campobello, las pugnas entre grupos de intelectuales por los favores del poder, la destrucción del Casino de la Selva, los millones de libros de texto gratuitos embodegados en el sexenio de Ernesto Zedillo, la renta de edificios públicos y monumentos históricos para conciertos y fines de particulares, el remate de Imevisión y otros medios públicos, así como de cines, teatros e invaluables patrimonios artísticos, el fracaso de los programas Hacia un País de Lectores y Enciclomedia, la inutilidad de la “Megabiblioteca” Vasconcelos y, en general, el reprobable desempeño de la mayoría de los funcionarios públicos relacionados con la cultura y sus pobres o nulos resultados.
Si la cultura es necesaria para el desarrollo armonioso de un país, puede afirmarse que los encargados de la política cultural —si tal cosa existe— son también cómplices del atraso mexicano. ¿Llegará el momento en que al escuchar la palabra cultura desenfunden un arma?

domingo, agosto 09, 2009

Replicante no. 20: Teoría y práctica del cómic


Hoy domingo 9 de agosto, Betty Boop cumple 79 años...

En la nueva edición de la revista cultural Replicante —agosto a octubre— se explora el cómic como medio de expresión, forma de arte y literatura gráfica. Diversos autores abordan una de las formas de consumo cultural más populares y polifacéticas: el cómic, disciplina desde la cual puede hablarse de ella misma, como lo demuestra Patricio Betteo en un collage de imágenes que son ensayo y muestra de sus posibilidades narrativas y discursivas.

La sección “Pensamiento y reflexión” ofrece un panorama general del cómic actual, de sus géneros e idiosincrasias, con autores de Uruguay, Estados Unidos, España, Japón, Argentina y Francia, y con textos e historietas de diferentes puntos de México: Guadalajara, Yucatán, el Distrito Federal. En cuanto a las formas, hay cartones y novela gráfica, comix e ilustración: un abanico de posibilidades estéticas y gráficas.

La variedad de aspectos sobre el cómic tratados en este número también es amplia. Mientras que Bef y Matt Madden apuestan por los subgéneros, el humor está representado por cuatro de los más singulares autores mexicanos, alejados del lugar común regional: los contemporáneos Jis y Trino y los viejos maestros Carlos Dzib y Abel Quezada, ya desaparecidos. Por su parte, Eko y Clément/Bachan optan por el erotismo en muy particulares acercamientos, en tanto que el uruguayo Fabián Rodríguez utiliza la simplicidad de una manera diferente a la del estadounidense Keith Knight: aquél enclavado en el cartoon absurdista, éste, en la crónica sencilla y directa.

Mexicanos también, Osko y Ostos Sabugal participan con trabajos de alta densidad gráfica y narrativa. Por su parte, el ilustrador japonés Gez Fry y el mexicano Martín López, autor de bizarras versiones de Los Simpson, son entrevistados a fondo. Argentino avecindado en México, Jorge Alderete “retrata” al padrino del punk gráfico: Gary Panter.

También se consigna en esta edición la elegancia del francés Tardi y el porno soft de los cómics Sensacionales en México, pasando por el sello alternativo de Peter Bagge y el feminismo de Jean-Marc Reiser, la tradición renovadora del punk gráfico en Elvis Road y una crítica a los cartonistas mexicanos en “El cómic intelectual” de Jorge Aviña —ilustrador de El Libro Vaquero—, así como artículos sobre el cómic en España, el cómic en el cine, la evolución del manga y el ánime, la historia de la censura de los cómics estadounidenses y más. Un banquete visual repleto de contenido para legos y especialistas por igual; un repaso de un universo tan amplio como inabarcable, coordinado por Jorge Flores-Oliver, a.k.a Blumpi, dibujante y monero él mismo, con la intención de aglutinar material de calidad, significativo y representativo de su momento histórico. Por si fuera poco, en www.revistareplicante.com se publican más cómics que no se incluyeron en la versión impresa.

Como siempre, en las secciones “Reseñas y noticias” y “Apuntes y crónicas” se da cuenta de las novedades en libros, cine, música, arte, teatro y fotografía, así como de lecturas sobre Galileo y Darwin, la web 2.0, la cartografía cultural de Sergio González Rodríguez, los chistes sobre mexicanos y las pinturas del Taka Fernández, entre muchos contenidos más.

Replicante también tiene un blog: www.revistareplicante.wordpress, en el cual los colaboradores abundan sobre noticias y textos de actualidad.

Índice

Portada Jorge Flores-Oliver y Roger D.
Gráfica Diego Agrimbau, Ata, Arnaud Baumann, Óscar Bazaldúa, Frédéric Boillet, Pedro Luis de la Cueva, Stephen DeStefano, Mariano Enríquez, Juanjo Escofet, Gez Fry, El Garage, Dante Ginevra, Jeff Koons, El Listo, Martín López, Pablo López Luz, Annabel Mehran, Miguelanxo Prado, César Javier Reynada, Emma Ríos, Juan Manuel Rodríguez, Kiko da Silva, Aaron Siskind

Noticias y reseñas
LECTORES QUE ESCRIBEN | LIBROS Y AUTORES La fractura mexicana, de Roger Bartra - Todo nada, de Brenda Lozano - Jaikús maniacos, de Rubén Bonet - Los esclavos, de Alberto Chimal - 41 clósets, de Heriberto Yépez - Mientras menos hagas, de Feli Dávalos - ¿Quién merece vivir?, de Natan Stern Strauch y Cuauhtémoc Vite - La sabiduría sin promesa, de Christopher Domínguez Michael - Los elementos del estilo tipográfico, de Robert Bringhurst - Réquiem, de Lêdo Ivo - Eso no, de Marcelo Birmajer - El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell - Evguénie Sokolov, de Serge Gainsbourg - TIEMPO FUERA Francisco Arvizu Hugues - BUZÓN HACHE Heriberto Yépez | MÚSICA Jacko ha muerto - Two Suns, de Bat for Lashes - El Dorado, de 17 Hippies - Re: Generations, homenaje a Nat King Cole - PROSA SONORA Javier Fernández Aceves - Marry Me y Actor, de St. Vincent - The Song Remains the Same, de Led Zeppelin - CINE Gomorra, de Matteo Garrone - Anvil! The Story of Anvil, de Sacha Gervasi | TEATRO Ivanov, de Anton Chejov - Cenizas escogidas, obras 1986-2009, de Rodrigo García - Edip en Colofón, de Flavio González Mello | ARTE Tania Bruguera y Teresa Margolles en la Bienal de Venecia | FOTOGRAFÍA El impacto de la modernidad, de Jesse Lerner | EL CÓMIC INTELECTUAL Jorge Aviña | ART TOONES Pablo Helguera

Apuntes y crónicas
Galileo y Darwin. 2009: dos lecturas científicas, Jesús A. Castañeda
La web 2.0. Encerrados en una pecera, Rafael Toriz
La cartografía cultural de Sergio González Rodríguez, Alejandro de la Garza
A propósito de Federico Vite, Brenda Ríos
Susana Moo y Jorge Rueda. Erotómanos sin fronteras, Pablo Santiago
También hay chistes sobre mexicanos, Enrique Olmos de Ita
Apuntes orales, Alonso Ruvalcaba
Del Valle del porno a la Fábrica de los sueños, Rodolfo JM
Pinturas de Taka Fernández. Los durmientes y las criaturas del futuro, Rubén Bonet
Miedo y asco en el Rectum, Carlos Velázquez
La sangre hierve a la misma temperatura que el agua, Eusebio Ruvalcaba

Pensamiento y reflexión
¿Qué son los cómics?, Patricio Betteo
Porno y grafía, Héctor Villarreal
Novela negra, Bef
El otro dibujante de Los Simpson, Miriam Canales
Mondo Geek, Blumpi
Según la autopsia, Dzib vive, Celia Pedrero
Paula, Clement y Bachan
Colectivo comiquero El Garage, Alejandra Ruiz Flores
Milagro, Ostos Sabugal
El cómic en España, Pablo Santiago
El espía, Matt Madden
Gary Panter, Jorge Alderete
Cine de historieta, Hugo Hernández Valdivia
La taquería del horror, Ozko
Boedo shinobi y sus criaturas, Mario Sandoval
Qué lindo que es Brad Pitt, Fabián Rodríguez
Crónicas marcianas, Trino
Gez Fry: fragmentos de cómic, Jesús Pacheco
It wore shorts!, Peter Bagge
The K Chronicles, Keith Knight
Mátalas callando, Jis
Malet, Tardi y el nacimiento de un héroe, Héctor Delgado
La virtud no merece placer, Eko
La historieta franco-europea en la gestión del feminismo, Vianett Medina
Horror, terror y censura, Andrés Bacigalupo
Lo nuestro y lo ajeno, Iván de la Torre
La evolución del ánime, Eve Gil y Murasaki Fujita
Elvis Road, de Helge Reumann y Xavier Robel, Mauricio Matamoros
Shephard Fairey, ¿situacionista?, Ask a Chola
El país problema, Abel Quezada

La edición impresa se vende en las tiendas Sanborns, las librerías Gandhi, Fondo de Cultura Económica, Educal Libros y Arte y otros puntos de venta en todo el país. En Tijuana: Librería Sor Juana (www.tijuanalibros.com) y Librerías El Día. En Guadalajara: puesto de periódicos de Av. Américas y Morelos; Librería México y Cafetería El Sorbo (Plaza del Sol); Magazine Depot (Plaza Arboledas); Librería Ítaca (Marsella y López Cotilla).

