martes, mayo 26, 2009
lunes, mayo 25, 2009
Simpatía por el diablo
Publicado en Milenio semanal el domingo 24 de mayo.
El libro de Carlos Ahumada Derecho de réplica podría llevar como subtítulo “De la honestidad valiente a la corrupción cobarde”. La historia del empresario mexicano —sí, mexicano por naturalización— extorsionado por funcionarios perredistas contiene todos los elementos de una tragedia cinematográfica. En clave confesional y que se quiere autocrítica Ahumada exhibe —con redacción chabacana y a menudo sensiblera— su fanfarronería de tintes megalómanos y la torpeza casi suicida que lo llevaron a empantanarse en una red de relaciones perversas de la que saldría muy mal librado: su detención en Cuba y 1,131 días de prisión en México; la traición de sus abogados, de Carlos Salinas y de Diego Fernández de Cevallos; amenazas a su familia, la pérdida de sus empresas y el escarnio mediático (véanse las fotografías donde aparece en calzones tomadas y publicadas por La Jornada y Proceso en el Reclusorio Norte, al mejor estilo del amarillento Alarma!).
Derecho de réplica está conformado por las respuestas a las preguntas de dieciocho periodistas —Ahumada invitó a 39 de ellos, pero solamente ésos accedieron a cuestionarlo. Luis González de Alba lo interroga: “¿Cómo se te ocurrió la buena idea de videograbar y por qué resultó tan mal lo que debió ser una bomba que no dejara ni polvo del Mesías?”
Lo que había empezado como una relación de trabajo entre la constructora de Ahumada —Grupo Quart— y varias delegaciones del Distrito Federal se convirtió en una espesa maraña de contratos y transacciones que comprendían la realización de obra pública, contribuciones al financiamiento de campañas políticas y la entrega de millones de pesos a René Bejarano y Gustavo Ponce —operadores de López Obrador—, quienes le aseguraban que así conseguirían la liberación de pagos por trabajos ya hechos. El entonces jefe de Gobierno del D.F. tenía la vista puesta en la presidencia del país y necesitaba eliminar de la competencia a sus rivales Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que consiguió con métodos antidemocráticos. La relación sentimental de Ahumada con Robles, ex jefa de Gobierno, había provocado el castigo de López Obrador al Grupo Quart, a pesar de que éste había ganado la licitación para construir los segundos pisos del periférico (de los que no se sabrá su costo sino hasta 2016). La voracidad de Bejarano, Ponce e Ímaz parecía no tener límites, por lo que Ahumada decidió grabarlos para poder demostrar apenas una parte de la inexistente honestidad del gobierno obradorista.
Desesperado, Ahumada narra que recurrió a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos para que coordinaran la exhibición de los videos en la televisión. La reacción de López Obrador es demasiado conocida: desdeñó la podredumbre frente a sus narices y se dijo víctima de un complot —sin importarle que esa acción dejara al descubierto su propia descomposición.
Alentado por Salinas, Ahumada trató de refugiarse en La Habana, pero fue apresado y vejado por la dictadura de Fidel Castro. Deportado a México, la terrible venganza de López Obrador cayó con toda su furia: pasó más de tres años en la cárcel, sin un juicio apegado a derecho, con cargos falsos e incomunicado con la prensa —como en un Estado totalitario. Su familia sufriría incluso un atentado.
Hay dieciocho periodistas que podrían confirmar, precisar o refutar la versión de Carlos Ahumada, pero, sin duda, éste aprendió la más ruda lección de su vida. “No soy un santo, pero tampoco soy un diablo”, escribe.
Sin derecho de réplica
Luis González de Alba (Milenio diario, 25 de mayo).
Carlos Ahumada, mexicano por voluntad propia y no por azar de dónde nos parieron nuestras madres a los mexicanos por fatalidad, debió estar a 13 mil kilómetros de México para poder decir lo que no se le permitió durante tres años en la cárcel.
Yo escribí Los días y los años, mi narración del 68 contraria a la versión imperante del gobierno, en la cárcel de Lecumberri, llamada El Palacio Negro; escribí en una máquina de escribir que no fue introducida de forma clandestina, sino llenando una solicitud a la dirección del penal, compré papel en la tienda y contradije punto por punto la historia oficial. El gobierno estaba en manos de los presidentes Díaz Ordaz y Luis Echeverría, los feroces genocidas. Mi libro fue publicado por una editorial mexicana, ERA, y salió a la venta a todas las librerías. Se tardó unos meses en convertirse en best seller porque no hice una historia de los buenos derrotados por los malos, pero la podía haber escrito así. Es decir: no entorpeció el gobierno represivo y cruel de la torva burguesía aliada con el imperialismo ni la escritura, ni la impresión, ni la distribución.
Cuando mi libro apareció, a fines de enero de 1971, yo aún estaba preso en Lecumberri, o sea en las garras de los genocidas… Ningún comando fue por mí en la madrugada, nadie me puso una madriza.
Estuvimos un tiempo similar los presos del 68 y Carlos Ahumada, él un poco más pero, para su desgracia, no lo hicieron preso Díaz Ordaz ni Luis Echeverría, sino López Obrador y Alejandro Encinas. Por eso no le permitieron dar la conferencia de prensa que ahora está en librerías con el título Derecho de réplica. El mismo Alejandro Encinas que todos los domingos entraba a visitar a su amigo Pablo Gómez sin pasar por más molestias que las comunes, no le permitió las comodidades que el gobierno represor nos permitió a nosotros: televisores, radios, máquinas de escribir, libros, guitarras, flautas, partituras. Enviábamos cartas a las asambleas y se leían en altavoces. Teníamos derecho de réplica.
El mismo Alejandro Encinas, que sacaba sin problema documentos escritos, a máquina, en la cárcel por los dirigentes del Partido Comunista —su partido entonces, ahora es el PRID— llevó a un empresario mexicano extorsionado por el gobierno del DF a coserse los labios en protesta por el silencio que se le impuso. No tienes madre, Alejandro, y te pudrirás en el Infierno oyendo los discursos ñoños del Loco López por toda la eternidad para tu tortura.
Nosotros pusimos al DF de cabeza, no ordenamos desde la dirección, pero admitíamos la quema de camiones y trolebuses como males necesarios para contener una arremetida de granaderos. Carlos Ahumada lo que hizo fue cubrir al PRD de millones de pesos para sus campañas, millones nunca declarados por el PRD, calcula que unos 400 millones de pesos.
El gran error de Ahumada fue que esos cientos de millones los dio a la tribu perredista de Rosario Robles, no a la del Loco López, LoLo para abreviar, que fue luego la tribu que le puso una patada a los Cárdenas y a Rosario. ¿Es que no entienden?: LoLo se hizo en el PRI, dirigió el PRI, pidió puestos al PRI y sólo cuando no se los dio, renunció y denunció la corrupción del PRI. Así que sus métodos son los del PRI, pero refinados y bendecidos por asnos de “izquierda” que con ese halo de santidad lo han vuelto invulnerable.
Ese fue el crimen de Carlos Ahumada. Salimos de Lecumberri los presos del 68 y los que quisieron se convirtieron funcionarios, en senadores y diputados, unos de oposición y otros del PRI, pero con iguales salarios que superan el millón anual, más prestaciones, viáticos, pago de banquetes en El Cardenal, masajes y manicure, que superan el millón mensual. Ahumada salió de la mazmorra donde lo tuvo la “izquierda”, sin acceso a todo lo que los genocidas nos permitieron a nosotros, para ver todo su patrimonio perdido: sus empresas rematadas para pagar acreedores y empleados.
Y ahora LoLo va por esos andurriales gritando que Ahumada le da la razón, que sí hubo compló: ¡pero claro, idiota!, por supuesto que te querían acabar, como tú los querías, y los quieres, acabar a ellos. Te hicieron lo que tú les habrías hecho con videos en los que el secretario particular de Fox recibiera maletas de dólares y su secretario de Hacienda jugara millones en Las Vegas. Pero tú lo habrías hecho bien. Estos fallaron el golpe porque, como dijo Rosario, LoLo es un gato con nueve vidas.
www.luisgonzalezdealba.com
El libro de Carlos Ahumada Derecho de réplica podría llevar como subtítulo “De la honestidad valiente a la corrupción cobarde”. La historia del empresario mexicano —sí, mexicano por naturalización— extorsionado por funcionarios perredistas contiene todos los elementos de una tragedia cinematográfica. En clave confesional y que se quiere autocrítica Ahumada exhibe —con redacción chabacana y a menudo sensiblera— su fanfarronería de tintes megalómanos y la torpeza casi suicida que lo llevaron a empantanarse en una red de relaciones perversas de la que saldría muy mal librado: su detención en Cuba y 1,131 días de prisión en México; la traición de sus abogados, de Carlos Salinas y de Diego Fernández de Cevallos; amenazas a su familia, la pérdida de sus empresas y el escarnio mediático (véanse las fotografías donde aparece en calzones tomadas y publicadas por La Jornada y Proceso en el Reclusorio Norte, al mejor estilo del amarillento Alarma!).
Derecho de réplica está conformado por las respuestas a las preguntas de dieciocho periodistas —Ahumada invitó a 39 de ellos, pero solamente ésos accedieron a cuestionarlo. Luis González de Alba lo interroga: “¿Cómo se te ocurrió la buena idea de videograbar y por qué resultó tan mal lo que debió ser una bomba que no dejara ni polvo del Mesías?”
Lo que había empezado como una relación de trabajo entre la constructora de Ahumada —Grupo Quart— y varias delegaciones del Distrito Federal se convirtió en una espesa maraña de contratos y transacciones que comprendían la realización de obra pública, contribuciones al financiamiento de campañas políticas y la entrega de millones de pesos a René Bejarano y Gustavo Ponce —operadores de López Obrador—, quienes le aseguraban que así conseguirían la liberación de pagos por trabajos ya hechos. El entonces jefe de Gobierno del D.F. tenía la vista puesta en la presidencia del país y necesitaba eliminar de la competencia a sus rivales Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que consiguió con métodos antidemocráticos. La relación sentimental de Ahumada con Robles, ex jefa de Gobierno, había provocado el castigo de López Obrador al Grupo Quart, a pesar de que éste había ganado la licitación para construir los segundos pisos del periférico (de los que no se sabrá su costo sino hasta 2016). La voracidad de Bejarano, Ponce e Ímaz parecía no tener límites, por lo que Ahumada decidió grabarlos para poder demostrar apenas una parte de la inexistente honestidad del gobierno obradorista.
Desesperado, Ahumada narra que recurrió a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos para que coordinaran la exhibición de los videos en la televisión. La reacción de López Obrador es demasiado conocida: desdeñó la podredumbre frente a sus narices y se dijo víctima de un complot —sin importarle que esa acción dejara al descubierto su propia descomposición.
Alentado por Salinas, Ahumada trató de refugiarse en La Habana, pero fue apresado y vejado por la dictadura de Fidel Castro. Deportado a México, la terrible venganza de López Obrador cayó con toda su furia: pasó más de tres años en la cárcel, sin un juicio apegado a derecho, con cargos falsos e incomunicado con la prensa —como en un Estado totalitario. Su familia sufriría incluso un atentado.
Hay dieciocho periodistas que podrían confirmar, precisar o refutar la versión de Carlos Ahumada, pero, sin duda, éste aprendió la más ruda lección de su vida. “No soy un santo, pero tampoco soy un diablo”, escribe.
Sin derecho de réplica
Luis González de Alba (Milenio diario, 25 de mayo).
Carlos Ahumada, mexicano por voluntad propia y no por azar de dónde nos parieron nuestras madres a los mexicanos por fatalidad, debió estar a 13 mil kilómetros de México para poder decir lo que no se le permitió durante tres años en la cárcel.
Yo escribí Los días y los años, mi narración del 68 contraria a la versión imperante del gobierno, en la cárcel de Lecumberri, llamada El Palacio Negro; escribí en una máquina de escribir que no fue introducida de forma clandestina, sino llenando una solicitud a la dirección del penal, compré papel en la tienda y contradije punto por punto la historia oficial. El gobierno estaba en manos de los presidentes Díaz Ordaz y Luis Echeverría, los feroces genocidas. Mi libro fue publicado por una editorial mexicana, ERA, y salió a la venta a todas las librerías. Se tardó unos meses en convertirse en best seller porque no hice una historia de los buenos derrotados por los malos, pero la podía haber escrito así. Es decir: no entorpeció el gobierno represivo y cruel de la torva burguesía aliada con el imperialismo ni la escritura, ni la impresión, ni la distribución.
Cuando mi libro apareció, a fines de enero de 1971, yo aún estaba preso en Lecumberri, o sea en las garras de los genocidas… Ningún comando fue por mí en la madrugada, nadie me puso una madriza.
Estuvimos un tiempo similar los presos del 68 y Carlos Ahumada, él un poco más pero, para su desgracia, no lo hicieron preso Díaz Ordaz ni Luis Echeverría, sino López Obrador y Alejandro Encinas. Por eso no le permitieron dar la conferencia de prensa que ahora está en librerías con el título Derecho de réplica. El mismo Alejandro Encinas que todos los domingos entraba a visitar a su amigo Pablo Gómez sin pasar por más molestias que las comunes, no le permitió las comodidades que el gobierno represor nos permitió a nosotros: televisores, radios, máquinas de escribir, libros, guitarras, flautas, partituras. Enviábamos cartas a las asambleas y se leían en altavoces. Teníamos derecho de réplica.
El mismo Alejandro Encinas, que sacaba sin problema documentos escritos, a máquina, en la cárcel por los dirigentes del Partido Comunista —su partido entonces, ahora es el PRID— llevó a un empresario mexicano extorsionado por el gobierno del DF a coserse los labios en protesta por el silencio que se le impuso. No tienes madre, Alejandro, y te pudrirás en el Infierno oyendo los discursos ñoños del Loco López por toda la eternidad para tu tortura.
Nosotros pusimos al DF de cabeza, no ordenamos desde la dirección, pero admitíamos la quema de camiones y trolebuses como males necesarios para contener una arremetida de granaderos. Carlos Ahumada lo que hizo fue cubrir al PRD de millones de pesos para sus campañas, millones nunca declarados por el PRD, calcula que unos 400 millones de pesos.
El gran error de Ahumada fue que esos cientos de millones los dio a la tribu perredista de Rosario Robles, no a la del Loco López, LoLo para abreviar, que fue luego la tribu que le puso una patada a los Cárdenas y a Rosario. ¿Es que no entienden?: LoLo se hizo en el PRI, dirigió el PRI, pidió puestos al PRI y sólo cuando no se los dio, renunció y denunció la corrupción del PRI. Así que sus métodos son los del PRI, pero refinados y bendecidos por asnos de “izquierda” que con ese halo de santidad lo han vuelto invulnerable.
Ese fue el crimen de Carlos Ahumada. Salimos de Lecumberri los presos del 68 y los que quisieron se convirtieron funcionarios, en senadores y diputados, unos de oposición y otros del PRI, pero con iguales salarios que superan el millón anual, más prestaciones, viáticos, pago de banquetes en El Cardenal, masajes y manicure, que superan el millón mensual. Ahumada salió de la mazmorra donde lo tuvo la “izquierda”, sin acceso a todo lo que los genocidas nos permitieron a nosotros, para ver todo su patrimonio perdido: sus empresas rematadas para pagar acreedores y empleados.
Y ahora LoLo va por esos andurriales gritando que Ahumada le da la razón, que sí hubo compló: ¡pero claro, idiota!, por supuesto que te querían acabar, como tú los querías, y los quieres, acabar a ellos. Te hicieron lo que tú les habrías hecho con videos en los que el secretario particular de Fox recibiera maletas de dólares y su secretario de Hacienda jugara millones en Las Vegas. Pero tú lo habrías hecho bien. Estos fallaron el golpe porque, como dijo Rosario, LoLo es un gato con nueve vidas.
www.luisgonzalezdealba.com
Tragicomedia con gripe
Publicado en Milenio semanal el domingo 17 de mayo.
Rosario de tragedias, guerras intestinas, invasiones, golpes y contragolpes de Estado, dictaduras, traiciones, levantamientos, represión y fraudes electorales. Un escenario de atraso, pobreza, explotación, discriminación, ignorancia, fanatismo, crimen y miseria política. Vivos resabios de esa historia desoladora resurgen a cada tanto en este país de embozados: bandidos, luchadores, zapatistas, soldados, gente de la calle.
En 1968 la exigencia estudiantil de modernizar el país fue exterminada con violencia, pero ése fue el comienzo de un largo ciclo que llevó a la apertura de un Estado regido por un solo partido durante siete decenios. El reemplazo del largo dominio autocrático por el panismo fue un fiasco para la mayoría de la población, que vio cómo los nuevos gobernantes adoptaban las antiguas maneras de practicar la política —atavismos y corrupción incluidos. El viejo partido oficial se recupera del desplazamiento y parece estar en forma para librar la próxima batalla en las urnas —a menos que en julio los electores decidan abstenerse o anular su voto para mostrar su aversión a una clase política insensible, cínica y voraz.
En 2006 el país perdió una valiosa oportunidad de seguir creciendo en estatura democrática cuando el candidato perdedor en la batalla por la presidencia acusó al ganador de haber cometido fraude. Millones le creyeron y reactivaron la proverbial desconfianza en autoridades e instituciones.
Ese mismo recelo ha aflorado en el reciente caso de la pandemia de influenza humana, calificado automáticamente de fraude o conspiración por agoreros que lanzan a la Red y a los medios a su alcance argumentos y explicaciones de toda índole, asegurando con suficiencia que se trata de una maniobra distractora para ocultar realidades más siniestras e inocultables —la crisis económica, los crímenes del narcotráfico— y hasta un ensayo de sociedad totalitaria. Para ellos esto es un velo fabricado para que el Estado imponga medidas represoras, como se ilustra en los paranoicos videos La doctrina del shock, de Naomi Klein y Alfonso Cuarón, y 7 días de cuarentena, entre otros retazos que circulan en YouTube y que van de entrevistas de Javier Solórzano con James Petras y arengas de Ofelia Medina a improperios al presidente y al secretario de Salud por su complicidad con una conspiración mundial que incluye a Obama, a Sarkozy, a la OMS y a la galaxia entera —sin faltar los reeditores de la tesis de la sociedad de control de Gilles Deleuze (región 4).
Como en 2006, no valen argumentos ni pruebas en contra. No importa que Marcelo Ebrard secundara aún con más dureza las medidas sanitarias de Calderón ni que Manuel Camacho fuera infectado por el virus o que Carmen Aristegui entrevistara a expertos en epidemiología —Patricia Volkow— o al ex secretario de Salud y ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente, quienes expresaron su respaldo a esas medidas.
Lo que sí existe en este país es un Estado de tradición autoritaria y paternalista, un sistema de salud casi descoyuntado, negligente, plagado de una burocracia soviética que es ya parte de la idiosincrasia nacional, más un estúpido desprecio por la investigación tecnocientífica y una educación que es la vergüenza de medio mundo. ¿Deberían extrañarnos los resultados de esa folclórica y explosiva fórmula?
Decía Schopenhauer que la vida humana oscila entre el dolor y el tedio, pero en la historia mexicana, por lo visto, no ha habido mucho lugar para el aburrimiento.
Rosario de tragedias, guerras intestinas, invasiones, golpes y contragolpes de Estado, dictaduras, traiciones, levantamientos, represión y fraudes electorales. Un escenario de atraso, pobreza, explotación, discriminación, ignorancia, fanatismo, crimen y miseria política. Vivos resabios de esa historia desoladora resurgen a cada tanto en este país de embozados: bandidos, luchadores, zapatistas, soldados, gente de la calle.
En 1968 la exigencia estudiantil de modernizar el país fue exterminada con violencia, pero ése fue el comienzo de un largo ciclo que llevó a la apertura de un Estado regido por un solo partido durante siete decenios. El reemplazo del largo dominio autocrático por el panismo fue un fiasco para la mayoría de la población, que vio cómo los nuevos gobernantes adoptaban las antiguas maneras de practicar la política —atavismos y corrupción incluidos. El viejo partido oficial se recupera del desplazamiento y parece estar en forma para librar la próxima batalla en las urnas —a menos que en julio los electores decidan abstenerse o anular su voto para mostrar su aversión a una clase política insensible, cínica y voraz.
En 2006 el país perdió una valiosa oportunidad de seguir creciendo en estatura democrática cuando el candidato perdedor en la batalla por la presidencia acusó al ganador de haber cometido fraude. Millones le creyeron y reactivaron la proverbial desconfianza en autoridades e instituciones.
Ese mismo recelo ha aflorado en el reciente caso de la pandemia de influenza humana, calificado automáticamente de fraude o conspiración por agoreros que lanzan a la Red y a los medios a su alcance argumentos y explicaciones de toda índole, asegurando con suficiencia que se trata de una maniobra distractora para ocultar realidades más siniestras e inocultables —la crisis económica, los crímenes del narcotráfico— y hasta un ensayo de sociedad totalitaria. Para ellos esto es un velo fabricado para que el Estado imponga medidas represoras, como se ilustra en los paranoicos videos La doctrina del shock, de Naomi Klein y Alfonso Cuarón, y 7 días de cuarentena, entre otros retazos que circulan en YouTube y que van de entrevistas de Javier Solórzano con James Petras y arengas de Ofelia Medina a improperios al presidente y al secretario de Salud por su complicidad con una conspiración mundial que incluye a Obama, a Sarkozy, a la OMS y a la galaxia entera —sin faltar los reeditores de la tesis de la sociedad de control de Gilles Deleuze (región 4).
Como en 2006, no valen argumentos ni pruebas en contra. No importa que Marcelo Ebrard secundara aún con más dureza las medidas sanitarias de Calderón ni que Manuel Camacho fuera infectado por el virus o que Carmen Aristegui entrevistara a expertos en epidemiología —Patricia Volkow— o al ex secretario de Salud y ex rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente, quienes expresaron su respaldo a esas medidas.
Lo que sí existe en este país es un Estado de tradición autoritaria y paternalista, un sistema de salud casi descoyuntado, negligente, plagado de una burocracia soviética que es ya parte de la idiosincrasia nacional, más un estúpido desprecio por la investigación tecnocientífica y una educación que es la vergüenza de medio mundo. ¿Deberían extrañarnos los resultados de esa folclórica y explosiva fórmula?
Decía Schopenhauer que la vida humana oscila entre el dolor y el tedio, pero en la historia mexicana, por lo visto, no ha habido mucho lugar para el aburrimiento.
sábado, mayo 23, 2009
domingo, mayo 17, 2009
Replicante 19: La palabra y la lengua

Ahora sí, en todo el país.
Se aleja el virus de la influenza pero llega el virus del lenguaje, como decía William Burroughs. La nueva edición de la revista Replicante —no. 19, de mayo a julio— circula a partir de esta semana en todo el país con el tema “La palabra y la lengua”, con ensayos de escritores, académicos y periodistas sobre diversos aspectos del lenguaje en la sección central de “Pensamiento y reflexión”.
El lenguaje es el instrumento del pensamiento, y como tal ha sido el vehículo de grandes ideas y teorías, como la que desarrolló Charles Darwin en El origen de los especies. El biólogo José Javier Coz se pregunta qué términos y expresiones utilizó el revolucionario científico para expresar su teoría. Por su parte, el escritor cubano César Reynel define al lenguaje como un sistema complejo con capacidad de adaptación que, al igual que la evolución biológica, muestra un camino que va desde formas simples a estructuras cada vez más complejas. A su vez, el polémico intelectual estadounidense John Zerzan reflexiona sobre el lenguaje y su esencia: el símbolo; la sustitución, la pálida representación de lo que se presenta directamente ante nosotros, mientras que el sociólogo Héctor Villarreal escribe sobre el sistema de comunicación postindustrial o informático que favorece la pluralidad de relatos: una multitud de visiones pequeñas y fragmentadas de la realidad. Rafael Toriz y Carlos Bortoni, jóvenes escritores, discurren en torno a la megalengua china y el carácter connotativo de su escritura y en la sistematización del lenguaje como el fundamento del control social, respectivamente.
El ensayista Javier Toscano analiza el discurso del Estado mexicano, al que encuentra plagado de eufemismos. El periodista Salvador García desvela el mito de la originalidad en la escritura y remite a la noción de intertextualidad de Bajtín para recordar las relaciones que establece un texto literario no solamente con los discursos que le han precedido, sino también con los posteriores. Sobre el conflicto lingüístico en España —las lenguas y el poder— escriben los académicos españoles Pablo Santiago e Irene Sánchez González, mientras que la lingüista Sandra Strikovsky analiza la corrección política que ha pretendido eliminar el sexismo, el racismo, el clasismo y otros “ismos” del lenguaje; además, estudia el efecto de las palabras prohibidas o tabú en el pensamiento.
Los periodistas Andrés Bacigalupo y Jennifer Chan escriben en torno a la muerte de las lenguas: 53 idiomas extintos desde 1950. La académica venezolana Angelina Jaffé advierte sobre los usos y abusos en los discursos de Hugo Chávez. Por su parte el escritor Naief Yehya estudia el léxico de la opresión generado por el conflicto israelí-palestino y, en temas más amables, el ilustrador Jorge Flores-Oliver explica el lenguaje de los cómics y el crítico Hugo Hernández reflexiona sobre los efectos del sonido en el cine.
En la sección de “Apuntes y crónicas” la joven narradora Fernanda Melchor relata la historia de Evangelina Tejera, la reina del carnaval veracruzano que asesinó a sus hijos, y la periodista Blanca Juárez entrevista a hijos y familiares de prostitutas. Donato M. Plata entrevista a un exitoso productor de cine porno mexicano y Pedro Trujillo explora la biografía del célebre actor porno italiano Rocco Siffredi. Claudia Sandoval opina críticamente sobre la 28 Bienal de São Paulo y Taína Trujillo habla del cine del colombiano Miguel Urrutia. Hay también una historia de espías y guaruras de Vanesa Robles y un alegato contra el antisemitismo en ámbitos académicos por Dale Kaplan. Además, ensayos fotográficos de la tapatía Cecilia Hurtado, de la española Laura Silleras y del argentino Dany Barreto.
En la sección de “Reseñas y noticias” hay notas sobre libros cine, arte, literatura gráfica, música y la radio, sin faltar el cómic intelectual de Jorge Aviña —ilustrador del Libro Vaquero. En esta ocasión, la sección incluye una lista de las 10 peores películas de los últimos diez años del cine nacional según reconocidos críticos y escritores como Jorge Ayala Blanco, Javier Marías, José Felipe Coria y Naief Yehya.
Finalmente, en “El Folletón”, el periodista argentino Guillermo Piro habla de La ninfa inconstante, la novela póstuma del gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante. Alberto Chimal, Avelina Lésper y Francisco Arvizu, entre varios autores más, escriben de arte, cultura popular y política. Cierran con broche de oro esta edición los enigmáticos monos de Jis.
Contenido
RESEÑAS Y NOTICIAS
LIBROS Y AUTORES Los niños de paja, de Bernardo Esquinca – Al final del vacío, de J.M. Servín – El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata – Entrevista con Luis Zapata – La heredera, de Andrea Chapela – Respiración del laberinto, de Mario Santiago Papasquiaro – “Tiempo fuera”, por Francisco Arvizu Hugues – 75 años de Juan Marsé – Espejo de tres cuerpos, de Odette Alonso – La sociedad de la decepción, de Gilles Lipovetsky - Bitchfest. Ten Years of Cultural Criticism from the Pages of Bitch Magazine, de Lisa Jervis y Andi Zeisler; The Sexual Contract, de Carole Pateman; Vetas de Ilustración. Reflexiones sobre feminismo e Islam, de Celia Amorós, y La segunda brecha digital, de Cecilia Castaño – “Buzón Hache”, por Heriberto Yépez – Electricidad, de Ray Robinson, y My Most Secret Desire, de Julie Doucet – La elegancia del erizo, de Muriel Barbery – Sobre Chuck Palahniuk – Diario de un loco, de Lu Hsun – Terrorista, de John Updike * CINE Dentro de la piel, de Jean-Marc Vallée – “El cómic intelectual”, por Jorge Aviña y Héctor Villarreal – Las 10 peores películas de los últimos diez años * MÚSICA Entrevista a Juan Son – Exorcizios sonoros, de Israel Martínez – “Prosa sonora”, de Javier Fernández * LITERATURA GRÁFICA, por Jorge Flores-Oliver * ARTE Cantos cívicos, de Miguel Ventura – Delirios de razón, de David LaChapelle * RADIO La Chora Interminable * REVISTAS La Mosca, a un año de su desaparición
APUNTES Y CRÓNICAS
Relato del Ángel del Asalto y los espías del “Ángel”, Vanesa Robles
Lenguaje visual de altares populares argentinos, Juan Batalla; fotos de Dany Barreto
Los otros. El cine del colombiano Miguel Urrutia, Taína Trujillo
Todos somos freaks, fotos de Laura Silleras, texto de Rubén Bonet
La rubia que todos querían. El caso de Evangelina Tejera, la Medea veracruzana, Fernanda Melchor
Hijo de puta, Blanca Juárez
Cártel Paraíso: pornochín casero/chilango para el mundo, Donato M. Plata
Rocco Siffredi, el vertiginoso instante del coito, Pedro Trujillo
Consideraciones finales sobre la 28 Bienal de São Paulo, Claudia Sandoval Romero
Arrojando luz sobre la difusión de las tinieblas, Dale Kaplan
Fragmentos, Rodrigo Márquez
PENSAMIENTO Y REFLEXIÓN
De Bojador a Buena Esperanza, César Reynel Aguilera
Darwin y el lenguaje, José Javier Coz
El lenguaje brevemente revisitado, John Zerzan
El lenguaje, instrumento para pensar, Raúl Olvera Mijares
Tecnología, comunicación y autonomía de los signos, Héctor Villarreal
Las galaxias ocultas, Rafael Toriz
En nombre del cosmos, Carlos Bortoni
El Estado eufémico, Javier Toscano Guerrero
El mito de la originalidad, Salvador García
Dos visiones sobre el conflicto lingüístico en España. 1. Una oportunidad, más que un problema, Pablo Santiago; 2. Compañera del imperio, Irene Sánchez González
Sobre el lenguaje políticamente correcto, Sandra Strikovsky
La fuerza de lo innombrable: las palabras tabú y su efecto en el pensamiento, Sandra Strikovsky
Desvanecer lo lejano. Ensayo fotográfico sobre la extinción, Cecilia Hurtado
Sobre la muerte de las lenguas. 1. La mujer que se llevó un idioma, Andrés Bacigalupo; 2. Réquiem por el evenki, Jennifer Chan
Usos y abusos del lenguaje chavista, Angelina Jaffé
La resistencia del “che”, Mario Sandoval
Léxico de la opresión, segregación y despojo en el conflicto israelí-palestino, Naief Yehya
Los cómics y el lenguaje, Jorge Flores-Oliver
El sonido —y las palabras— en el cine, Hugo Hernández Valdivia
EL FOLLETÓN
La ninfa inconstante, novela póstuma de Cabrera Infante, Guillermo Piro
Espero que les guste porque esta soy yó!, Alberto Chimal
Entrevista con Josu Landa, Ariel Ruiz Mondragón
El lenguaje de los sueños en el arte, Avelina Lésper
Gramáticas indígenas de los siglos XVI, XVII y XVIII. Entrevista a Salvador Rueda, Dulce María López Vega
Melancolía y lenguaje: desencuentros, coincidencias, Guadalupe Beatriz Aldaco
Prensa, graffiti y lenguaje en el puerto de Veracruz, Fernanda Melchor
La Gran Bestia. Vida de Aleister Crowley, de John Symonds, Jorge Flores-Oliver
24 cuadros de terror, de Christian González, Alberto Acuña Navarijo
Para comprender el país. Gomorra, de Roberto Saviano, Francisco Arvizu Hugues
El amanecer del narco-pop. El Cid, de Colmillo Norteño, Beam
Mátalas callando, Jis
Portada de Orlando López. Gráfica de Lizette Abraham, Mariana Ampudia, Dany Barreto, Margarita Carmona, José Luis Cuevas, Mike Giant, Alex Grey, John Hughes, David LaChapelle, Manuel Manero, Abraham Orozco, Laura Silleras, Bruno Stevens/Médicos sin Fronteras, Miguel Ventura
Replicante se vende en las tiendas Sanborns, las librerías Gandhi, Fondo de Cultura Económica, Educal Libros y Arte y otros puntos de venta en todo el país. En Tijuana: Librería Sor Juana (www.tijuanalibros.com) y Librerías El Día (Tel. 684 0908). En Guadalajara: puesto de periódicos de Av. Américas y Morelos; Librería México (Plaza del Sol); Cafetería El Sorbo (Plaza del Sol); Librería Ítaca (Marsella y López Cotilla).
Sitio web: www.revistareplicante.com
Contacto: editorial@revistareplicante.com
Replicante tiene un blog: www.revistareplicante.wordpress, en el cual los colaboradores abundan sobre noticias y textos de actualidad. Además, en el sitio web de la revista: www.revistareplicante.com, se publican otros textos que no se incluyen en la edición impresa.
martes, mayo 12, 2009
A la hermana república de Yucatán