Contacto: editorial@revistareplicante.com
Números atrasados: lectorio3@gmail.com

jueves, julio 30, 2009

Don Germán


Germán List Arzubide nació en Puebla el 31 de mayo de 1898 y murió poco después de haber cumplido cien años, el 17 de octubre de 1998. En agosto de ese año la Escuela Nacional de Música celebró el II Coloquio Silvestre Revueltas y entre las piezas que se interpretaron del compositor duranguense estaba Troka el poderoso, basada en el volumen de cuentos para niños del mismo nombre de don Germán. Ahí lo vi, en silla de ruedas y la cabeza gacha, acompañado de su hijo Eric List. Me acerqué a saludarlo: “Don Germán, ¿me recuerda? Soy Rogelio Villarreal...” Inmediatamente alzó el brazo y me dijo algo inaudible. Me hubiera gustado verlo con su altura imponente y su vigorosa jovialidad de apenas unos años antes.
Lo conocí en 1982 o 1983 en la oficina de mi padre, quien le publicó reediciones facsimilares de El movimiento estridentista (1927) y Troka el poderoso (1939). Además de haber sido uno de los pilares del estridentismo —ese irreverente e impetuoso movimiento de los años veinte hermanado con el ultraísmo y el futurismo—, List Arzubide combatió en la revolución mexicana, había sido educador, pionero de la radiodifusión cultural y autor de una veintena de libros de historia, ensayo, cuento y teatro guignol —género del que fue fundador en México.
Al presentármelo mi padre me dijo: “Don Germán es un monumento viviente”. Vaya si lo era: nada menos que el último poeta estridentista vivo y héroe de mil batallas políticas y culturales. Don Germán frecuentaba la modesta editorial de mi padre y le gustaba que mis amigos y yo le preguntáramos sobre sus hazañas de juventud, como aquélla de 1929 cuando Augusto César Sandino —de paso en México— le pidió llevar al Congreso Mundial Antimperialista en Francfort una bandera estadounidense que el llamado “General de Hombres Libres” le había arrebatado al ejército invasor en Nicaragua. List Arzubide ocultó la bandera entre sus ropas y así cruzó desde la frontera a Nueva York, a donde llegó en pleno verano. Sudoroso y agitado, tuvo que fingir una gripe endemoniada para justificar los gruesos ropajes. Una vez en Alemania recibió una ovación al mostrar la bandera de los odiados Estados Unidos y mereció el honor de presidir la asamblea al lado de personalidades como Henry Barbusse, Jawaharlal Nehru y la esposa de Sun-Yat Sen.
Don Germán y Felipe Ehrenbergh presentaron el primer número de mi revista La Regla Rota en la primavera de 1984. Con su discurso el entrañable poeta se echó a la bolsa a la concurrencia, jóvenes artistas y escritores que apenas despuntaban. Esa noche fresca habló de las revistas que él mismo había fundado y de los festejados manifiestos del estridentismo, y llamó a los jóvenes a no dejarse adocenar por el poder. Mencionó a un Octavio Paz que defendía con ardor la democracia pero que se mostraba intolerante ante cualquier opinión diferente a la suya.
Un par de veces nos acompañó don Germán a la discoteca El Nueve, una de ellas en el debut del grupo Café de Nadie, bautizado así en honor del solitario café de la avenida Álvaro Obregón en el que se reunían los poetas a fraguar la revolución literaria y artística que confrontaría acremente a los Contemporáneos. Don Germán disfrutaba al verse rodeado de jóvenes e incluso bailó al ritmo del new wave ochentero.
“Hay que tirarse de 40 pisos para reflexionar en el camino”, escribió en uno de sus poemas List Arzubide, quien con sus cómplices había sentenciado a Chopin a la silla eléctrica y lanzaba vivas al mole de guajolote.

Los 66 años de Mick Jagger



Truman Capote detestaba a los Rolling Stones y decía que Mick Jagger era “tan sexy como un sapo orinando”. Sin embargo, en sus Conversaciones le cuenta a Andy Warhol que los Rolling le caían bien “uno por uno” y que Jagger era un actor completo y fascinante, un performer fenomenal que irradiaba energía en el escenario, a pesar de que, enumera, “a) no sabe cantar, b) no sabe bailar y c) no tiene una maldita idea de lo que es la música”. Capote le confiesa a Warhol —quien lo entrevistaba para Rolling Stone sobre la gira American Tour de 1972 del grupo británico a la que los había acompañado— que le irritaba la manera despectiva en que los célebres rockstars y su personal trataban a sus fans, quienes se desvivían por estar en sus conciertos y pasaban la noche en vela mirando la taquilla. En algunos pasajes Capote narra vívidamente el desenfreno sexual y los excesos de la banda con las drogas y los tilda de adolescentes insufribles (algo de eso atestigua Robert Greenfield en Viajando con los Rolling Stones). Después de varias discusiones con Jagger, Capote se negó a escribir el reportaje.
En México los Rolling han sido admirados hasta la idolatría por los escritores de la onda —Parménides, José Agustín, Gustavo Sáinz y compañía— y por las generaciones que los han escuchado desde los años sesenta. Desde entonces Mick Jagger y sus compañeros se han convertido en mitos. Que si Jagger es dueño de un falo que alcanza los 23 centímetros y que, como el llorado Michael Jackson, duerme a veces en una cámara hiperbárica de oxígeno o que se inyecta hormonas de mono para mantenerse jovial —el 26 de julio cumplió 66 años. Apenas hace un año Keith Richards declaró a la prensa que Mick es “un freak poderoso, un maníaco vanidoso, un indeseable...”, pero que es precisamente eso, dice, lo que ha hecho durar cuatro décadas a “la banda más grande del mundo”.
Mick Jagger es una de las poquísimas celebridades que he tenido a un paso de distancia. Las otras son Grace Jones y Arnold Schwarzenegger. En el verano de 1983 los Rolling habían filmado en El Salvador el video de “Undercover of the night” —en el que Jagger aparece caracterizado como un rebelde centroamericano— y Grace Jones rodaba en México, con Schwarzenegger, Conan el bárbaro. Una noche asistí a la Galería de Arte Contemporáneo que dirigía Benjamín Díaz. No recuerdo ya quién era el artista que exponía pero sí que de pronto se armó un revuelo en la sala principal. Los tres famosos habían llegado a esa galería de la colonia Roma. Conan y un amigo se dedicaron a ver los cuadros sin que nadie los importunara mientras Benjamín llamaba a Mick y a Grace para encerrarlos en su oficina y protegerlos del tumulto que se formaba en derredor suyo. Un pequeño grupo pudimos colarnos y estar un buen rato y hasta brindar con ellos. Benjamín, nos contó después, había conocido a Jagger en Nueva York y éste le prometió que lo visitaría algún día en la Ciudad de México, cosa que cumplió. Le dije a Mick Jagger que yo hacía una revista contracultural y que mi amigo Adolfo Patiño, mejor conocido como Adolfotógrafo, le tomaría una fotografía y la publicaríamos en la portada —cosa que hice. Adolfo le dio una regla de madera y le tomó la foto a un tipo sonriente, amigable. Después de tomarla Adolfo le pidió el teléfono a Grace Jones. La grácil pantera, con una sonrisa amorosa, le respondió: “Cero, cero, cero...”.
Ellos se fueron a un fiesta exclusiva, nosotros a un café de chinos.

El nombre de mi padre


El 19 de julio mi padre cumplió siete años de muerto. Escribí esto para Milenio Semanal. En la foto, de Pedro Meyer, mi papá abraza a Narda, en el desaparecido Discobar El Nueve, ca. 1985.

La experiencia de encontrarse frente a una persona que se llama como uno es desconcertante, casi tanto como la de reflejarse en un espejo que nos devuelve una imagen levemente alterada o, más alucinante aún, toparse con un doble. El nombre nos define, de ahí el desconcierto al encontrar nuestro nombre calzado en otro ser. (Borges escribió sobre esto, con portentosa imaginación, en Borges y yo, El otro y en su poema El otro, el mismo.) Hace años, en la Feria del Libro de Guadalajara, me presentaron a un editor que responde al mismo nombre y apellido que yo y a quien le enviaban libros y mensajes que eran para mí; aunque yo también recibía algunos destinados a él, hasta que los remitentes entendieron que se trataba del mismo apelativo desdoblado en dos sujetos.
Hace unas semanas, en Torreón, un diario local dio cuenta del asesinato de un hombre de 46 años por una banda a la que apodan “Los Carniceros” por dedicarse a la matanza de animales. Lo golpearon con tubos y varillas y, después de asestarle varias cuchilladas, murió unas horas después en el hospital. Ese hombre se llamaba Rogelio Villarreal. Sentí un leve escalofrío al leer ese nombre que es el mío.
En esa ciudad, otro Rogelio Villarreal murió a los 69 años en julio de 2002. Aunque mi padre llevaba una vida más o menos plácida en Torreón, en ocasiones se desmandaba y era protagonista de las peores francachelas, como lo atestiguaron escritores laguneros como Daniel Herrera y Jaime Muñoz. Sin embargo, hacía lo que quería: leer casi todo el tiempo, acostado en un sofá y rodeado por cuatro ventiladores que lo mantenían fresco en medio del calor abrasador del desierto. A unos pasos de su casa estaba la cantina La Riviera, en la que acostumbraba despachar asuntos como la publicación de autores de la región. Frecuentaba cocteles y presentaciones de libros y conciertos, gustaba de caminar blandiendo su bastón como si fuera un lord inglés —a veces se vestía todo de blanco, como un terrateniente tropical—, comer opíparamente en alguna fonda barata y después sentarse en las bancas de la plaza de armas a leer el diario y ver pasar la tarde. Por las noches escribía a mano poemas, notas y algo que, decía, sería una novela sobre el 68 mexicano.
Tenía diez mil libros bien clasificados y afirmaba haberlos leído todos. Nunca lo dudé, pues desde chico recuerdo haberlo visto siempre con un libro en las manos y varios más en el buró. A su erudición añadía su sentido del humor. De él heredé la pasión por Groucho y sus hermanos, pero también por el Piporro, cuyos retrúecanos podría haber celebrado aquel cómico del grueso mostacho de pintura.
Me contó Daniel Herrera que una vez fue a visitarlo y, al momento de tocar la puerta, un par de coches se estrellaron en la esquina. Doña Luz, ayudante de mi padre, abrió asustada y fue corriendo a decirle lo que había pasado. Él, recostado como un pachá, respondió sin despegar la mirada del libro en turno: ¿Ah sí?, no me importa...
Mi padre ya no pudo resistir el tercer infarto. Pasó la noche en el hospital sin perder el buen humor. Bromeaba con la enfermera y con doña Luz, fiel como una nana. Escuchen, les decía a las dos mujeres, me están llamando... No, don Rogelio, nadie lo está llamando... Sí, oigan, es del 666, debe ser el diablo, que ya me está esperando... y sonreía ante la congoja de las pobres mujeres.
Esa madrugada de hace siete años murió mi padre, que se llamaba como yo. Me pregunto si una parte de mi nombre murió con él.

domingo, julio 12, 2009

La política de dios


En México difícilmente alguien recordará haber visto alguna vez a un estadista en la presidencia o en los gobiernos de los estados. En cambio, varias generaciones han presenciado los penosos espectáculos que han estelarizado autosuficientes mandatarios priistas y, desde el 2000, dos tipos de cuidado —panistas, para más señas. Escenas y declaraciones que figuran ya en antologías del ridículo: Gustavo Díaz Ordaz: “Todo es posible en la paz”; Luis Echeverría: “La inflación no nos beneficia pero tampoco nos perjudica, sino todo lo contrario”; José López Portillo: “¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!”; Miguel de la Madrid: “Estamos tomando las medidas”; Carlos Salinas: “Compatriotas, México ya es un país del primer mundo”; Ernesto Zedillo: “No traigo cash”; Vicente Fox: “Qué bueno que no sepas leer, así no te enteras de las noticias”; Felipe Calderón: “Haiga sido como haiga sido”.
En ese tono, el presidente Calderón se lamentaba la semana pasada porque los jóvenes “no creen ni siquiera en Dios”, y a propósito de la muerte de Michael Jackson se permitió lanzar una admonición sobre la peligrosidad de las drogas —no del tabaco ni del alcohol, sino de las drogas en general. (Ni una palabra sobre la conveniencia o no de legalizar tan sólo la cannabis, por ejemplo.)
La tentación de regir la vida pública de acuerdo con las propias convicciones morales y religiosas es, al parecer, irresistible, sobre todo en los dos presidentes provenientes de un Partido Acción Nacional ya muy erosionado y distante de los principios democráticos que animaban a sus respetables fundadores Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna.
Por desgracia, no son pocos los políticos que en nombre de dios tratan de orientar su gestión pública, como si vivieran en un Estado teocrático. Funcionarios de todos los partidos, pero principalmente panistas, dan muestras continuas de intolerancia y actitudes fundamentalistas. En Jalisco, por ejemplo, un estado donde el tradicionalismo y la ultraderecha tienen fuertes raíces, un secretario quiso prohibir el uso de la minifalda a las empleadas del Ayuntamiento, y el ex gobernador Francisco Ramírez Acuña, ahora en busca de una diputación, presume aún de la “mano dura” con que trató a los “delincuentes”, esto es, a jóvenes que acudían a “orgías y francachelas” —un rave en donde los asistentes fueron vejados y golpeados conocido hoy como el tlajomulcazo— y a decenas de personas inocentes acusadas de haber participado en actos violentos durante la manifestación del 28 de mayo de 2004 y que fueron detenidas arbitrariamente, torturadas y encarceladas. Sin pudor, declaró que “en Jalisco no hay represión ni tortura” al conocer y tachar de parcial el informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Emilio González Márquez, gobernador de Jalisco, muy cercano al cardenal Sandoval Íñiguez y famoso por la tequilera mentada de madre a sus detractores y por los generosos donativos a Televisa, impugnó ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación la Norma Oficial Mexicana que obliga a los hospitales públicos a ayudar a abortar a una víctima de violación. Solamente un pensamiento torvo, insensible y bárbaro como el de este hombre piadoso puede concebir que a la crueldad de ese acto y el posible embarazo se añada la infamia de tener al hijo de un criminal.
Lo estamos viendo en Irán y lo estamos viviendo en Jalisco: la religión y la política no se llevan. Aunque a veces la política sea una extensión de aquélla.

La prueba del ácido

Alejandro Encinas, ex comunista convertido al credo de Andrés Manuel López Obrador, prometió en diciembre de 2006 escribir un libro que “sería implacable” con los críticos del candidato perdedor aunque, como declaró en esa fecha invernal, “no nos ganaron la elección, nosotros la perdimos” (“Alejandro Encinas: El delfín de AMLO”, Reforma, suplemento Enfoque, 9-III-2008). El best-seller aún no ha visto la luz y, si algún día llegara a ser publicado, difícilmente contendrá algo más que los lugares comunes que repiten desde la derrota los intelectuales embaucados por López Obrador y embelesados con su falsa vocación democrática y progresista. Desde luego, sería interesante leer cómo un hombre de apariencia beatífica que no pierde oportunidad de presumir su integridad y sus principios justifica los cismáticos malabares ejecutados en Iztapalapa hace unas semanas por el caudillo al ungir y destituir, simultáneamente, al ejemplar ciudadano Juanito.
En el movimiento pacífico del gandhi-obradorismo no hay espacio para la disidencia, y el periodista, académico o vecino que no esté con él pasa automáticamente a engrosar las filas del yunquepanismo, de los traidores a la patria y de los cómplices de “la mafia” que, ay, le robó la presidencia. Y eso es motivo suficiente para prodigarles insultos y amenazas. El retropriista vendaval de Tabasco azuza, provoca y sonríe como un padre ejemplar.
El politólogo Arnaldo Córdova, por ejemplo, dejó el estudio y ahora ensalza a López Obrador con retórica digna de la burocracia soviética: “El camino elegido por López Obrador para levantar y sostener este gran movimiento cívico está todo sustentado en la fidelidad a las instituciones y al derecho vigente en este país” (“El voto como la vía para el cambio”, La Jornada, 17-V-2009), al igual que Lorenzo Meyer, historiador y creyente en el dogma del fraude, como lo confesó a Luis Mandoki en su “documental”: “La única fuerza política aún empeñada en la búsqueda de una salida al círculo cerrado en que se encuentra el proceso político mexicano es la encabezada por AMLO. Sin embargo, el gran poder de sus adversarios combinado con la desilusión colectiva con la política [...] hace que la construcción de la alternativa desde la izquierda y desde la base no logre recuperar el terreno perdido en 2006” (“El círculo cerrado”, Reforma, 21-V-2009). La verdad es que ninguna de estas eminencias se ha metido a desmontar el discurso de un político populista que gustoso se tomaría un café con Mussolini y Chávez, y que es uno de los principales culpables del desastre de la izquierda mexicana.
De izquierda se califican versiones históricas tan contrapuestas que la han convertido en un complicado rompecabezas, pues en ese amplio espectro caben democracias como España, Finlandia, Portugal, Brasil y Reino Unido (países gobernados por socialdemócratas) y longevas dictaduras como las de Cuba, China, Vietnam y Corea del Norte. Una izquierda en verdad democrática debe equilibrar la democracia y la libertad con la justicia social y el Estado de bienestar, sin dejar de cuidarse del principal peligro que siempre la ha acechado: el caudillismo demagógico que con el supuesto fin de luchar por reivindicaciones sociales del pueblo —“bueno”, of course— sólo se ocupan de hundirlo más y de su insaciable avidez de poder. La prueba del ácido para distinguirlo es el respeto a la legalidad democrática, algo que a López Obrador y a sus intelectuales les tiene sin cuidado.