Hoy por la tarde volaré a Mérida, invitado por la Universidad Modelo a dar un curso de periodismo cultural. Que me prepare psicológicamente, me dicen mis amigos Luis Castrillón y Adrián Curiel, entre otros, porque allá la temperatura no baja de cuarenta grados. Aprovecho para llevar ejemplares de la reciente Replicante, que ya circula en todo el país. Ya les contaré qué tal nos fue.
La doctrina de Klein

"Naomi Klein es la versión políticamente correcta de Salvador Borrego. De los malvados judíos a los malvados neoliberales, sus engendros literarios son equivalentes, intercambiables: inferencias desproporcionadas a partir de premisas arbitrariamente interrelacionadas, entre montones de nombres, cifras y citas. Periodista: a tus zapatos."
—Héctor Villarreal, “De conspirómanos”, revistareplicante.wordpress.com
Su primer libro, No logo. El poder de las marcas (2000), fue traducido a casi treinta idiomas y alcanzó ventas de más de un millón de ejemplares, con lo cual Naomi Klein se convirtió en una “referencia indispensable para quienes quieren informarse de verdad”, como dijo el periodista Antoni Doménech en Barcelona durante la presentación del segundo libro de la periodista canadiense y notoria opositora a la globalización —pero feliz beneficiaria de ella—, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre (2007). El corto del mismo nombre —dirigido y producido por Naomi Klein, Alfonso Cuarón y Jonás Cuarón— no ha dejado de verse en la Red a propósito de la pandemia de influenza humana, pues con ese video los seguidores de esa doctrina “demuestran” que las medidas sanitarias del Estado mexicano son una imposición para distraer y asustar a la población.
Klein explica la doctrina del shock como “una estrategia política que la derecha republicana ha estado perfeccionando a lo largo de los últimos 35 años para utilizarla para distintos tipos de shock. Éstos podrían ser guerras, desastres naturales, crisis económicas, cualquier cosa que ponga a la sociedad en un estado de shock para imponer lo que los economistas llaman ‘terapia económica de shock’ —políticas rápidas procorporaciones que no podrían realizarse si la gente no estuviese en un estado de miedo y pánico”, para lo cual magnifica e interpreta a su conveniencia postulados del economista Milton Friedman, como éste: “Sólo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar opciones a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable” (Capitalismo y libertad, 1962).* Aunque Friedman no se refería a recibir los desastres con aplausos, como lo presenta Klein, sino al hecho de que la gente cambia de manera de pensar cuando las viejas formas pierden vigencia.
Milton Friedman fue asesor de Nixon, Thatcher, Reagan y Bush Jr., pero Klein miente al convertirlo en consejero de Pinochet, cuya dictadura el economista consideraba terrible y despreciable. Después de una visita a Chile en 1975 para dar conferencias públicas, invitado por una organización privada, Friedman le escribió una carta a Pinochet en la que sugería un plan para acabar con la hiperinflación y liberalizar el mercado, algo que la junta militar hizo sólo hasta 1979, y dio consejos semejantes a la antigua Unión Soviética y a China. Sin embargo, Klein exagera, descontextualiza y distorsiona para concluir falsamente que la democracia y el capitalismo son excluyentes y que el libre mercado favorece la instauración de dictaduras y regímenes que torturan y asesinan. Miente, por ejemplo, cuando escribe que la masacre de Tiananmen se debió a que el Partido Comunista quería imponer el neoliberalismo, cuando eran los propios estudiantes los que exigían un régimen que se abriera a la democracia y a la libertad.
El historiador sueco Johan Norberg —del Cato Institute— rebate a Naomi Klein precisándole datos y fechas que ella manipula. En su reseña de La doctrina del shock escribe que las crisis no han favorecido el libre mercado ni la disminución del Estado: la I Guerra Mundial propició el arribo del comunismo a Rusia y la depresión económica provocó el surgimiento del nazismo en Alemania, por ejemplo, y concluye: “En ausencia de argumentos serios contra el libre mercado, no quedamos con las razonables críticas de Klein de torturas, dictaduras, corrupción y asistencia social corporativa. En esencia, su libro dice que las ideas de Milton Friedman sobre el gobierno limitado son malas porque los gobiernos son incompetentes, corruptos y crueles. Si hay un desastre aquí, no es culpa de él” (“Defaming Milton Friedman”, Reason, octubre de 2008; www.reason.com/news/show/128903.html). Un ejemplo que también contradice a Naomi Klein son las recientes medidas de Barack Obama para contrarrestar la crisis financiera, que han fortalecido al Estado y devuelto la confianza a la gente.
* Escribe Héctor Villarreal que “Uno de los principales errores de esta histeria —además de las calumnias- es atribuirle tanta importancia a Friedman. No es tan influyente como lo fue Keynes en su época. Si lo fuera hace por lo menos veinte años que se habrían levantado las prohibiciones a producir, distribuir, vender y consumir las drogas que ahora son ilegales; no habría tantos subsidios en Estados Unidos... ni Salinas hubiera creado Solidaridad (que el gobierno regale dinero es lo contrario a Friedman), etcétera. En época de Reagan fue cuando tuvo mayor influencia, pero no tanta como para abatir los valores religiosos conservadores o neoconservadores. Friedman no es ni el uno por ciento para Estados Unidos de lo que Marx y Lenin lo fueron para la Unión Soviética.
domingo, mayo 03, 2009
Gómez Peña y el performance inútil

[Publicado hoy en Milenio Semanal]
Los artistas Guillermo Gómez Peña, mexicano radicado en San Francisco, y Tania Bruguera, cubana residente en Chicago, presentaron simultáneamente el pasado 29 de marzo en la X Bienal de La Habana dos performances con la idea de que el público “transitara entre ambas obras de arte viviente y que incluso participara activamente en ellas” (“Cuando el público determina el destino final de la obra de arte”, carta pública electrónica de Gómez Peña).
Bruguera dispuso para su performance “El susurro de Tatlin no. 6”, en el Centro Cultural Wifredo Lam, un podio con un micrófono y un telón de fondo, invitando al público a pasar y “hablar sin restricciones durante un minuto” flanqueado por dos personajes con uniformes militares, quienes hacían posar sobre el hombro del participante en turno una paloma blanca, “como una reminiscencia del primer discurso de Fidel”, explica Gómez Peña en la carta citada. En tanto, éste desarrollaba su trabajo “Corpo ilícito” (véase www.pochanostra.com) con alegorías al colonialismo y la migración mientras leía un “poema épico en espanglish sobre la cultura de la violencia en Latinoamérica”.
“Ambos proyectos”, escribe Gómez Peña, “se planteaban como laboratorios efímeros para ejercer una suerte de democracia simbólica, imperfecta y radical”. Una declaración que resultaría demagogia pura ante la beligerante respuesta del público cubano. Frente al podio sucedía lo que Gómez Peña califica de “evento insólito”: después de los “testimonios conceptuales y poéticos” de artistas y curadores, de entre el público salieron varias personas “para expresar opiniones críticas en contra del gobierno, la censura y la bienal” —¿acaso esperaba que cantaran como en un karaoke?—. Entre los que usaron el micrófono para hablar de la falta de libertad y democracia en Cuba estuvo la bloguera Yoani Sánchez, quien remató su alocución deseando “que un día la libertad de expresión en Cuba no sea un performance” (véase en YouTube). Sin embargo, nuestro artista aún se pregunta si aquello fue un acto premeditado o “un gesto visceral inspirado por el momento”.
A las preguntas de “periodistas, curadores y artistas” que lo “acosaban” para que definiera su posición sobre la reacción del público cubano Gómez Peña se amparó en la escurridiza declaración del curador español Orlando Britto-Jinorio: “Estoy en contra de la injerencia de los extranjeros en el debate. Estoy a favor de la libertad de los pueblos para decidir su propio futuro; [...], y sobre todo estoy en contra de la injerencia de los estados en otros estados, en contra de los bloqueos inmorales y en contra de la doble moral, muy arraigada en Occidente”. Sólo les faltó que a continuación exaltaran la fiesta de libertad y democracia que se vive en países como China, Irán y Arabia Saudita.
Para Gómez Peña se trató de un “escándalo político” y acusó a los cubanos de haberle “aguado la fiesta”. El mexicano, que se las da de transgresor y transfronterizo, expresa su confianza en que “las llamas del escándalo se extinguirán muy pronto y la distancia nos permitirá recuperar la posibilidad de un análisis más complejo y meticuloso de la obra”.
Vaya, al temible MexTerminator, campechano Guerrero de la Gringostroika y hierático Aztec-HighTech que con sus sobadas transfiguraciones sueña con derrumbar fronteras y prejuicios, le preocupa más la valoración de su obra de arte “viviente” que la suerte de los desesperados cubanos que se atrevieron a exigir libertad en la asfixiante isla de Castro.
lunes, abril 27, 2009
El lenguaje que usted habla