El abuelo muere


Necesidad imperiosa, la de contar. Narrar el recorrido por el continuum vida-muerte-vida, la odisea que lleva a la soledad final. Transitar la circularidad de la literatura a lo real y viceversa. Enunciar la angustia, la pasión, la vaciedad.
Como Sándor Márai, el abuelo de Emilia Nassar decide suicidarse, pero lo hará gradualmente. Al tiempo que avanza el inexorable ayuno del gastroenterólogo Emilio Nassar la joven nieta registra en su memoria las conversaciones acompañadas de café con leche, en las que el patriarca socarrón y galante, neurótico de fino humor, lanza denuestos contra el “cine moderno” (“después de 1950 no se ha filmado una sola película que valga la pena”), aconseja y se enfurruña, habla de libros, de medicina y recuerda boleros clásicos —“Obsesión” en la voz de Daniel Santos. Y habla en voz baja de su mujer, la que se fue con otro hombre y a la que echa de menos, pues fue la única mujer en su vida. En cambio, Emilia, a sus veinticinco años, ya ha conocido a cinco hombres —muchachos, algunos de ellos— y aún se pregunta si el amor —es decir, algo más que arrumacos, sexo y tedio— no es una invención. Sin embargo, entre ellos dos hay una comprensión extraordinaria, a pesar de su complejidad y de habitar mundos contrapuestos; una cercanía como pocas veces en la literatura ha existido entre un abuelo y su nieta: entre el Emilio de 72 años y la Emilia de 25 hay vasos comunicantes por los que circulan en doble sentido ideas y costumbres distantes, pero también sentimientos que permanecen inmutables al paso de los siglos. Ésta es la sencilla historia de un anciano que desea partir ya de este mundo y, generoso, le regala los últimos días de su vida a Emilia.
Primera novela de la capitalina Brenda Lozano (1981), Todo nada (Tusquets, 2009) es el entrecruzamiento de la tradición férrea, ordenada, y el vertiginoso marasmo de la vida cotidiana actual, armada limpia y sagazmente con capítulos breves e incluso con frases —o aforismos— que contienen capítulos enteros: “Nadie quiere verse a sí mismo. Por eso, y por fortuna, existe el otro”; “Un hombre inteligente hace reír a los demás. Un sabio se ríe de sí mismo”; “Cuanto más extraño a alguien menos puedo decirlo”; “El abuelo muere. Ésta no es una frase. El abuelo muere”.
De páginas pulcras y bien cuidadas, alejada venturosamente de arrebatos sensibleros y fallidos experimentos de moda, en Todo nada campea una extraña madurez acaso dictada por el aliento del médico moribundo, gran lector de los clásicos —Proust, entre ellos, omnipresente. Memoriosa y aguda, pese a la tragedia que adivina, Emilia Nassar parece seguir la máxima extraída de la carta de fray Servando: “Mi genio es festivo, el asunto trágico-cómico” [Carta 1 de fray Servando Teresa de Mier al doctor Muñoz, sobre la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, 1797]. Es cierto, la lectura de Todo nada dibuja sonrisas al final de pasajes amargos y suscita reflexiones en medio de las anécdotas traídas a cuento por Emilia, como la del niño emberrinchado que exige ser llamado Batman o la del joven que confiesa en una fiesta que de chico ansiaba convertirse en el Mesías de los judíos. Hay ecos del viejo Groucho que se escuchan a lo largo de la novela, ya en voz de Emilia: “Si no le gusta hay otros. Éste es mi abuelo”, ya en la de Emilio: “Las nietas son motivo suficiente para que todo hombre se niegue a procrear”.
Experiencia, sabiduría y madurez en una novela de juventud. Nada mal para ser su primera vez.

Un sabio yucateco


La península yucateca es una región cuya historia es ajena a muchos mexicanos. El antropólogo y estudioso de las artes y de las letras Alfredo Barrera Vázquez —n. 26 de noviembre de 1900— trató de borrar esa distancia. De niño aprendió a hablar el maya y en su juventud se especializó en lingüística y filología. Fue colaborador de Sylvanus G. Morley mientras éste trabajaba en La civilización maya (FCE, 1946) y presidente vitalicio de la Academia de la Lengua Maya, creada por él en 1937. También fundó en 1959 el Instituto Yucateco de Antropología e Historia y la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán en 1970. Tradujo el Libro de los libros de Chilam Balam y el Códice de Calkiní, entre otros documentos históricos, y escribió cientos de estudios y notas de divulgación de la cultura maya y su herencia en la cotidianidad de la península. Sobre su experiencia como traductor escribió: “El estudio de los textos mayas ha tenido que enfrentarse a obstáculos como el de que casi toda palabra tenga varios significados; el de que los diccionarios no traigan todas las formas léxicas que aparecen en los textos... el de que ciertas frases, a la fuerza de rebuscamientos para esconder el pensamiento original al intruso de ocasión, estén asentadas en forma anómala y que desconcierta al lingüista” (Libro de los libros de Chilam Balam). Una de sus últimas contribuciones fue el Diccionario maya-español (Cordemex, 1980).
Alfredo Barrera Vázquez murió en 1980. Para recordarlo Carlos E. Bojórquez Urzaiz ha reeditado el libro que contiene los artículos que Barrera publicó en 1942 en el Diario del Sureste en la columna que llevaba el mismo nombre: ¿Lo ignoraba usted? (Gobierno del Estado de Yucatán - Biblioteca Básica de Yucatán, 2009; puede pedirlo a biblioteca.basica@yucatan.gob.mx); una brevísima enciclopedia que da cuenta de temas étnicos, lingüísticos, de etnobotánica y zoología, además de anécdotas y apuntes de la cultura maya del Yucatán histórico y de su época.
Entre las notas de este ameno volumen se entera uno del verdadero origen de las palabras cacao y chocolate, que no es náhuatl, sino maya, en sus variantes cacan, cucue y quicou; o que huipil no es maya, sino náhuatl: huipilli —en maya es kub. También que hubo focas en las costas yucatecas hasta principios del siglo XX y que fueron exterminadas por pescadores o que los antiguos habitantes de la península construyeron carreteras aunque no conocieron la rueda —y que comían pequeños perros sin pelo.
Los antiguos mayas clasificaban los suelos en veinte variedades de tierras, como el yaxhom, un terreno muy fértil de tierra caliza húmeda plana, con depresiones o zanjas que absorben las aguas, o el petén, terreno de lecho pétreo, costero, fértil, con bosques altos, anota Barrera Vázquez, y también la invención del cero y de la numeración por posición, con la que cualquier cantidad puede representarse con tan sólo tres signos. Además, que el concepto maya de belleza incluía el achatamiento de la cabeza y provocarse estrabismo desde pequeños.
A mediados del siglo XIX el próspero Yucatán producía y exportaba a La Habana, Nueva York, Nueva Orléans y Belice productos como baúles, guitarras, herrajes para carros, machetes, maíz, metates, peines, pulpa de tamarindo, sombreros, tabacos, zapatos y ¡hasta huevos! Un libro delicioso que es apenas una probadita de la vasta sabiduría de Alfredo Barrera Vázquez, cuyas obras mayores deben leerse con detenimiento.

sábado, junio 13, 2009

Comunistas, Salazar Mallén

[Publicados el 31 de mayo y el 7 de junio, respectivamente, en Milenio Semanal]

No fui un militante típico del Partido Comunista. Aborrecía esas fiestas donde se cantaba a Pablo y a Silvio con una devoción mística y me parecía insufrible el éxtasis que provocaba la solemne canción que alguien en mala hora le ofrendó a la “querida presencia” del comandante Che Guevara. Nunca disfruté un solo verso de Mario Benedetti —pero sí los de Efraín Huerta— y las versiones musicales de Nacha Guevara y similares me parecían abominables. Me resistía a ir a las puertas de las fábricas a lanzar arengas risibles a los obreros y apenas logré vender un par de ejemplares del Oposición —semanario en el que publiqué ingenuas proclamas sobre el coraje y la disciplina del hombre nuevo. Sin embargo, en 1976 recorrí decenas de casillas para observar las elecciones en las que contendía Valentín Campa por un partido sin registro contra José López Portillo. Dos años más tarde el PC alcanzó la legalidad y en 1982 volví a ser representante en las elecciones en las que participó el comunista Arnoldo Martínez Verdugo.
En el PC conocí a gente de ética miserable pero también a teóricos de afilado pensamiento crítico, a quienes escuchaba e interrogaba cuando mi joven mente detectaba contradicciones inexplicables: ¿Por qué la invasión soviética a Hungría, a Checoeslovaquia, a Afganistán? Dos viajes a Cuba, en 1981 y en 1984, empezaron a abrirme los ojos: la isla socialista e igualitaria que presumía la propaganda cubana repartida a ritmo de rumba en los festivales del comunismo mexicano no existía, y en su lugar se agazapaba un siniestro Estado militar y policiaco. Todos los artistas y escritores cubanos que conocí entonces ahora viven en el exilio.
A la lectura de Rius, Harnecker y Galeano siguieron otras de veras inquietantes, como los libros de Arthur Koestler y Guillermo Cabrera Infante, La alternativa, de Rudolph Bahro, y las obras de los disidentes del Este europeo. Revaloré a Solyenitzin y releí a Revueltas, y gracias a la revista El Machete, dirigida por Roger Bartra, descubrí a Jorge Semprún y a Fernando Claudín, autor del monumental estudio La crisis del movimiento comunista. Habrían de transcurrir muchos años más para que llegaran a mi librero autores decisivos como Varlam Shalámov (Los relatos de Kolymá) y Martin Amis (Koba el temible). Ya no podía concebir que alguien sincero con ideales de izquierda pudiera seguir creyendo en la utopía roja después de leer El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, obra de un grupo de investigadores franceses coordinados por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique.
A principios de los ochenta los comunistas mexicanos —retratados acerbamente por Rubén Salazar Mallén en Camaradas (1959)— se dividían en dinosaurios y renovadores: los dinos y los renos. A estos últimos pertenecía Roger Bartra, quien con El Machete (1980-1981) logró atraer a una joven izquierda crítica en ciernes harta del autoritarimo y el “centralismo democrático” que regía al leninista PC. Heberto Castillo y otros dinos exigieron la clausura de aquella extraordinaria y lúdica revista cuando el PCM y el PMT se fusionaron en el PSUM.
La izquierda sufrió transformaciones y atravesó los años en medio de crisis y con una escasa presencia en las cámaras y en la vida pública. Hoy me parece absurdo que la llamada izquierda mexicana sea encabezada por un caudillo y políticos de indeleble genética priista que escamotean la discusión y las ideas. Es el regreso de los dinosaurios.


Salazar Mallén

Lo conocí al final de sus días en la oficina de mi padre. Hemipléjico desde la adolescencia, se trasladaba en una silla de ruedas al cuidado de una joven atractiva. Lo saludé sin saber quién era y me dijo que había leído La Regla Rota, una revista contracultural que publicamos Mongo Sánchez Lira y yo de 1984 a 1987. Quizá trataba con mi papá, editor, la publicación de algún libro —ya no lo sabré. Crucé apenas unas palabras con él y le agradecí su elogio del pasquín impreso en papel revolución. Maltrecho, cansado, sonreía como un santo. De haber sabido que moriría en unos meses —en 1986— me habría quedado esa tarde charlando con él. No le pregunté quién le había dado la revista, aunque probablemente fue José Luis Ontiveros, a quien le di un ejemplar una vez que llegó a mi casa acompañando al dibujante Eko.
Rubén Salazar Mallén, nacido en Coatzacoalcos en 1905, fue abogado, periodista y profesor universitario. Asiduo a prostíbulos e imbatible bebedor, escribió una docena de libros. “Si me lo preguntaran”, decía de su obra, “yo diría que las novelas que he publicado pueden clasificarse en dos grupos. En uno de ellos cabrían las obras que se sustentan en la vida privada: Camino de perfección (1937), Soledad (1944) y La iniciación (1966). En el otro grupo habría que incluir las obras cuya base es la vida social: Páramo (1944), Ojo de Agua (1949), Camaradas (1959), ¡Viva México! (1968), La sangre vacía (1982) y El paraíso podrido (1986). Claro que esa clasificación es convencional y relativa, porque en la novela, como en la realidad, la vida privada y la vida social se entrecruzan y hasta se imbrican”. El periodista Jorge Luis Espinosa lo pinta de cuerpo entero en ocasión del casi olvidado centenario de su nacimiento: “Hombre de izquierda como de derecha, comunista y fascista a tiempo y destiempo, amigo de políticos como Miguel Alemán y de radicales como José Revueltas, periodista devastador y atento maestro de los jóvenes, Salazar Mallén vivió y agotó el siglo XX mexicano en casi todas sus aristas” (“Salazar Mallén, escritor corrosivo para el poder”, El Universal, 8 de julio de 2005).
Desterrado de la República de las Letras por un dictatorial Octavio Paz ofendido por la acusación de oportunista, Salazar Mallén sufrió como un apestado agresiones y acusaciones de bienpensantes y advenedizos. Su mal le valió los motes de Quasimodo o la Suástica, pues caminaba arrastrando una pierna y con un brazo tieso como una tabla. Desencantado del comunismo, abrazó el fascismo y más tarde se volvería anarquista. Pero para el exquisito mundo literario seguiría siendo un engendro de la reacción.
En 1932 publicó en la revista Examen, que dirigía Jorge Cuesta, dos capítulos de la novela Cariátide. En ellos Salazar Mallén utilizaba expresiones como “cabrones” y “jijos de la chingada”, lo que escandalizó a periodistas y juristas que lo acusaron de “ultraje a la moral pública o a las buenas costumbres” y exigían su consignación. Pocos escritores lo defendieron, entre ellos Julio Torri, que dijo “que si aparecen algunas palabras malsonantes en un fragmento de novela, se deben al deseo de extremar la nota realista, y no a una deliberada y punible intención de inmoralidad”. Al final, un juez resolvió que “aunque choquen al oído, [esas palabras] no son morales ni inmorales”.
Escritor maldito, que arrojó a las llamas varios de sus manuscritos, dijo una vez: “Hemos venido a cumplir un destino”. El suyo fue el de escribir sobre la miseria humana.

lunes, mayo 25, 2009

Simpatía por el diablo

Publicado en Milenio semanal el domingo 24 de mayo.