[Publicado en Milenio Semanal el domingo pasado]
Cuando en 1972 Jorge Saldaña fue despedido de Televisa por Emilio Azcárraga Milmo porque su programa Anatomías, antecesor de los actuales talk shows, resultaba muy polémico, fue a pedir trabajo al entonces canal oficial, el 13, donde condujo sus Sábados con Saldaña, con animadas secciones como Los Virtuosos, El Juicio de los Discos, Folclorama y Sopa de Letras. En este último se reunían los escritores Pedro Brull, Francisco Liguori —famoso por sus epigramas en Excélsior—, Felipe San José, Mario Méndez y Arrigo Coen Anitúa, además del caricaturista Rossas, comandados por Saldaña, para elucidar etimologías y significados de palabras y frases del idioma español.
Hijo de italiano y mexicana —su madre fue la cantante de ópera Fanny Anitúa—, Arrigo Coen (Pavía, 10 de mayo de 1913 – Ciudad de México, 13 de enero de 2007) fue un avezado filólogo que hasta unos días antes de infartarse colaboraba para el programa Monitor, de Radio Red, con su sección sabatina “Redención de significados” —que también era el nombre de su columna en el Diario Monitor—, en el cual despejaba las dudas de los radioescuchas relacionadas con el buen o mal uso del lenguaje. Aunque estudió para perito bancario, se especializó de manera autodidacta en lingüística y llegó a ser colaborador de la división latinoamericana de la Enciclopedia Británica.
Coen insistía en la necesidad de hablar y escribir con propiedad y corrección, prefiriendo siempre los vocablos originales a los barbarismos o “voquibles”, palabras mal empleadas o extranjeras que vienen a desplazar a las españolas (stand por pabellón o bufett por comedor o convite, por ejemplo), un vicio muy extendido y que trató en libros como El lenguaje que usted habla (1948), El lenguaje que usted habla en radio, televisión y prensa (1948), Para saber lo que se dice I y II (1987-1992) y ¿Género científico o fictocientífico? (1999). Es autor también de una Enciclopedia de Lemas del idioma español (2001) y de Así habla usted, su última obra, aún inédita.
En el prólogo de El lenguaje que usted habla, una amenísima compilación de artículos de su columna “Vocablos y voquibles” del Excélsior, publicada en 1948, los editores advertían sobre “el servilismo en el empleo innecesario de palabras extranjeras” y los “lamentables síntomas de indiferencia, de abandono lingüístico, en el uso frecuente de vocablos incorrectos o corrompidos”. Esto en 1948, cuando la educación no era la zona de desastre que es hoy y la Lengua Nacional era una materia impartida en las primarias por profesores con vocación y preparación; cuando nadie se imaginaba que en el lejano siglo XXI, más cercano entonces a la ciencia ficción que a esta penosa realidad, la lengua y la educación al parecer no le importarían gran cosa al Estado ni a los maestros.
A la pregunta de una lectora sobre la pobreza del lenguaje de los periodistas Arrigo Coen respondió: “¿No cree usted que es mucho pedir a los redactores de la prensa un lenguaje castizo, cuando muchos escritores de polendas, y aun quienes nos hemos dado a especiales estudios lexicológicos, daríamos de buen grado parte de nuestra vida por no caer en barbarismos, idiotismos, solecismos y cien peligros más que acechan al que escribe? [...] A quienes se puede exigir un poco más en achaques de propiedad léxica, es a los editorialistas y articulistas”. Arrigo Coen pudo ver las vertiginosas transformaciones del español, pero es difícil saber hasta dónde llegarán en unas décadas más.
sábado, abril 25, 2009
De asesinos, cine, mitos, escritores y derechos humanos
Hace tiempo que no posteaba porque se descompuso mi computadora y encima tenía la producción de Replicante 19, dedicada a la lengua y la palabra -sale en los primeros días de mayo.
Aprovecho para colgar los últimos artículos que he publicado en Milenio Semanal.
Los asesinos salvajes

Nuestras Hijas de Regreso a Casa (www.mujeresdejuarez.org) es un sitio creado por familiares y amigos de jóvenes sacrificadas que advierte que “Los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua, continúan. El clima de violencia e impunidad sigue creciendo sin que hasta el momento se hayan tomado acciones concretas para terminar con este feminicidio”. Por ello será imposible que una sola policía resuelva el intrincado caso de los cientos de crímenes contra jovencitas en un entorno de corrupción, complicidad con mafias criminales, ineptitud, desinterés y omisión de las autoridades y un violento machismo sancionado por la educación familiar. Un escenario que no es exclusivo de esa ciudad fronteriza sino de todo el país y, como anotan las cifras al final de Backyard, el traspatio (Carlos Carrera, 2009), de otras naciones del tercer y hasta del primer mundo. Lo más que podrá hacer la agente encarnada en Ana de la Reguera será ajusticiar a balazos a uno de tantos secuestradores a punto de cometer la enésima agresión a una colegiala a la que ha forzado a subir a su auto. Esquemática y ajustada a las convenciones del drama cinematográfico comercial, esta película se suma a una lista no muy extensa de documentales y obras de ficción basados en esos crímenes, que empezaron a registrarse oficialmente desde 1993, además de informes como el de Amnistía Internacional (11 de agosto de 2003), piezas de teatro, libros de investigación, poemas y hasta canciones como “Juárez”, de Tori Amos, y “Las mujeres de Juárez”, de Los Tigres del Norte.
Cuando en mayo de 2008 se estrenó Bordertown / Ciudad de silencio (Gregory Nava, 2007) Marisela Ortiz y Marilú Andrade, de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, recibieron mensajes como “No se descuiden porke pronto tendran notisias desagradadbles” [sic]. Otros anónimos acusaban a Nuestras Hijas de “sacar provecho del estreno de la película” y amenazaban con “investigarlas” y hasta “encerrarlas en prisión”. La asociación promovió el estreno pues la cinta le daría visibilidad a una situación cada vez más aberrante.
En Huesos en el desierto (Anagrama, 2002) Sergio González Rodríguez describe una trama pesadillesca en la que medran asesinos seriales, pandilleros, dueños de antros, narcotraficantes y policías que actúan al amparo de una “mafia supranacional” que ha pervertido al Estado de derecho en esa y otras ciudades. Por ello no son extrañas las declaraciones de Francisco Barrio, gobernador panista de Chihuahua (1992 a 1998), quien acusaba a las jóvenes de llevar una doble vida, vestir provocativamente y, en suma, de ser culpables de su propia tragedia. Suly Ponce, fiscal para la Investigación de esos homicidios durante los primeros años del gobierno priista de Patricio Martínez (1998 a 2004), incineró evidencias —“ropas y cosas de ésas”—, además de repetir a la prensa que los criminales ya estaban en la cárcel, pero hay quienes la vieron reír a carcajadas mientras presenciaba el levantamiento del cadáver polvoso de una muchacha. El 1º de marzo de 2002 Ponce renunció a la Coordinación de Ministerios Públicos en la Zona Norte de Chihuahua acusada de tener nexos con el narcotráfico.
Hoy, en el Día Internacional de las Mujeres, habrá miles de muecas burlonas de hombres que las desprecian, humillan, maltratan y hasta las asesinan con perfecta impunidad. En medio de la guerra contra el narcotráfico, a muy pocos le importan las víctimas de esa ferocidad inaudita contra jóvenes mujeres.
Notas tristes

Fidel Elizalde, Genaro Chavarría, Antonio Valles, Guadalupe Salazar. Foto: Lauro Jaramillo / Milenio Diario.
Cuando mi padre murió fui a su casa en Torreón y tomé, de entre sus modestas pertenencias, un pequeño búho de yeso, algunos libros gastados y un casete que se llama Música de La Laguna. La canción cardenche, que editó el INAH en 1990. Nunca había escuchado ese antiguo género que aún cantan a capella un puñado de ancianos en los ejidos de La Flor de Jimulco y Sapioriz, cerca de Lerdo. Con la muerte de Antonio Valles, Genaro Chavarría y Guadalupe Salazar —entre unos pocos más— se apagarán también decenas de esas bellísimas melodías de amor a la mujer, a Dios y aun a los fieles difuntos, aunque también las hay pícaras y de doble sentido. “Ahora nos tiran de locos”, dijo don Lupe, “no les gusta oír eso ya, la música que está entrando está quitando todo lo antiguo”. La canción cardenche —nombre tomado de un espinosa cactácea del desierto— consta de tres o cuatro voces cansadas que se distribuyen de acuerdo con la tesitura del cantante: la grave es el fundamental, también conocida como la marrana o el arrastre; la segunda o intermedia es la que lleva la melodía, y a la más aguda se le llama contralta, arrequinte o requinto. Suele haber en medio de algunas de estas piezas largos silencios que acentúan la emotividad.
Cuando volví a casa puse el casete. Apenas unos segundos después esos dulcísimos lamentos bucólicos y esas letras ingenuas, arcaicas, me habían provocado un copioso llanto que duró toda la tarde. No lo he puesto más de tres veces porque en un instante las lágrimas escapan tan abundantes como un sorpresivo chubasco en aquellas áridas tierras.
Hace unos días Luis González de Alba me envió un escueto mensaje que decía: “¿Ya habías visto esta maravilla? No logro dejar de llorar...” A esa frase seguía el link en YouTube que lleva a la hermosa canción “Stand by me” (B.E. King, J. Leiber y M. Stoller, 1961), de la cual las más famosas interpretaciones son las que hicieron Cassius Clay en 1966 y John Lennon casi diez años después, en 1975. Esta nueva versión, que es parte de Playing for Change: Song Around the World (playingforchange.com), “un movimiento multimedia creado para inspirar, conectar y ofrecer paz al mundo por medio de la música”, es cantada y ejecutada por jóvenes y viejos músicos callejeros, desconocidos, vernáculos, clásicos, blueseros, jazzistas y rastas de las más distantes ciudades y pueblos del mundo, filmada y editada de manera que parece que todos ellos la cantan simultáneamente en Santa Mónica, Ámsterdam, Zuni (Nuevo México), Tolosa, Río de Janeiro, Moscú, Nueva Orleáns, Caracas, El Congo, Barcelona, Umlazi, Guguletu y Mamelodi (Sudáfrica) y Pisa.
“¿Por qué lloraste tanto?”, le pregunté a Luis. Me respondió que la canción le gusta y hacía años que no la escuchaba, y que al ver a todos esos músicos tan expresivos y reflexionar sobre la intención y la tecnología que hizo posible ese coro mundial las lágrimas brotaron de manera irresistible.
Las canciones nos hacen sentir alegres, tristes o tranquilos porque las asociamos con recuerdos o experiencias, pero hay piezas musicales que son tristes en sí, como las que están compuestas en tonos menores, las cuales probablemente estimulan o detonan algo en planos subliminales. Puede ser la “Rapsodia de un tema de Paganini” de Rachmaninoff o una simplona balada comercial. “Un amigo mío”, dice Luis, “me dijo que las canciones griegas, aun sin entender la letra, le causan una profunda melancolía”. Me gustaría saber con qué música lloraba mi padre.
El cineasta y el mito

Steven Soderbergh quiso “humanizar” a un semidiós contemporáneo en su película El Ché, lográndolo sólo en parte. En una conferencia de prensa en Nueva York el cineasta confiesa: “Yo desconocía muchos detalles de la revolución cubana, no sabía nada de los demás grupos que peleaban contra el régimen de Batista [...] Me interesó mucho descubrir que [el Ché] era un hombre intransigente, cuadrado, tremendamente rígido y obstinado. Hablando con un doctor que lo conoció, me comentó que había que quererlo mucho para poderlo soportar, era muy estricto con la disciplina, no había situación en la que hiciera a un lado por un momento la ideología, ni siquiera en sus relaciones personales cotidianas. [...] pero en su papel de líder, de comandante, se transformaba en un hombre duro, severo y sin humor [Naief Yehya, “Cuatro horas y media del Ché Guevara”, Terra Magazine, 1-12-08]. Como tantos extranjeros del Primer Mundo que se fascinan con las turbulencias revolucionarias de la América Latina, Soderbergh también peca de ingenuo a pesar de reconocer que “no hay ni siquiera un lugar para mí ni para la gente como yo en la sociedad que el Ché estaba tratando de construir. Yo creo que hubiera odiado ese mundo, pero puedo admirarlo como uno de los líderes políticos más interesantes del siglo pasado. Y creo que sus ideas siguen siendo fascinantes aún hoy”. Ya Pablo Neruda y Julio Cortázar habían confesado que jamás vivirían en ese país al que tan apasionadamente defendían. Es cierto, apenas triunfó la revolución de los barbudos empezaron las detenciones, los fusilamientos y uno de los exilios más tumultuosos de la historia, si se tiene en cuenta el tamaño de la isla. Una isla que, a pesar de la corrupta dictadura de Batista, alcanzaba los más altos índices de alfabetismo, salud y alimentación, era “número uno en América Latina y quinta en el mundo en receptores de televisión per cápita” y además “tenía 58 periódicos de diferentes matices políticos y era la octava nación del mundo en cantidad de radioemisoras” [UN Statistical Yearbook 1957, pp. 600-602; UN Statistical Yearbook 2000, pp. 76-82]. Batista fue derrotado por un régimen aún más feroz que canceló la libertad y destruyó la economía, debido al ineficiente sistema agrario colectivo y a la creciente dependencia de la ex URSS (y no al embargo, como creen quienes van y vienen por Cuba).
¿Cuáles son las ideas que Soderbergh encuentra fascinantes? Lo más probable es que no haya leído El diario del Che en Bolivia (México: Siglo XXI, 1968) ni, por ejemplo, este apunte de sus Notas de Viaje (La Habana, 1962): “Aullando como poseído, asaltaré barricadas o trincheras [...] Teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos [...] ya siento mis narices dilatadas, saboreando el acre olor de pólvora y de sangre, de muerte enemiga”. A sangre fría, el Ché fusiló cristianos y disidentes en la cárcel de La Cabaña en nombre del Hombre Nuevo —el cual, por cierto, se negó a nacer en la Cuba de Castro. El Estado socialista ha sido un fracaso estruendoso por culpa de la ineptitud de funcionarios como el propio Ernesto Guevara, autonombrado ministro de Economía, que en esa ciencia era un completo ignorante [véase Guillermo Cabrera Infante, Mea Cuba, Barcelona: Plaza y Janés, 1992]. Asmático, homofóbico, intolerante, Guevara fue un fiero místico que murió por sus ideales, los que se materializaron en una asfixiante sociedad totalitaria y casi aislada del mundo.
Maradona por Kusturica