El libro de Carlos Ahumada Derecho de réplica podría llevar como subtítulo “De la honestidad valiente a la corrupción cobarde”. La historia del empresario mexicano —sí, mexicano por naturalización— extorsionado por funcionarios perredistas contiene todos los elementos de una tragedia cinematográfica. En clave confesional y que se quiere autocrítica Ahumada exhibe —con redacción chabacana y a menudo sensiblera— su fanfarronería de tintes megalómanos y la torpeza casi suicida que lo llevaron a empantanarse en una red de relaciones perversas de la que saldría muy mal librado: su detención en Cuba y 1,131 días de prisión en México; la traición de sus abogados, de Carlos Salinas y de Diego Fernández de Cevallos; amenazas a su familia, la pérdida de sus empresas y el escarnio mediático (véanse las fotografías donde aparece en calzones tomadas y publicadas por La Jornada y Proceso en el Reclusorio Norte, al mejor estilo del amarillento Alarma!).
Derecho de réplica está conformado por las respuestas a las preguntas de dieciocho periodistas —Ahumada invitó a 39 de ellos, pero solamente ésos accedieron a cuestionarlo. Luis González de Alba lo interroga: “¿Cómo se te ocurrió la buena idea de videograbar y por qué resultó tan mal lo que debió ser una bomba que no dejara ni polvo del Mesías?”
Lo que había empezado como una relación de trabajo entre la constructora de Ahumada —Grupo Quart— y varias delegaciones del Distrito Federal se convirtió en una espesa maraña de contratos y transacciones que comprendían la realización de obra pública, contribuciones al financiamiento de campañas políticas y la entrega de millones de pesos a René Bejarano y Gustavo Ponce —operadores de López Obrador—, quienes le aseguraban que así conseguirían la liberación de pagos por trabajos ya hechos. El entonces jefe de Gobierno del D.F. tenía la vista puesta en la presidencia del país y necesitaba eliminar de la competencia a sus rivales Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que consiguió con métodos antidemocráticos. La relación sentimental de Ahumada con Robles, ex jefa de Gobierno, había provocado el castigo de López Obrador al Grupo Quart, a pesar de que éste había ganado la licitación para construir los segundos pisos del periférico (de los que no se sabrá su costo sino hasta 2016). La voracidad de Bejarano, Ponce e Ímaz parecía no tener límites, por lo que Ahumada decidió grabarlos para poder demostrar apenas una parte de la inexistente honestidad del gobierno obradorista.
Desesperado, Ahumada narra que recurrió a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos para que coordinaran la exhibición de los videos en la televisión. La reacción de López Obrador es demasiado conocida: desdeñó la podredumbre frente a sus narices y se dijo víctima de un complot —sin importarle que esa acción dejara al descubierto su propia descomposición.
Alentado por Salinas, Ahumada trató de refugiarse en La Habana, pero fue apresado y vejado por la dictadura de Fidel Castro. Deportado a México, la terrible venganza de López Obrador cayó con toda su furia: pasó más de tres años en la cárcel, sin un juicio apegado a derecho, con cargos falsos e incomunicado con la prensa —como en un Estado totalitario. Su familia sufriría incluso un atentado.
Hay dieciocho periodistas que podrían confirmar, precisar o refutar la versión de Carlos Ahumada, pero, sin duda, éste aprendió la más ruda lección de su vida. “No soy un santo, pero tampoco soy un diablo”, escribe.


Sin derecho de réplica
Luis González de Alba (Milenio diario, 25 de mayo).

Carlos Ahumada, mexicano por voluntad propia y no por azar de dónde nos parieron nuestras madres a los mexicanos por fatalidad, debió estar a 13 mil kilómetros de México para poder decir lo que no se le permitió durante tres años en la cárcel.

Yo escribí Los días y los años, mi narración del 68 contraria a la versión imperante del gobierno, en la cárcel de Lecumberri, llamada El Palacio Negro; escribí en una máquina de escribir que no fue introducida de forma clandestina, sino llenando una solicitud a la dirección del penal, compré papel en la tienda y contradije punto por punto la historia oficial. El gobierno estaba en manos de los presidentes Díaz Ordaz y Luis Echeverría, los feroces genocidas. Mi libro fue publicado por una editorial mexicana, ERA, y salió a la venta a todas las librerías. Se tardó unos meses en convertirse en best seller porque no hice una historia de los buenos derrotados por los malos, pero la podía haber escrito así. Es decir: no entorpeció el gobierno represivo y cruel de la torva burguesía aliada con el imperialismo ni la escritura, ni la impresión, ni la distribución.

Cuando mi libro apareció, a fines de enero de 1971, yo aún estaba preso en Lecumberri, o sea en las garras de los genocidas… Ningún comando fue por mí en la madrugada, nadie me puso una madriza.

Estuvimos un tiempo similar los presos del 68 y Carlos Ahumada, él un poco más pero, para su desgracia, no lo hicieron preso Díaz Ordaz ni Luis Echeverría, sino López Obrador y Alejandro Encinas. Por eso no le permitieron dar la conferencia de prensa que ahora está en librerías con el título Derecho de réplica. El mismo Alejandro Encinas que todos los domingos entraba a visitar a su amigo Pablo Gómez sin pasar por más molestias que las comunes, no le permitió las comodidades que el gobierno represor nos permitió a nosotros: televisores, radios, máquinas de escribir, libros, guitarras, flautas, partituras. Enviábamos cartas a las asambleas y se leían en altavoces. Teníamos derecho de réplica.

El mismo Alejandro Encinas, que sacaba sin problema documentos escritos, a máquina, en la cárcel por los dirigentes del Partido Comunista —su partido entonces, ahora es el PRID— llevó a un empresario mexicano extorsionado por el gobierno del DF a coserse los labios en protesta por el silencio que se le impuso. No tienes madre, Alejandro, y te pudrirás en el Infierno oyendo los discursos ñoños del Loco López por toda la eternidad para tu tortura.

Nosotros pusimos al DF de cabeza, no ordenamos desde la dirección, pero admitíamos la quema de camiones y trolebuses como males necesarios para contener una arremetida de granaderos. Carlos Ahumada lo que hizo fue cubrir al PRD de millones de pesos para sus campañas, millones nunca declarados por el PRD, calcula que unos 400 millones de pesos.

El gran error de Ahumada fue que esos cientos de millones los dio a la tribu perredista de Rosario Robles, no a la del Loco López, LoLo para abreviar, que fue luego la tribu que le puso una patada a los Cárdenas y a Rosario. ¿Es que no entienden?: LoLo se hizo en el PRI, dirigió el PRI, pidió puestos al PRI y sólo cuando no se los dio, renunció y denunció la corrupción del PRI. Así que sus métodos son los del PRI, pero refinados y bendecidos por asnos de “izquierda” que con ese halo de santidad lo han vuelto invulnerable.

Ese fue el crimen de Carlos Ahumada. Salimos de Lecumberri los presos del 68 y los que quisieron se convirtieron funcionarios, en senadores y diputados, unos de oposición y otros del PRI, pero con iguales salarios que superan el millón anual, más prestaciones, viáticos, pago de banquetes en El Cardenal, masajes y manicure, que superan el millón mensual. Ahumada salió de la mazmorra donde lo tuvo la “izquierda”, sin acceso a todo lo que los genocidas nos permitieron a nosotros, para ver todo su patrimonio perdido: sus empresas rematadas para pagar acreedores y empleados.

Y ahora LoLo va por esos andurriales gritando que Ahumada le da la razón, que sí hubo compló: ¡pero claro, idiota!, por supuesto que te querían acabar, como tú los querías, y los quieres, acabar a ellos. Te hicieron lo que tú les habrías hecho con videos en los que el secretario particular de Fox recibiera maletas de dólares y su secretario de Hacienda jugara millones en Las Vegas. Pero tú lo habrías hecho bien. Estos fallaron el golpe porque, como dijo Rosario, LoLo es un gato con nueve vidas.

www.luisgonzalezdealba.com

Tragicomedia con gripe

Publicado en Milenio semanal el domingo 17 de mayo.

Rosario de tragedias, guerras intestinas, invasiones, golpes y contragolpes de Estado, dictaduras, traiciones, levantamientos, represión y fraudes electorales. Un escenario de atraso, pobreza, explotación, discriminación, ignorancia, fanatismo, crimen y miseria política. Vivos resabios de esa historia desoladora resurgen a cada tanto en este país de embozados: bandidos, luchadores, zapatistas, soldados, gente de la calle.
En 1968 la exigencia estudiantil de modernizar el país fue exterminada con violencia, pero ése fue el comienzo de un largo ciclo que llevó a la apertura de un Estado regido por un solo partido durante siete decenios. El reemplazo del largo dominio autocrático por el panismo fue un fiasco para la mayoría de la población, que vio cómo los nuevos gobernantes adoptaban las antiguas maneras de practicar la política —atavismos y corrupción incluidos. El viejo partido oficial se recupera del desplazamiento y parece estar en forma para librar la próxima batalla en las urnas —a menos que en julio los electores decidan abstenerse o anular su voto para mostrar su aversión a una clase política insensible, cínica y voraz.
En 2006 el país perdió una valiosa oportunidad de seguir creciendo en estatura democrática cuando el candidato perdedor en la batalla por la presidencia acusó al ganador de haber cometido fraude. Millones le creyeron y reactivaron la proverbial desconfianza en autoridades e instituciones.
Ese mismo recelo ha aflorado en el reciente caso de la pandemia de influenza humana, calificado automáticamente de fraude o conspiración por agoreros que lanzan a la Red y a los medios a su alcance argumentos y explicaciones de toda índole, asegurando con suficiencia que se trata de una maniobra distractora para ocultar realidades más siniestras e inocultables —la crisis económica, los crímenes del narcotráfico— y hasta un ensayo de sociedad totalitaria. Para ellos esto es un velo fabricado para que el Estado imponga medidas represoras, como se ilustra en los paranoicos videos La doctrina del shock, de Naomi Klein y Alfonso Cuarón, y 7 días de cuarentena, entre otros retazos que circulan en YouTube y que van de entrevistas de Javier Solórzano con James Petras y arengas de Ofelia Medina a improperios al presidente y al secretario de Salud por su complicidad con una conspiración mundial que incluye a Obama, a Sarkozy, a la OMS y a la galaxia entera —sin faltar los reeditores de la tesis de la sociedad de control de Gilles Deleuze (región 4).
Como en 2006, no valen argumentos ni pruebas en contra. No importa que Marcelo Ebrard secundara aún con más dureza las medidas sanitarias de Calderón ni que Manuel Camacho fuera infectado por el virus o que Carmen Aristegui entrevistara a expertos en epidemiología —Patricia Volkow— o al ex secretario de Salud y ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente, quienes expresaron su respaldo a esas medidas.
Lo que sí existe en este país es un Estado de tradición autoritaria y paternalista, un sistema de salud casi descoyuntado, negligente, plagado de una burocracia soviética que es ya parte de la idiosincrasia nacional, más un estúpido desprecio por la investigación tecnocientífica y una educación que es la vergüenza de medio mundo. ¿Deberían extrañarnos los resultados de esa folclórica y explosiva fórmula?
Decía Schopenhauer que la vida humana oscila entre el dolor y el tedio, pero en la historia mexicana, por lo visto, no ha habido mucho lugar para el aburrimiento.

sábado, mayo 23, 2009

domingo, mayo 17, 2009

Replicante 19: La palabra y la lengua


Ahora sí, en todo el país.