¿Por qué no hacer un documental que sea un homenaje a Diego Armando Maradona y de paso uno a mí mismo, a mi obra? Quizá esto pensó el falsamente modesto director Emir Kusturica al concebir la película que “consagraría” al mejor jugador de futbol de todos los tiempos y, además, mostraría al mundo la entrañable amistad que los une. Personaje excesivo y un tanto naïf, que transita de la soberbia a la nobleza y sobrevivió a la cocaína, Maradona cuenta al protagónico Kusturica sus orígenes humildes, su ascenso a la gloria y su descenso a los infiernos, mientras el director intercala los fantásticos goles del Número 10 del Boca Juniors y del Nápoles entre desangeladas animaciones en las que éste se mofa de los capitostes del imperialismo yanqui y británico: Reagan, Bush padre, Margaret Thatcher, Tony Blair, Bush junior. Kusturica también aprovecha su documental para sugerir forzados paralelismos entre su obra y la vida del futbolista convertido en dios pagano en cuyo nombre se ofician matrimonios y misas con rock y chicas en hot pants.
Maradona apunta a Estados Unidos como el casi único causante de los males de Latinoamérica, incluyendo la drogadicción: “Los norteamericanos controlan el tráfico de drogas hacia Estados Unidos”, advierte, exculpando a narcotraficantes bolivianos, colombianos, mexicanos, y descargando así un poco su propia culpa por su devastadora adicción —no delata, por supuesto, al dealer argentino que seguramente le vendió coca por primera vez.
Maradona detesta también a los ingleses por la invasión a las Malvinas en 1982, pero se olvida —al igual que Kusturica— de mencionar a los generales argentinos —Videla, Viola, Galtieri— que provocaron esa guerra para exaltar el patriotismo y elevar los bonos de una dictadura cruel, inepta y gastada, y que sin mayores escrúpulos enviaron a jóvenes soldados a combatir un ejército poderoso y mejor preparado. El olímpico gol que le metió a los ingleses en el Mundial de 1986 en México habría significado la ansiada venganza.
Maradona se curó de su adicción en Cuba y no escatima elogios para Fidel Castro ni para el mitificado Ché Guevara. Una admiración irracional que al parecer también comparte Kusturica —quien, extrañamente, no ha aprendido a hablar español—, a pesar de haber vivido él mismo bajo la dictadura comunista en la antigua y desgajada Yugoslavia, experiencias que ha reflejado y denunciado en películas como Cuando papá sale de viaje y Underground. En una polémica en 1995 con el filósofo francés Alan Finkielkraut, que lo criticó a él y a su película Underground aun sin haberla visto, Kusturica reconoce que vivió “casi toda su vida en un régimen que hizo un arte de la denuncia y la manipulación” (véase la discusión en www.kustu.com/w2/en:polemics). Desconcierta, por ello, la celebración del totalitarismo encarnado en el senil Fidel Castro y la inclusión gozosa de una escena en un atiborrado estadio bonaerense en la que el precoz e histriónico aprendiz de dictador Hugo Chávez despotrica contra la gira en 2007 de Bush Jr. a países de América Latina, invitando a un sonriente y emocionado Maradona a dirigir unas palabras a veinte mil eufóricos partidarios del “socialismo del siglo XXI”.
Maradona por Kusturica actualiza el viejo discurso que a la barbarie guerrera de Thatcher y los Bush opone la falsa dignidad y la ineficacia del socialismo castro-chavista. Un documental al que le sobran muchas de sus partes, menos los prodigiosos goles de Maradona.
Defensa o simulación

La estación Viveros del Metro se llamará desde ahora Viveros / Derechos Humanos, y la flamante sede de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal estará conectada a esa estación por un túnel cuyo costo será de 90 millones de pesos. En ese pasadizo el presidente de la CDHDF, Emilio Álvarez Icaza, fundará el Museo de los Derechos Humanos, seguramente con fotografías y recuerdos de Digna Ochoa y acaso de los nueve jóvenes muertos por la policía capitalina en el operativo criminal de mayo de 2008 en la discoteca New’s Divine.
Se trata de un premio al ombudsman capitalino por haber salvado la carrera política de Marcelo Ebrard cuando presentó el informe que exculpaba a éste de los trágicos y vergonzosos hechos de la discoteca. Atribuyendo “responsabilidad ética” al secretario de Seguridad y al procurador de Justicia le permitió al jefe de Gobierno restituir la moralidad de su autoridad al despedirlos (es decir, al haber “aceptado su renuncia”). El informe de Álvarez Icaza sobre los crímenes y las detenciones arbitrarias en la New’s Divine poco o nada aportó a lo que ya habían difundido los medios, pero en cambio sí lo hizo a sus respectivas aspiraciones: una a la presidencia de la República y otra a la de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
Álvarez Icaza ya conocía las cotidianas violaciones a derechos humanos de Marcelo Ebrard, cuando era secretario de Seguridad Pública, como una política pública instituida por él: de acuerdo con la CDHDF, la SSP ha sido la institución con mayor número de quejas ante ese organismo. La Recomendación 6/2004, por ejemplo, documenta que las redadas que llevaban a cabo los “Grupos Operativos Especiales” cometían todos los abusos que vimos en el New’s Divine cuatro años después. En el caso de esta recomendación, los “operativos” se efectuaron en casas habitación y la Comisión las calificó como “ejercicio indebido del servicio público, lesiones, abuso sexual, allanamiento de morada, robo, amenazas, detención arbitraria y falsa acusación”, de lo que se presentaron 79 quejas por muchas más personas agraviadas. ¿Alguien recuerda la presentación a la prensa de esta Recomendación que Ebrard no aceptó cumplir cabalmente y que aún hoy sigue “sujeta a seguimiento”? Lo que no aceptó Ebrard se refiere a “que la Secretaría de Seguridad Pública se abstenga de implementar las Recomendaciones número 32 y 49 propuestas por el Grupo Giuliani Partners, si no existe soporte legal” (véase www.cdhdf.org.mx), que son exactamente las que dan ocasión a redadas como la del New’s Divine.
Otro caso de negligencia criminal fue el de los linchamientos de policías en Tláhuac en noviembre de 2004, a donde Marcelo Ebrard nunca envió más policías a rescatarlos aduciendo dificultades por “la orografía” de esa delegación. Furioso, Ebrard le dio un puñetazo en el rostro a un albañil que le reclamó que cómo pretendía ser jefe de Gobierno “si como secretario de Seguridad Pública dejó morir a dos personas en Tláhuac” [Raymundo Sánchez, “Puñetazo de Ebrard a joven que le recordó caso Tláhuac”, La Crónica de Hoy, 19-12-2005]. Entonces Ebrard era candidato y no le competía a la CDHDF pronunciarse al respecto, pero no hubo ninguna recomendación al GDF ni a la SSP por la negligencia de Ebrard en esos linchamientos. No hubo mamparas escenográficas con nombres y edades de víctimas ni informes ampulosos ante los medios. Ni el “nunca más”. Eso se llama simulación, no defensa.
vean, a prooósito, este video en YouTube: Protestas contra Álvarez Icaza, Ebrard y Mancera en la ONU (Ginebra, Suiza)
Vasconcelos

En los textos que José Vasconcelos (1882-1959) escribió para la revista Timón —de los cuales varios pueden leerse en la exposición Cantos cívicos, de Miguel Ventura, en el Museo Universitario de Arte y Ciencia— campea el espíritu abiertamente nazi de un intelectual al que se ha glorificado en demasía. Un pensador que se tragó completos los mitos de la Atlántida y de la conspiración mundial de los “judeomasones”, y al que su visceral anticomunismo llevó a prologar el célebre libelo Derrota mundial, de Salvador Borrego, y a cantar la excelencia de Los [apócrifos] protocolos de los sabios de Sión. Vasconcelos, cuyo nombre adorna la biblioteca pública más grande y desairada del país, es también autor del desfasado lema de la Universidad Nacional Autónoma de México: “Por mi raza hablará el espíritu”, el cual compuso al ser nombrado rector de esa casa de estudios en 1920.
Dirigida por Vasconcelos, el “Maestro de la juventud latinoamericana”, de Timón se publicaron en 1940 diecisiete números financiados por el agregado de prensa de la embajada alemana en México, Arthur Dietrich, para divulgar la ideología nacionalsocialista. En sus páginas colaboraron conocidos periodistas de derecha, como Francisco Struck —que escribió en el no. 16 párrafos como éste: “Hitler es la escoba de Dios que está barriendo de la superficie de la Tierra todo lo malo que se había acumulado durante siglos”—, pero también artistas e intelectuales prestigiados como el Dr. Atl y Andrés Henestrosa.
En “formato tabloide, portada a colores, 48 páginas impresas en offset que utilizaban al menos tres familias tipográficas diferentes y ocho planas enteras de publicidad”, cuenta Héctor Orestes Aguilar en “Ese olvidado nazi mexicano de nombre José Vasconcelos” (Istor, no. 30, otoño de 2007), entre artículos de cine hollywoodense y alemán, filatelia, ópera, ciencia y tecnología alemana, fragmentos de novelas clásicas, arte, salud, deportes, consejos familiares y cartones sobre la guerra, en el semanario Timón se publicaban diatribas contra las potencias aliadas y el poderío mundial del dinero judío, así como propaganda nazi salida directamente de la oficina de Goebbels: el avance de Alemania en todos los frentes y la inminente victoria del III Reich. “Tres días después de la entrada de la Wehrmacht en París, el 15 de junio de 1940”, escribe Orestes, “Timón fue confiscada para siempre por la Secretaría de Gobernación”.
El crítico literario Itzhak Bar-Lewaw cree que Vasconcelos estaba seguro del triunfo nazi y que por ello México y América Latina debían estar preparados para secundar con regímenes nacionalistas el nuevo orden mundial, construido sobre las ruinas de las “falsas democracias occidentales” [“La revista Timón y la colaboración nazi de José Vasconcelos”, Actas del IV Congreso Internacional de Hispanistas, vol. 1, 1982]. Vasconcelos aspiraba de nuevo a la presidencia, pues, distanciado del régimen, ya había intentado llegar a ella en 1929 como candidato del Partido Nacional Antirreeleccionista, pero fue derrotado por Pascual Ortiz Rubio, del oficialista Partido Nacional Revolucionario. Vasconcelos denunció un fraude electoral y proclamó el Plan de Guaymas, llamando sin éxito a un levantamiento armado. Fue encarcelado y se proclamó “única autoridad legítima”. Años más tarde serviría al III Reich, el cual, afirmaba Hitler, duraría un milenio, pero fue aplastado tras doce intensos años de odio y violencia. Al parecer, Vasconcelos nunca volvió a hablar de eso.
El escritor sin patria

Panaït Istrati (Braíla, 1884-Bucarest, 1935) fue hijo de una miserable campesina rumana y un contrabandista griego al que no conoció. Romain Rolland se refirió a él como “el Gorki de los Balcanes”. En su libro Con la literatura en el cuerpo Alberto Ruy Sánchez esboza una biografía de Istrati entre otros escritores abrumados por la melancolía, pero también imbuido de un fuerte espíritu revolucionario.
“No se imaginan hasta qué punto fui el verdadero rebelde de mi siglo; el hombre que aun niño adivinaba instintivamente el crimen de la obediencia a la mentalidad tradicional: aquel de la familia, la sociedad y, además, aquel del ideal al rebaño”, escribió Istrati en sus textos autobiográficos. A los doce años huyó de la casa materna: “Me rehusé a ser esclavo de una profesión y practiqué mal una docena”, y sigue narrando: “Después me declaré, un poco a pesar mío, impropio para el servicio militar, y cuando de todas formas fui acuartelado hice todas las locuras, aun contra mi salud, para conseguir que al cabo de un mes fuera eximido de hacerlo. Me escapé de dos guerras, huyendo de mi rebaño nacional, que balaba a coro con sus amos. Rehusé fundar una familia, jamás he querido ser miembro de un partido o de una sociedad o de una organización profesional”.
Istrati deambuló y trabajó casi treinta años por buena parte de Europa, el Medio Oriente y Argelia, instalándose un temporada en Niza, acosado por una insidiosa depresión que lo orilló un par de veces al suicidio. Mientras se debatía entre la vida y la muerte, el director del hospital donde se le cuidaba le envió al influyente novelista Romain Rolland una carta que Istrati le había escrito y que guardaba en su vieja maleta. Impresionado, Rolland promovió la publicación de la primera obra en francés del escritor, Kyra Kyralina, de 1924, a la que pronto siguieron varias más, como Codine, Años oscuros y Mijail, partes todas ellas de La vida de Adrián Zograffi, alter ego del propio Istrati. Rolland escribió en el prólogo de aquella primera novela: “La leí y me sentí conmovido ante la aparición de un genio. Un viento devorador que barría las estepas. El reconocimiento de un nuevo Gorki de los Balcanes. Este genio del relato es tan exigente, que la víspera de su intento de suicidio interrumpió dos veces sus quejas desesperadas para escribir alegres episodios de su vida anterior”.
Su amigo Christian Rakovsky, cercano a Trosky, y con quien había participado en Rumania en luchas sindicales, lo invitó a festejar en Moscú el décimo aniversario de la joven Unión Soviética, la que recorrió entre 1927 y 1928. No tardaría mucho en acabar decepcionado por la atosigante burocracia, los excesos de Stalin y la domesticación de los escritores rusos, lo que denunciaría allí mismo ante el enojo y las amenazas de los funcionarios. Esas experiencias las recogería, con Víctor Serge, en Hacia otra llama, publicada en París en 1929. La elite intelectual francesa, tan sofisticada como izquierdista, recibió con desagrado esta nueva obra, quizá una de las razones por las que, enfermo, decidió volver a Rumania. Paradójicamente, la derecha fascista aclamó a Istrati como héroe nacional, lo que desconcertó enormemente al escritor pues incluso entre los círculos libertarios corrió el rumor de que se había vuelto uno de ellos. En 1933 publicaría una novela más, La casa de Turingia. Calumniado, abatido y con unos pocos amigos, Panaït Istrati murió en Bucarest después de una vida intensa como pocas.
Aprovecho para colgar los últimos artículos que he publicado en Milenio Semanal.
Los asesinos salvajes