Se aleja el virus de la influenza pero llega el virus del lenguaje, como decía William Burroughs. La nueva edición de la revista Replicante —no. 19, de mayo a julio— circula a partir de esta semana en todo el país con el tema “La palabra y la lengua”, con ensayos de escritores, académicos y periodistas sobre diversos aspectos del lenguaje en la sección central de “Pensamiento y reflexión”.
El lenguaje es el instrumento del pensamiento, y como tal ha sido el vehículo de grandes ideas y teorías, como la que desarrolló Charles Darwin en El origen de los especies. El biólogo José Javier Coz se pregunta qué términos y expresiones utilizó el revolucionario científico para expresar su teoría. Por su parte, el escritor cubano César Reynel define al lenguaje como un sistema complejo con capacidad de adaptación que, al igual que la evolución biológica, muestra un camino que va desde formas simples a estructuras cada vez más complejas. A su vez, el polémico intelectual estadounidense John Zerzan reflexiona sobre el lenguaje y su esencia: el símbolo; la sustitución, la pálida representación de lo que se presenta directamente ante nosotros, mientras que el sociólogo Héctor Villarreal escribe sobre el sistema de comunicación postindustrial o informático que favorece la pluralidad de relatos: una multitud de visiones pequeñas y fragmentadas de la realidad. Rafael Toriz y Carlos Bortoni, jóvenes escritores, discurren en torno a la megalengua china y el carácter connotativo de su escritura y en la sistematización del lenguaje como el fundamento del control social, respectivamente.

El ensayista Javier Toscano analiza el discurso del Estado mexicano, al que encuentra plagado de eufemismos. El periodista Salvador García desvela el mito de la originalidad en la escritura y remite a la noción de intertextualidad de Bajtín para recordar las relaciones que establece un texto literario no solamente con los discursos que le han precedido, sino también con los posteriores. Sobre el conflicto lingüístico en España —las lenguas y el poder— escriben los académicos españoles Pablo Santiago e Irene Sánchez González, mientras que la lingüista Sandra Strikovsky analiza la corrección política que ha pretendido eliminar el sexismo, el racismo, el clasismo y otros “ismos” del lenguaje; además, estudia el efecto de las palabras prohibidas o tabú en el pensamiento.

Los periodistas Andrés Bacigalupo y Jennifer Chan escriben en torno a la muerte de las lenguas: 53 idiomas extintos desde 1950. La académica venezolana Angelina Jaffé advierte sobre los usos y abusos en los discursos de Hugo Chávez. Por su parte el escritor Naief Yehya estudia el léxico de la opresión generado por el conflicto israelí-palestino y, en temas más amables, el ilustrador Jorge Flores-Oliver explica el lenguaje de los cómics y el crítico Hugo Hernández reflexiona sobre los efectos del sonido en el cine.

En la sección de “Apuntes y crónicas” la joven narradora Fernanda Melchor relata la historia de Evangelina Tejera, la reina del carnaval veracruzano que asesinó a sus hijos, y la periodista Blanca Juárez entrevista a hijos y familiares de prostitutas. Donato M. Plata entrevista a un exitoso productor de cine porno mexicano y Pedro Trujillo explora la biografía del célebre actor porno italiano Rocco Siffredi. Claudia Sandoval opina críticamente sobre la 28 Bienal de São Paulo y Taína Trujillo habla del cine del colombiano Miguel Urrutia. Hay también una historia de espías y guaruras de Vanesa Robles y un alegato contra el antisemitismo en ámbitos académicos por Dale Kaplan. Además, ensayos fotográficos de la tapatía Cecilia Hurtado, de la española Laura Silleras y del argentino Dany Barreto.

En la sección de “Reseñas y noticias” hay notas sobre libros cine, arte, literatura gráfica, música y la radio, sin faltar el cómic intelectual de Jorge Aviña —ilustrador del Libro Vaquero. En esta ocasión, la sección incluye una lista de las 10 peores películas de los últimos diez años del cine nacional según reconocidos críticos y escritores como Jorge Ayala Blanco, Javier Marías, José Felipe Coria y Naief Yehya.

Finalmente, en “El Folletón”, el periodista argentino Guillermo Piro habla de La ninfa inconstante, la novela póstuma del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. Alberto Chimal, Avelina Lésper y Francisco Arvizu, entre varios autores más, escriben de arte, cultura popular y política. Cierran con broche de oro esta edición los enigmáticos monos de Jis.

Contenido
RESEÑAS Y NOTICIAS
LIBROS Y AUTORES Los niños de paja, de Bernardo Esquinca – Al final del vacío, de J.M. Servín – El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata – Entrevista con Luis Zapata – La heredera, de Andrea Chapela – Respiración del laberinto, de Mario Santiago Papasquiaro – “Tiempo fuera”, por Francisco Arvizu Hugues – 75 años de Juan Marsé – Espejo de tres cuerpos, de Odette Alonso – La sociedad de la decepción, de Gilles Lipovetsky - Bitchfest. Ten Years of Cultural Criticism from the Pages of Bitch Magazine, de Lisa Jervis y Andi Zeisler; The Sexual Contract, de Carole Pateman; Vetas de Ilustración. Reflexiones sobre feminismo e Islam, de Celia Amorós, y La segunda brecha digital, de Cecilia Castaño – “Buzón Hache”, por Heriberto Yépez – Electricidad, de Ray Robinson, y My Most Secret Desire, de Julie Doucet – La elegancia del erizo, de Muriel Barbery – Sobre Chuck Palahniuk – Diario de un loco, de Lu Hsun – Terrorista, de John Updike * CINE Dentro de la piel, de Jean-Marc Vallée – “El cómic intelectual”, por Jorge Aviña y Héctor Villarreal – Las 10 peores películas de los últimos diez años * MÚSICA Entrevista a Juan Son – Exorcizios sonoros, de Israel Martínez – “Prosa sonora”, de Javier Fernández * LITERATURA GRÁFICA, por Jorge Flores-Oliver * ARTE Cantos cívicos, de Miguel Ventura – Delirios de razón, de David LaChapelle * RADIO La Chora Interminable * REVISTAS La Mosca, a un año de su desaparición

APUNTES Y CRÓNICAS
Relato del Ángel del Asalto y los espías del “Ángel”, Vanesa Robles
Lenguaje visual de altares populares argentinos, Juan Batalla; fotos de Dany Barreto
Los otros. El cine del colombiano Miguel Urrutia, Taína Trujillo
Todos somos freaks, fotos de Laura Silleras, texto de Rubén Bonet
La rubia que todos querían. El caso de Evangelina Tejera, la Medea veracruzana, Fernanda Melchor
Hijo de puta, Blanca Juárez
Cártel Paraíso: pornochín casero/chilango para el mundo, Donato M. Plata
Rocco Siffredi, el vertiginoso instante del coito, Pedro Trujillo
Consideraciones finales sobre la 28 Bienal de São Paulo, Claudia Sandoval Romero
Arrojando luz sobre la difusión de las tinieblas, Dale Kaplan
Fragmentos, Rodrigo Márquez