Nuestras Hijas de Regreso a Casa (www.mujeresdejuarez.org) es un sitio creado por familiares y amigos de jóvenes sacrificadas que advierte que “Los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, Chihuahua, continúan. El clima de violencia e impunidad sigue creciendo sin que hasta el momento se hayan tomado acciones concretas para terminar con este feminicidio”. Por ello será imposible que una sola policía resuelva el intrincado caso de los cientos de crímenes contra jovencitas en un entorno de corrupción, complicidad con mafias criminales, ineptitud, desinterés y omisión de las autoridades y un violento machismo sancionado por la educación familiar. Un escenario que no es exclusivo de esa ciudad fronteriza sino de todo el país y, como anotan las cifras al final de Backyard, el traspatio (Carlos Carrera, 2009), de otras naciones del tercer y hasta del primer mundo. Lo más que podrá hacer la agente encarnada en Ana de la Reguera será ajusticiar a balazos a uno de tantos secuestradores a punto de cometer la enésima agresión a una colegiala a la que ha forzado a subir a su auto. Esquemática y ajustada a las convenciones del drama cinematográfico comercial, esta película se suma a una lista no muy extensa de documentales y obras de ficción basados en esos crímenes, que empezaron a registrarse oficialmente desde 1993, además de informes como el de Amnistía Internacional (11 de agosto de 2003), piezas de teatro, libros de investigación, poemas y hasta canciones como “Juárez”, de Tori Amos, y “Las mujeres de Juárez”, de Los Tigres del Norte.
Cuando en mayo de 2008 se estrenó Bordertown / Ciudad de silencio (Gregory Nava, 2007) Marisela Ortiz y Marilú Andrade, de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, recibieron mensajes como “No se descuiden porke pronto tendran notisias desagradadbles” [sic]. Otros anónimos acusaban a Nuestras Hijas de “sacar provecho del estreno de la película” y amenazaban con “investigarlas” y hasta “encerrarlas en prisión”. La asociación promovió el estreno pues la cinta le daría visibilidad a una situación cada vez más aberrante.
En Huesos en el desierto (Anagrama, 2002) Sergio González Rodríguez describe una trama pesadillesca en la que medran asesinos seriales, pandilleros, dueños de antros, narcotraficantes y policías que actúan al amparo de una “mafia supranacional” que ha pervertido al Estado de derecho en esa y otras ciudades. Por ello no son extrañas las declaraciones de Francisco Barrio, gobernador panista de Chihuahua (1992 a 1998), quien acusaba a las jóvenes de llevar una doble vida, vestir provocativamente y, en suma, de ser culpables de su propia tragedia. Suly Ponce, fiscal para la Investigación de esos homicidios durante los primeros años del gobierno priista de Patricio Martínez (1998 a 2004), incineró evidencias —“ropas y cosas de ésas”—, además de repetir a la prensa que los criminales ya estaban en la cárcel, pero hay quienes la vieron reír a carcajadas mientras presenciaba el levantamiento del cadáver polvoso de una muchacha. El 1º de marzo de 2002 Ponce renunció a la Coordinación de Ministerios Públicos en la Zona Norte de Chihuahua acusada de tener nexos con el narcotráfico.
Hoy, en el Día Internacional de las Mujeres, habrá miles de muecas burlonas de hombres que las desprecian, humillan, maltratan y hasta las asesinan con perfecta impunidad. En medio de la guerra contra el narcotráfico, a muy pocos le importan las víctimas de esa ferocidad inaudita contra jóvenes mujeres.
Notas tristes
Fidel Elizalde, Genaro Chavarría, Antonio Valles, Guadalupe Salazar. Foto: Lauro Jaramillo / Milenio Diario.
Cuando mi padre murió fui a su casa en Torreón y tomé, de entre sus modestas pertenencias, un pequeño búho de yeso, algunos libros gastados y un casete que se llama Música de La Laguna. La canción cardenche, que editó el INAH en 1990. Nunca había escuchado ese antiguo género que aún cantan a capella un puñado de ancianos en los ejidos de La Flor de Jimulco y Sapioriz, cerca de Lerdo. Con la muerte de Antonio Valles, Genaro Chavarría y Guadalupe Salazar —entre unos pocos más— se apagarán también decenas de esas bellísimas melodías de amor a la mujer, a Dios y aun a los fieles difuntos, aunque también las hay pícaras y de doble sentido. “Ahora nos tiran de locos”, dijo don Lupe, “no les gusta oír eso ya, la música que está entrando está quitando todo lo antiguo”. La canción cardenche —nombre tomado de un espinosa cactácea del desierto— consta de tres o cuatro voces cansadas que se distribuyen de acuerdo con la tesitura del cantante: la grave es el fundamental, también conocida como la marrana o el arrastre; la segunda o intermedia es la que lleva la melodía, y a la más aguda se le llama contralta, arrequinte o requinto. Suele haber en medio de algunas de estas piezas largos silencios que acentúan la emotividad.
Cuando volví a casa puse el casete. Apenas unos segundos después esos dulcísimos lamentos bucólicos y esas letras ingenuas, arcaicas, me habían provocado un copioso llanto que duró toda la tarde. No lo he puesto más de tres veces porque en un instante las lágrimas escapan tan abundantes como un sorpresivo chubasco en aquellas áridas tierras.
Hace unos días Luis González de Alba me envió un escueto mensaje que decía: “¿Ya habías visto esta maravilla? No logro dejar de llorar...” A esa frase seguía el link en YouTube que lleva a la hermosa canción “Stand by me” (B.E. King, J. Leiber y M. Stoller, 1961), de la cual las más famosas interpretaciones son las que hicieron Cassius Clay en 1966 y John Lennon casi diez años después, en 1975. Esta nueva versión, que es parte de Playing for Change: Song Around the World (playingforchange.com), “un movimiento multimedia creado para inspirar, conectar y ofrecer paz al mundo por medio de la música”, es cantada y ejecutada por jóvenes y viejos músicos callejeros, desconocidos, vernáculos, clásicos, blueseros, jazzistas y rastas de las más distantes ciudades y pueblos del mundo, filmada y editada de manera que parece que todos ellos la cantan simultáneamente en Santa Mónica, Ámsterdam, Zuni (Nuevo México), Tolosa, Río de Janeiro, Moscú, Nueva Orleáns, Caracas, El Congo, Barcelona, Umlazi, Guguletu y Mamelodi (Sudáfrica) y Pisa.
“¿Por qué lloraste tanto?”, le pregunté a Luis. Me respondió que la canción le gusta y hacía años que no la escuchaba, y que al ver a todos esos músicos tan expresivos y reflexionar sobre la intención y la tecnología que hizo posible ese coro mundial las lágrimas brotaron de manera irresistible.
Las canciones nos hacen sentir alegres, tristes o tranquilos porque las asociamos con recuerdos o experiencias, pero hay piezas musicales que son tristes en sí, como las que están compuestas en tonos menores, las cuales probablemente estimulan o detonan algo en planos subliminales. Puede ser la “Rapsodia de un tema de Paganini” de Rachmaninoff o una simplona balada comercial. “Un amigo mío”, dice Luis, “me dijo que las canciones griegas, aun sin entender la letra, le causan una profunda melancolía”. Me gustaría saber con qué música lloraba mi padre.
El cineasta y el mito

Steven Soderbergh quiso “humanizar” a un semidiós contemporáneo en su película El Ché, lográndolo sólo en parte. En una conferencia de prensa en Nueva York el cineasta confiesa: “Yo desconocía muchos detalles de la revolución cubana, no sabía nada de los demás grupos que peleaban contra el régimen de Batista [...] Me interesó mucho descubrir que [el Ché] era un hombre intransigente, cuadrado, tremendamente rígido y obstinado. Hablando con un doctor que lo conoció, me comentó que había que quererlo mucho para poderlo soportar, era muy estricto con la disciplina, no había situación en la que hiciera a un lado por un momento la ideología, ni siquiera en sus relaciones personales cotidianas. [...] pero en su papel de líder, de comandante, se transformaba en un hombre duro, severo y sin humor [Naief Yehya, “Cuatro horas y media del Ché Guevara”, Terra Magazine, 1-12-08]. Como tantos extranjeros del Primer Mundo que se fascinan con las turbulencias revolucionarias de la América Latina, Soderbergh también peca de ingenuo a pesar de reconocer que “no hay ni siquiera un lugar para mí ni para la gente como yo en la sociedad que el Ché estaba tratando de construir. Yo creo que hubiera odiado ese mundo, pero puedo admirarlo como uno de los líderes políticos más interesantes del siglo pasado. Y creo que sus ideas siguen siendo fascinantes aún hoy”. Ya Pablo Neruda y Julio Cortázar habían confesado que jamás vivirían en ese país al que tan apasionadamente defendían. Es cierto, apenas triunfó la revolución de los barbudos empezaron las detenciones, los fusilamientos y uno de los exilios más tumultuosos de la historia, si se tiene en cuenta el tamaño de la isla. Una isla que, a pesar de la corrupta dictadura de Batista, alcanzaba los más altos índices de alfabetismo, salud y alimentación, era “número uno en América Latina y quinta en el mundo en receptores de televisión per cápita” y además “tenía 58 periódicos de diferentes matices políticos y era la octava nación del mundo en cantidad de radioemisoras” [UN Statistical Yearbook 1957, pp. 600-602; UN Statistical Yearbook 2000, pp. 76-82]. Batista fue derrotado por un régimen aún más feroz que canceló la libertad y destruyó la economía, debido al ineficiente sistema agrario colectivo y a la creciente dependencia de la ex URSS (y no al embargo, como creen quienes van y vienen por Cuba).
¿Cuáles son las ideas que Soderbergh encuentra fascinantes? Lo más probable es que no haya leído El diario del Che en Bolivia (México: Siglo XXI, 1968) ni, por ejemplo, este apunte de sus Notas de Viaje (La Habana, 1962): “Aullando como poseído, asaltaré barricadas o trincheras [...] Teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos [...] ya siento mis narices dilatadas, saboreando el acre olor de pólvora y de sangre, de muerte enemiga”. A sangre fría, el Ché fusiló cristianos y disidentes en la cárcel de La Cabaña en nombre del Hombre Nuevo —el cual, por cierto, se negó a nacer en la Cuba de Castro. El Estado socialista ha sido un fracaso estruendoso por culpa de la ineptitud de funcionarios como el propio Ernesto Guevara, autonombrado ministro de Economía, que en esa ciencia era un completo ignorante [véase Guillermo Cabrera Infante, Mea Cuba, Barcelona: Plaza y Janés, 1992]. Asmático, homofóbico, intolerante, Guevara fue un fiero místico que murió por sus ideales, los que se materializaron en una asfixiante sociedad totalitaria y casi aislada del mundo.
Maradona por Kusturica

¿Por qué no hacer un documental que sea un homenaje a Diego Armando Maradona y de paso uno a mí mismo, a mi obra? Quizá esto pensó el falsamente modesto director Emir Kusturica al concebir la película que “consagraría” al mejor jugador de futbol de todos los tiempos y, además, mostraría al mundo la entrañable amistad que los une. Personaje excesivo y un tanto naïf, que transita de la soberbia a la nobleza y sobrevivió a la cocaína, Maradona cuenta al protagónico Kusturica sus orígenes humildes, su ascenso a la gloria y su descenso a los infiernos, mientras el director intercala los fantásticos goles del Número 10 del Boca Juniors y del Nápoles entre desangeladas animaciones en las que éste se mofa de los capitostes del imperialismo yanqui y británico: Reagan, Bush padre, Margaret Thatcher, Tony Blair, Bush junior. Kusturica también aprovecha su documental para sugerir forzados paralelismos entre su obra y la vida del futbolista convertido en dios pagano en cuyo nombre se ofician matrimonios y misas con rock y chicas en hot pants.
Maradona apunta a Estados Unidos como el casi único causante de los males de Latinoamérica, incluyendo la drogadicción: “Los norteamericanos controlan el tráfico de drogas hacia Estados Unidos”, advierte, exculpando a narcotraficantes bolivianos, colombianos, mexicanos, y descargando así un poco su propia culpa por su devastadora adicción —no delata, por supuesto, al dealer argentino que seguramente le vendió coca por primera vez.
Maradona detesta también a los ingleses por la invasión a las Malvinas en 1982, pero se olvida —al igual que Kusturica— de mencionar a los generales argentinos —Videla, Viola, Galtieri— que provocaron esa guerra para exaltar el patriotismo y elevar los bonos de una dictadura cruel, inepta y gastada, y que sin mayores escrúpulos enviaron a jóvenes soldados a combatir un ejército poderoso y mejor preparado. El olímpico gol que le metió a los ingleses en el Mundial de 1986 en México habría significado la ansiada venganza.
Maradona se curó de su adicción en Cuba y no escatima elogios para Fidel Castro ni para el mitificado Ché Guevara. Una admiración irracional que al parecer también comparte Kusturica —quien, extrañamente, no ha aprendido a hablar español—, a pesar de haber vivido él mismo bajo la dictadura comunista en la antigua y desgajada Yugoslavia, experiencias que ha reflejado y denunciado en películas como Cuando papá sale de viaje y Underground. En una polémica en 1995 con el filósofo francés Alan Finkielkraut, que lo criticó a él y a su película Underground aun sin haberla visto, Kusturica reconoce que vivió “casi toda su vida en un régimen que hizo un arte de la denuncia y la manipulación” (véase la discusión en www.kustu.com/w2/en:polemics). Desconcierta, por ello, la celebración del totalitarismo encarnado en el senil Fidel Castro y la inclusión gozosa de una escena en un atiborrado estadio bonaerense en la que el precoz e histriónico aprendiz de dictador Hugo Chávez despotrica contra la gira en 2007 de Bush Jr. a países de América Latina, invitando a un sonriente y emocionado Maradona a dirigir unas palabras a veinte mil eufóricos partidarios del “socialismo del siglo XXI”.
Maradona por Kusturica actualiza el viejo discurso que a la barbarie guerrera de Thatcher y los Bush opone la falsa dignidad y la ineficacia del socialismo castro-chavista. Un documental al que le sobran muchas de sus partes, menos los prodigiosos goles de Maradona.
Defensa o simulación