PENSAMIENTO Y REFLEXIÓN
De Bojador a Buena Esperanza, César Reynel Aguilera
Darwin y el lenguaje, José Javier Coz
El lenguaje brevemente revisitado, John Zerzan
El lenguaje, instrumento para pensar, Raúl Olvera Mijares
Tecnología, comunicación y autonomía de los signos, Héctor Villarreal
Las galaxias ocultas, Rafael Toriz
En nombre del cosmos, Carlos Bortoni
El Estado eufémico, Javier Toscano Guerrero
El mito de la originalidad, Salvador García
Dos visiones sobre el conflicto lingüístico en España. 1. Una oportunidad, más que un problema, Pablo Santiago; 2. Compañera del imperio, Irene Sánchez González
Sobre el lenguaje políticamente correcto, Sandra Strikovsky
La fuerza de lo innombrable: las palabras tabú y su efecto en el pensamiento, Sandra Strikovsky
Desvanecer lo lejano. Ensayo fotográfico sobre la extinción, Cecilia Hurtado
Sobre la muerte de las lenguas. 1. La mujer que se llevó un idioma, Andrés Bacigalupo; 2. Réquiem por el evenki, Jennifer Chan
Usos y abusos del lenguaje chavista, Angelina Jaffé
La resistencia del “che”, Mario Sandoval
Léxico de la opresión, segregación y despojo en el conflicto israelí-palestino, Naief Yehya
Los cómics y el lenguaje, Jorge Flores-Oliver
El sonido —y las palabras— en el cine, Hugo Hernández Valdivia

EL FOLLETÓN
La ninfa inconstante, novela póstuma de Cabrera Infante, Guillermo Piro
Espero que les guste porque esta soy yó!, Alberto Chimal
Entrevista con Josu Landa, Ariel Ruiz Mondragón
El lenguaje de los sueños en el arte, Avelina Lésper
Gramáticas indígenas de los siglos XVI, XVII y XVIII. Entrevista a Salvador Rueda, Dulce María López Vega
Melancolía y lenguaje: desencuentros, coincidencias, Guadalupe Beatriz Aldaco
Prensa, graffiti y lenguaje en el puerto de Veracruz, Fernanda Melchor
La Gran Bestia. Vida de Aleister Crowley, de John Symonds, Jorge Flores-Oliver
24 cuadros de terror, de Christian González, Alberto Acuña Navarijo
Para comprender el país. Gomorra, de Roberto Saviano, Francisco Arvizu Hugues
El amanecer del narco-pop. El Cid, de Colmillo Norteño, Beam
Mátalas callando, Jis

Portada de Orlando López. Gráfica de Lizette Abraham, Mariana Ampudia, Dany Barreto, Margarita Carmona, José Luis Cuevas, Mike Giant, Alex Grey, John Hughes, David LaChapelle, Manuel Manero, Abraham Orozco, Laura Silleras, Bruno Stevens/Médicos sin Fronteras, Miguel Ventura

Replicante se vende en las tiendas Sanborns, las librerías Gandhi, Fondo de Cultura Económica, Educal Libros y Arte y otros puntos de venta en todo el país. En Tijuana: Librería Sor Juana (www.tijuanalibros.com) y Librerías El Día (Tel. 684 0908). En Guadalajara: puesto de periódicos de Av. Américas y Morelos; Librería México (Plaza del Sol); Cafetería El Sorbo (Plaza del Sol); Librería Ítaca (Marsella y López Cotilla).

Sitio web: www.revistareplicante.com
Contacto: editorial@revistareplicante.com
Replicante tiene un blog: www.revistareplicante.wordpress, en el cual los colaboradores abundan sobre noticias y textos de actualidad. Además, en el sitio web de la revista: www.revistareplicante.com, se publican otros textos que no se incluyen en la edición impresa.

martes, mayo 12, 2009

A la hermana república de Yucatán


Hoy por la tarde volaré a Mérida, invitado por la Universidad Modelo a dar un curso de periodismo cultural. Que me prepare psicológicamente, me dicen mis amigos Luis Castrillón y Adrián Curiel, entre otros, porque allá la temperatura no baja de cuarenta grados. Aprovecho para llevar ejemplares de la reciente Replicante, que ya circula en todo el país. Ya les contaré qué tal nos fue.

La doctrina de Klein


"Naomi Klein es la versión políticamente correcta de Salvador Borrego. De los malvados judíos a los malvados neoliberales, sus engendros literarios son equivalentes, intercambiables: inferencias desproporcionadas a partir de premisas arbitrariamente interrelacionadas, entre montones de nombres, cifras y citas. Periodista: a tus zapatos."
—Héctor Villarreal, “De conspirómanos”, revistareplicante.wordpress.com

Su primer libro, No logo. El poder de las marcas (2000), fue traducido a casi treinta idiomas y alcanzó ventas de más de un millón de ejemplares, con lo cual Naomi Klein se convirtió en una “referencia indispensable para quienes quieren informarse de verdad”, como dijo el periodista Antoni Doménech en Barcelona durante la presentación del segundo libro de la periodista canadiense y notoria opositora a la globalización —pero feliz beneficiaria de ella—, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (2007). El corto del mismo nombre —dirigido y producido por Naomi Klein, Alfonso Cuarón y Jonás Cuarón— no ha dejado de verse en la Red a propósito de la pandemia de influenza humana, pues con ese video los seguidores de esa doctrina “demuestran” que las medidas sanitarias del Estado mexicano son una imposición para distraer y asustar a la población.
Klein explica la doctrina del shock como “una estrategia política que la derecha republicana ha estado perfeccionando a lo largo de los últimos 35 años para utilizarla para distintos tipos de shock. Éstos podrían ser guerras, desastres naturales, crisis económicas, cualquier cosa que ponga a la sociedad en un estado de shock para imponer lo que los economistas llaman ‘terapia económica de shock’ —políticas rápidas procorporaciones que no podrían realizarse si la gente no estuviese en un estado de miedo y pánico”, para lo cual magnifica e interpreta a su conveniencia postulados del economista Milton Friedman, como éste: “Sólo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar opciones a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable” (Capitalismo y libertad, 1962).* Aunque Friedman no se refería a recibir los desastres con aplausos, como lo presenta Klein, sino al hecho de que la gente cambia de manera de pensar cuando las viejas formas pierden vigencia.
Milton Friedman fue asesor de Nixon, Thatcher, Reagan y Bush Jr., pero Klein miente al convertirlo en consejero de Pinochet, cuya dictadura el economista consideraba terrible y despreciable. Después de una visita a Chile en 1975 para dar conferencias públicas, invitado por una organización privada, Friedman le escribió una carta a Pinochet en la que sugería un plan para acabar con la hiperinflación y liberalizar el mercado, algo que la junta militar hizo sólo hasta 1979, y dio consejos semejantes a la antigua Unión Soviética y a China. Sin embargo, Klein exagera, descontextualiza y distorsiona para concluir falsamente que la democracia y el capitalismo son excluyentes y que el libre mercado favorece la instauración de dictaduras y regímenes que torturan y asesinan. Miente, por ejemplo, cuando escribe que la masacre de Tiananmen se debió a que el Partido Comunista quería imponer el neoliberalismo, cuando eran los propios estudiantes los que exigían un régimen que se abriera a la democracia y a la libertad.
El historiador sueco Johan Norberg —del Cato Institute— rebate a Naomi Klein precisándole datos y fechas que ella manipula. En su reseña de La doctrina del shock escribe que las crisis no han favorecido el libre mercado ni la disminución del Estado: la I Guerra Mundial propició el arribo del comunismo a Rusia y la depresión económica provocó el surgimiento del nazismo en Alemania, por ejemplo, y concluye: “En ausencia de argumentos serios contra el libre mercado, no quedamos con las razonables críticas de Klein de torturas, dictaduras, corrupción y asistencia social corporativa. En esencia, su libro dice que las ideas de Milton Friedman sobre el gobierno limitado son malas porque los gobiernos son incompetentes, corruptos y crueles. Si hay un desastre aquí, no es culpa de él” (“Defaming Milton Friedman”, Reason, octubre de 2008; www.reason.com/news/show/128903.html). Un ejemplo que también contradice a Naomi Klein son las recientes medidas de Barack Obama para contrarrestar la crisis financiera, que han fortalecido al Estado y devuelto la confianza a la gente.

* Escribe Héctor Villarreal que “Uno de los principales errores de esta histeria —además de las calumnias- es atribuirle tanta importancia a Friedman. No es tan influyente como lo fue Keynes en su época. Si lo fuera hace por lo menos veinte años que se habrían levantado las prohibiciones a producir, distribuir, vender y consumir las drogas que ahora son ilegales; no habría tantos subsidios en Estados Unidos... ni Salinas hubiera creado Solidaridad (que el gobierno regale dinero es lo contrario a Friedman), etcétera. En época de Reagan fue cuando tuvo mayor influencia, pero no tanta como para abatir los valores religiosos conservadores o neoconservadores. Friedman no es ni el uno por ciento para Estados Unidos de lo que Marx y Lenin lo fueron para la Unión Soviética.