La estación Viveros del Metro se llamará desde ahora Viveros / Derechos Humanos, y la flamante sede de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal estará conectada a esa estación por un túnel cuyo costo será de 90 millones de pesos. En ese pasadizo el presidente de la CDHDF, Emilio Álvarez Icaza, fundará el Museo de los Derechos Humanos, seguramente con fotografías y recuerdos de Digna Ochoa y acaso de los nueve jóvenes muertos por la policía capitalina en el operativo criminal de mayo de 2008 en la discoteca New’s Divine.
Se trata de un premio al ombudsman capitalino por haber salvado la carrera política de Marcelo Ebrard cuando presentó el informe que exculpaba a éste de los trágicos y vergonzosos hechos de la discoteca. Atribuyendo “responsabilidad ética” al secretario de Seguridad y al procurador de Justicia le permitió al jefe de Gobierno restituir la moralidad de su autoridad al despedirlos (es decir, al haber “aceptado su renuncia”). El informe de Álvarez Icaza sobre los crímenes y las detenciones arbitrarias en la New’s Divine poco o nada aportó a lo que ya habían difundido los medios, pero en cambio sí lo hizo a sus respectivas aspiraciones: una a la presidencia de la República y otra a la de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.
Álvarez Icaza ya conocía las cotidianas violaciones a derechos humanos de Marcelo Ebrard, cuando era secretario de Seguridad Pública, como una política pública instituida por él: de acuerdo con la CDHDF, la SSP ha sido la institución con mayor número de quejas ante ese organismo. La Recomendación 6/2004, por ejemplo, documenta que las redadas que llevaban a cabo los “Grupos Operativos Especiales” cometían todos los abusos que vimos en el New’s Divine cuatro años después. En el caso de esta recomendación, los “operativos” se efectuaron en casas habitación y la Comisión las calificó como “ejercicio indebido del servicio público, lesiones, abuso sexual, allanamiento de morada, robo, amenazas, detención arbitraria y falsa acusación”, de lo que se presentaron 79 quejas por muchas más personas agraviadas. ¿Alguien recuerda la presentación a la prensa de esta Recomendación que Ebrard no aceptó cumplir cabalmente y que aún hoy sigue “sujeta a seguimiento”? Lo que no aceptó Ebrard se refiere a “que la Secretaría de Seguridad Pública se abstenga de implementar las Recomendaciones número 32 y 49 propuestas por el Grupo Giuliani Partners, si no existe soporte legal” (véase www.cdhdf.org.mx), que son exactamente las que dan ocasión a redadas como la del New’s Divine.
Otro caso de negligencia criminal fue el de los linchamientos de policías en Tláhuac en noviembre de 2004, a donde Marcelo Ebrard nunca envió más policías a rescatarlos aduciendo dificultades por “la orografía” de esa delegación. Furioso, Ebrard le dio un puñetazo en el rostro a un albañil que le reclamó que cómo pretendía ser jefe de Gobierno “si como secretario de Seguridad Pública dejó morir a dos personas en Tláhuac” [Raymundo Sánchez, “Puñetazo de Ebrard a joven que le recordó caso Tláhuac”, La Crónica de Hoy, 19-12-2005]. Entonces Ebrard era candidato y no le competía a la CDHDF pronunciarse al respecto, pero no hubo ninguna recomendación al GDF ni a la SSP por la negligencia de Ebrard en esos linchamientos. No hubo mamparas escenográficas con nombres y edades de víctimas ni informes ampulosos ante los medios. Ni el “nunca más”. Eso se llama simulación, no defensa.
vean, a prooósito, este video en YouTube: Protestas contra Álvarez Icaza, Ebrard y Mancera en la ONU (Ginebra, Suiza)
Vasconcelos

En los textos que José Vasconcelos (1882-1959) escribió para la revista Timón —de los cuales varios pueden leerse en la exposición Cantos cívicos, de Miguel Ventura, en el Museo Universitario de Arte y Ciencia— campea el espíritu abiertamente nazi de un intelectual al que se ha glorificado en demasía. Un pensador que se tragó completos los mitos de la Atlántida y de la conspiración mundial de los “judeomasones”, y al que su visceral anticomunismo llevó a prologar el célebre libelo Derrota mundial, de Salvador Borrego, y a cantar la excelencia de Los [apócrifos] protocolos de los sabios de Sión. Vasconcelos, cuyo nombre adorna la biblioteca pública más grande y desairada del país, es también autor del desfasado lema de la Universidad Nacional Autónoma de México: “Por mi raza hablará el espíritu”, el cual compuso al ser nombrado rector de esa casa de estudios en 1920.
Dirigida por Vasconcelos, el “Maestro de la juventud latinoamericana”, de Timón se publicaron en 1940 diecisiete números financiados por el agregado de prensa de la embajada alemana en México, Arthur Dietrich, para divulgar la ideología nacionalsocialista. En sus páginas colaboraron conocidos periodistas de derecha, como Francisco Struck —que escribió en el no. 16 párrafos como éste: “Hitler es la escoba de Dios que está barriendo de la superficie de la Tierra todo lo malo que se había acumulado durante siglos”—, pero también artistas e intelectuales prestigiados como el Dr. Atl y Andrés Henestrosa.
En “formato tabloide, portada a colores, 48 páginas impresas en offset que utilizaban al menos tres familias tipográficas diferentes y ocho planas enteras de publicidad”, cuenta Héctor Orestes Aguilar en “Ese olvidado nazi mexicano de nombre José Vasconcelos” (Istor, no. 30, otoño de 2007), entre artículos de cine hollywoodense y alemán, filatelia, ópera, ciencia y tecnología alemana, fragmentos de novelas clásicas, arte, salud, deportes, consejos familiares y cartones sobre la guerra, en el semanario Timón se publicaban diatribas contra las potencias aliadas y el poderío mundial del dinero judío, así como propaganda nazi salida directamente de la oficina de Goebbels: el avance de Alemania en todos los frentes y la inminente victoria del III Reich. “Tres días después de la entrada de la Wehrmacht en París, el 15 de junio de 1940”, escribe Orestes, “Timón fue confiscada para siempre por la Secretaría de Gobernación”.
El crítico literario Itzhak Bar-Lewaw cree que Vasconcelos estaba seguro del triunfo nazi y que por ello México y América Latina debían estar preparados para secundar con regímenes nacionalistas el nuevo orden mundial, construido sobre las ruinas de las “falsas democracias occidentales” [“La revista Timón y la colaboración nazi de José Vasconcelos”, Actas del IV Congreso Internacional de Hispanistas, vol. 1, 1982]. Vasconcelos aspiraba de nuevo a la presidencia, pues, distanciado del régimen, ya había intentado llegar a ella en 1929 como candidato del Partido Nacional Antirreeleccionista, pero fue derrotado por Pascual Ortiz Rubio, del oficialista Partido Nacional Revolucionario. Vasconcelos denunció un fraude electoral y proclamó el Plan de Guaymas, llamando sin éxito a un levantamiento armado. Fue encarcelado y se proclamó “única autoridad legítima”. Años más tarde serviría al III Reich, el cual, afirmaba Hitler, duraría un milenio, pero fue aplastado tras doce intensos años de odio y violencia. Al parecer, Vasconcelos nunca volvió a hablar de eso.
El escritor sin patria

Panaït Istrati (Braíla, 1884-Bucarest, 1935) fue hijo de una miserable campesina rumana y un contrabandista griego al que no conoció. Romain Rolland se refirió a él como “el Gorki de los Balcanes”. En su libro Con la literatura en el cuerpo Alberto Ruy Sánchez esboza una biografía de Istrati entre otros escritores abrumados por la melancolía, pero también imbuido de un fuerte espíritu revolucionario.
“No se imaginan hasta qué punto fui el verdadero rebelde de mi siglo; el hombre que aun niño adivinaba instintivamente el crimen de la obediencia a la mentalidad tradicional: aquel de la familia, la sociedad y, además, aquel del ideal al rebaño”, escribió Istrati en sus textos autobiográficos. A los doce años huyó de la casa materna: “Me rehusé a ser esclavo de una profesión y practiqué mal una docena”, y sigue narrando: “Después me declaré, un poco a pesar mío, impropio para el servicio militar, y cuando de todas formas fui acuartelado hice todas las locuras, aun contra mi salud, para conseguir que al cabo de un mes fuera eximido de hacerlo. Me escapé de dos guerras, huyendo de mi rebaño nacional, que balaba a coro con sus amos. Rehusé fundar una familia, jamás he querido ser miembro de un partido o de una sociedad o de una organización profesional”.
Istrati deambuló y trabajó casi treinta años por buena parte de Europa, el Medio Oriente y Argelia, instalándose un temporada en Niza, acosado por una insidiosa depresión que lo orilló un par de veces al suicidio. Mientras se debatía entre la vida y la muerte, el director del hospital donde se le cuidaba le envió al influyente novelista Romain Rolland una carta que Istrati le había escrito y que guardaba en su vieja maleta. Impresionado, Rolland promovió la publicación de la primera obra en francés del escritor, Kyra Kyralina, de 1924, a la que pronto siguieron varias más, como Codine, Años oscuros y Mijail, partes todas ellas de La vida de Adrián Zograffi, alter ego del propio Istrati. Rolland escribió en el prólogo de aquella primera novela: “La leí y me sentí conmovido ante la aparición de un genio. Un viento devorador que barría las estepas. El reconocimiento de un nuevo Gorki de los Balcanes. Este genio del relato es tan exigente, que la víspera de su intento de suicidio interrumpió dos veces sus quejas desesperadas para escribir alegres episodios de su vida anterior”.
Su amigo Christian Rakovsky, cercano a Trosky, y con quien había participado en Rumania en luchas sindicales, lo invitó a festejar en Moscú el décimo aniversario de la joven Unión Soviética, la que recorrió entre 1927 y 1928. No tardaría mucho en acabar decepcionado por la atosigante burocracia, los excesos de Stalin y la domesticación de los escritores rusos, lo que denunciaría allí mismo ante el enojo y las amenazas de los funcionarios. Esas experiencias las recogería, con Víctor Serge, en Hacia otra llama, publicada en París en 1929. La elite intelectual francesa, tan sofisticada como izquierdista, recibió con desagrado esta nueva obra, quizá una de las razones por las que, enfermo, decidió volver a Rumania. Paradójicamente, la derecha fascista aclamó a Istrati como héroe nacional, lo que desconcertó enormemente al escritor pues incluso entre los círculos libertarios corrió el rumor de que se había vuelto uno de ellos. En 1933 publicaría una novela más, La casa de Turingia. Calumniado, abatido y con unos pocos amigos, Panaït Istrati murió en Bucarest después de una vida intensa como pocas.
miércoles, marzo 04, 2009
Zona de Obras

El número de invierno 08-09 de esta revista española (www.zonadeobras.com) incluye un apretado dossier dedicado la la cultura en la Ciudad de México, con textos y entrevistas de Mafer Olvera, Joselo, Ernesto Contreras, Manuel Mathar, Guillermo Fadanelli y Ely Guerra. Una selección un tanto desconcertante. También tiene una breve guía de los lugares que hay que visitar y un "Directorio chilango", preparado por Enrique Blanc, en el que caben museos, revistas, autores, películas, antologías, grupos musicales, mercados populares y antros indispensables. La presentación, que reproduzco aquí, es de un servidor.
Retrato de una ciudad
No son pocas las veces que la Ciudad de México ha estado al borde de un colapso catastrófico, como en las espectaculares películas de desastres o ciencia ficción. Nunca se sabrá cuántos miles de personas murieron aplastadas en el terremoto de 1985, ni tampoco cuántas familias quedaron reducidas a carbón por las explosiones de las gaseras del marginal suburbio de San Juanico un año antes. Vigilante impasible, el legendario volcán Popocatépetl (“montaña que humea”) podría hartarse un día y en medio de un furioso estruendo bañar con su lava llameante la urbe inabarcable que se extendió bajo sus faldas como una plaga, como un cáncer. El subsuelo cenagoso podría ceder en cualquier momento y tragarse de un fétido bocado a los veinte millones de mutantes —¿qué otra cosa somos?—, con sus edificios, trenes y autobuses. La que una vez fuera la región más transparente del aire se transformaría en una gigantesca ciénaga desolada, espejo inerte del antiguo mar de Texcoco. El sol asomaría sus tenues rayos a través de la nata espesa que cubriría el lodo y las laderas del otrora majestuoso valle del Anáhuac.
Hace medio milenio la gran Tenochtitlan deslumbró a los conquistadores españoles por su belleza y perfección. Erigida sobre un inmenso lago, la ciudad era limpia y ordenada. Pero la ciudad india debía ser destruida para levantar en su lugar la metrópoli de los nuevos amos. Quinientos años después la tradición y la modernidad se baten fieramente en una ciudad que sueña aún con su glorioso pasado americano y que ha destruido parte de su legado europeo, de la misma manera en que los españoles abatieron códices, dioses y pirámides. El nuevo progreso habla un dialecto del inglés y ha llegado en la forma de una barbarie sofisticada pero inexorable. El futuro es un eterno presente ruinoso y carcomido. Nadie puede saber qué será de la raza de mexicanos que habitan esta urbe malhadada, acaso la más grande del mundo.
El crimen enseñorea las calles mientras los políticos de todos los signos —depredadores a sueldo— entrechocan sus copas en restaurantes de lujo. Niños sin padres se ganan la vida a golpes y viven en cavernas bajo el asfalto. Millones de seres viajan adormecidos de un extremo a otro para laborar como bestias y volver rendidos a sus viviendas. Masas vociferantes exaltan al cacique que amenaza refundar la patria. Otros fantasmas rezan por el regreso del oscurantismo divino. Con todo e Inquisición. La televisión, dragón enloquecido, muestra cuerpos y rostros sonrientes. Los jóvenes se desviven por hacerse ya de fama y fortuna bailando y cantando en la pantalla y, ¿por qué no?, en un fastuoso megaconcierto. Nadie quiere ya ser arquitecto ni médico —menos aún profesor. La biblioteca más grande del país se eleva tristemente para hacer gala de su enorme estupidez. Ahí descansa una pieza del artista mexicano más prominente de los últimos tiempos.
En la Ciudad de México hay lugar también para el glamour. Hay barrios chic y bistros a la francesa, con hoteles de lujo y prestigiados museos y galerías. Los miles de músicos y otros artistas que viven en la ciudad, la mayoría desconocidos, batallan por lograr una poca notoriedad. A otros le sonríe la suerte y alcanzan algo parecido a la gloria. Becas, exposiciones, conciertos, viajes. Catálogos, un buen disco. Para otros, el anonimato cruel. Hay artistas que dialogan con la inteligencia y la sensibilidad —otros lo hacen con el poder. Algunos de ellos conocen la realidad y tratan de explicárnosla. O simplemente de explicársela a sí mismos. En estos tiempos turbulentos y sin brújula, conocer a los artistas que trabajan y perviven en esta urbe descomunal, tan grande como un mar, quizá sea una de las maneras más certeras de empezar a conocerla.
martes, marzo 03, 2009
Gutierre Tibón

[Publicado en Milenio Semanal el 1 de marzo de 2009; foto de Manuel Cascales]
Los tibónidas, descendientes de Yehudá ben Saúl ibn Tibón (ca. 1120-1190), fueron una dinastía de médicos, sabios y traductores que vivieron en Granada hasta el siglo XII, cuando los fanáticos almohades obligaron a los hebreos a refugiarse en Cataluña y Provenza, dando fin así al esplendor de la rica y armoniosa cultura judeoárabe de al-Ándalus. Hijo de Yehudá, Samuel ibn Tibón no solamente tradujo al hebreo la célebre Guía de perplejos, de Maimónides —cuya familia también había sido expulsada de España—, sino que le anexó un diccionario filosófico que ayudaría a su comprensión. Maimónides escribió una carta a Samuel en la que recomendaba la traducción y el estudio de pensadores árabes, griegos y judíos “de importancia” —pues había otros en los que no valía la pena detenerse—, lo que conformaría posteriormente el corpus básico de la educación científica y filosófica de los judíos en Europa occidental.
Descendiente de esa ilustre estirpe, el erudito italiano Gutierre Tibón, nacido en Milán en 1905, habría cumplido 104 años entre el 28 de febrero y el 1 de marzo de este año no bisiesto (en que no hay 29 de febrero, como sí lo hubo el año pasado y lo habrá en 2012). Llegado a México en 1949 —invitado por Isidro Fabela, nuestro delegado en la Liga de las Naciones en Ginebra—, se mudaría pronto de la Ciudad de México a Cuernavaca, donde vivió hasta su muerte en 1998. Una calle de esa ciudad morelense lleva el nombre del inventor de la innovadora máquina de escribir portátil Hermes Baby y autor de una vastísima obra esencial para entender no solamente la historia de su país de adopción, sino cuestiones fundamentales para el desentrañamiento de mitos, leyendas y tradiciones. Entre sus numerosos libros que tratan de lingüística, filología, etnología, religión e identidad cultural se cuentan América, setenta siglos de la historia de un nombre (1945), Historia del nombre y de la fundación de México (1975), La tríade prenatal: cordón, placenta, amnios. Supervivencia de la magia paleolítica (1981), El ombligo como centro cósmico: Una contribución a la historia de las religiones (1981) y, entre muchos más, el Diccionario etimológico comparado de los apellidos españoles, hispanoamericanos y filipinos (1988).
“Mi obra como escritor, durante casi ocho lustros, no ha sido de imaginación sino de investigación”, decía Tibón de su inapreciable trabajo, y añadía: “No creo haberme salido de mi línea al revelar la verdad sobre las estatuas de la isla de Pascua o sobre las figuraciones plásticas de la pubertad femenil en la América precolombina. Sólo hipócritas o espíritus mezquinos pueden ver en las relaciones mágicas de hombre y naturaleza concepciones cósmicas de hondísimas raíces algo que hay que callar u ocultar”. Un ejemplo mínimo de su agudeza y perspicacia lo ofrece el siguiente párrafo, extraído de sus Divertimientos lingüísticos de Gog y Magog, artículos de reflexiones y curiosidades publicados en el diario Excélsior y recopilados por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en 1946: “El caso de Jerusalem me parece todavía más interesante. Uru (como Ur en Caldea) es ‘ciudad’; y salim (salám en árabe, de donde nuestra zalema) en paz. Urusalim o Ierushaláim es, pues, la Ciudad de la Paz. Pero los griegos vieron en la primera parte del nombre de su idioma Hieros, sagrado (como en hierofante, hieroglífico, etc.) y Jerusalén se volvió para ellos ‘La sagrada Sólima’”. Qué tristeza habría embargado hoy al último de los tibónidas al ver la ciudad de la paz en permanente pie de guerra.
sábado, febrero 28, 2009
La novela de Guadalajara y los 10 libros más malos

Hace unos días, durante la visita de Heriberto Yépez —en la foto— a Guadalajara para impartir un taller de ensayo, fuimos invitados por el variopinto grupo de editores de la desaparecida revista Tedium Vitae a charlar sobre literatura mexicana contemporánea, en la cafetería de la hermosa Casa ITESO Clavigero, obra, ya saben, de Luis Barragán.
La charla discurrió entre preguntas, digresiones, quesos, carnes frías y buen vino tinto. Yépez habló también de la inaudita violencia en Tijuana. En suma, hablamos de la relación entre la literatura y la realidad, de jóvenes y ansiosos escritores y antologías pretenciosas, de revistas y libros. Casi al final de la sesión, René González preguntó por la ausencia de la gran novela de Guadalajara, más para advertir sobre el asunto que para reclamar por ese hueco en la literatura nacional. Quizá porque todos los escritores tapatíos han emigrado históricamente a la Ciudad de México o a otros lados, aventuré como respuesta. Y añadí que quizá algún día Dante Medina o Juan José Doñán se animarían a emprender tal hazaña.
Curiosamente, días después apareció en el diario Público la columna de Antonio Ortuño dedicada al mismo tema. Escribe Ortuño en "Condenados": "Hace unas noches tuve referencia de un asunto tan peregrino que dedicaré este espacio a dar vueltas en torno suyo. El asunto es este: un grupo de lectores, tapatíos tan inexorables que hasta celebran el juego de palabras promocional 'Orgu-Yo-Tapatío', trasmitieron un mensaje categórico a un escritor local. El mensaje, poco más o menos, rezaba lo siguiente: nos has decepcionado, como otros antes que tú, porque no has escrito la gran novela de Guadalajara".
¿A qué reunión se refiere Ortuño? ¿Existió de veras? ¿Quién es ese escritor tapatío que recibió el reclamo? Dudo que se trate de la misma a la que fuimos invitados Yépez y yo, pues nuestros distinguidos anfitriones están muy lejos de la vulgaridad chovinista de declararse orgullosamente tapatíos y, por otra parte, nunca hubo cosa parecida a un mensaje categórico a escritor local alguno.
Es lo malo, y lo molesto, de no llamar a las personas por su nombre. Y esto lo comenté hace meses con el mismo Ortuño cuando vino David Miklos a presentar su novela La hermana falsa. Nadie se aventura, por ejemplo, a publicar quiénes son los escritores mexicanos más malos, aunque los resultados de una miniencuesta privada que hice entre escritores de la Ciudad de México y Guadalajara arrojaran en primer lugar los nombres de Volpi y Villoro. ¿Qué les impide decirlo francamente en críticas y reseñas? ¿Pusilanimidad, compromisos, corrección política? A saber...
Después de un intercambio de mensajes electrónicos entre Heriberto Yépez, Antonio Ortuño y este tecleador, Antonio nos envió esta carta que aclara este asunto. Me permito reproducirla para que no queden dudas.
Señores
Lo primero: una disculpa a Heriberto por haber tomado de su comentario el pie para escribir algo esencialmente distinto a lo que él me refirió.
No conozco, ni Yépez mencionó, a los asistentes de la reunión de marras. La tomé de pretexto, en parte, para un texto que de todos modos iba a escribir. Yépez no transmitió una versión distorsionada: yo la distorsioné para escribir lo que me pegó la gana. Eso sí: lo hice porque el comentario referido por Heriberto coincide en parte con el contenido de ciertos reclamos concretos, dirigidos a mí, tanto por dos mencionados por Rogelio como posibles autores hipotéticos de la "gran novela tapatía" como por otras lumbreras municipales. Genios que ven como una injusticia que Jalisco no sea el "invitado de honor" de la FIL (vaya ridiculez), que creen que hay algo como "lenguaje tapatío" y que toda persona nacida en esta ciudad debe inventarse abuelos alteños o rulfianos, aunque en realidad hayan sido croatas, y escribir en su honor odas a la tostada y el cuerito. Abomino, como nativo de esta ciudad y al respecto de ella, de la literatura de miras municipales (no nos hagamos como que no existe o como que lo que se pide es que se escriba el Ulises de Zapopan) y por ello improvisé la ficción de la reunión.
Rogelio: lo interesante de la "gran novela tapatía" sería que fuera una gran novela y no que fuera tapatía, ¿no? Otra cosa: ya hemos discutido el asunto de poner o no datos y nombres concretos en los textos. No lo hago porque no trato de denunciar a nadie específico, sino de discutir, así sea de modo irónico, ciertas ideas. En un sentido contrario, pero con la misma libertad, tú te reservas los nombres de quienes hicieron la lista de los supuestos peores libros del año y redactaron cada una de las entradas. Supongo que lo mío puede ser llamado cobardía o exceso de corrección, pero al menos firmo lo que escribo y no publico (por poner un ejemplo) una tontería tan grave como que Emiliano Monge no sabe redactar y luego no respaldo mi dicho con la firma de un ser humano verificable. Vaya valentía: tirar la piedra y esconder la mano, como dice el refrán. Como editor (y nunca me han faltado elogios para tu trabajo, merecidos todos, así que no tomes esto por un cebollazo) te corresponde la decisión de permitir o no que tus colaboradores firmen sus textos. Como escritor, tengo la libertad de decidir emprenderla a golpes contra personas con nombre y domicilio fiscal o de hacerlo contra espantajos que representen a lo que quiero atacar.
Me parece que la discusión amerita un texto, que bien podría publicarse en Replicante, sobre la ética de los escritores.
Recibe un abrazo.
Y otro a Heriberto y, de nuevo, una disculpa por embarrarlo en un lío que no le toca.
Antonio Ortuño
En el reciente número de Replicante publicamos la lista de Los 10 peores libros del 2008, que hicimos entre varios miembros de la mesa de redacción, del consejo editorial y con las aportaciones de varios colaboradores (es decir: Rubén Bonet, Eve Gil, José Ramón López Rubí Calderón, Ariel Ruiz Mondragón, Héctor Villarreal, Rogelio Villarreal, Heriberto Yépez). Aquí va:
Los 10 peores libros del 2008
(escritos por debutantes o famosos, da igual)
¿Por qué los diez peores? Porque para llegar a esa conclusión hay más consenso que si se tratara de los diez —o cincuenta— mejores, si hemos de creer a las revistas culturales más añejas. Por eso Replicante quiso saber la opinión de críticos, editores, lectores, abogados, secretarias y boleros para poder enlistar los diez libros más malitos publicados en México durante el año pasado. Para ello se envió un correo electrónico a más de un centenar de personas, se hicieron algunas llamadas y se mandó un recado con un mensajero; de las cien, solamente respondieron treinta, las demás se disculparon con el pretexto de la navidad y las vacaciones. Por cuestiones de seguridad —los escritores son tan vengativos como los narcos— decidimos no publicar sus nombres. He aquí los títulos que a juicio suyo resultaron los diez peores libros de 2008 en México. (Si tu novela o libro de cuentos o ensayos no aparece en esta relación, no te preocupes, o es muy bueno o no lo leyeron.)
1 La voluntad y la fortuna, de Carlos Fuentes. A estas alturas, ¿quién no sabe que Fuentes dejó hace muchos años de escribir literatura seria para maquilar novelas supuestamente exitosas?
2 Chiquita, del cubano Antonio Orlando Rodríguez. Sólo puede explicarse que esta novela insoportable y sin méritos literarios haya obtenido el Premio Alfaguara porque Jorge Volpi fue parte en el jurado.
3 El jardín devastado, de Jorge Volpi. Hecha de retazos retóricos, no inspira sino compasión. Unas cuantas frases contundentes no evitan su fracaso por la grandilocuencia y escasa imaginación. Sólo puede explicarse que esta novela insoportable y sin méritos literarios haya obtenido el tercer lugar de esta elección porque Jorge Volpi votó para que La voluntad y la fortuna y Chiquita obtuvieran los dos primeros lugares.
4 Maridos, de Ángeles Mastretta. Como si sus libros anteriores no fueran suficiente razón para ya no publicar uno más, a principios de 2008 comenzó a circular este borrador de novela que relata las ideas anacrónicas de una señora y sus amigas. Ninguno de los que votaron por ésta pudo ir más allá de las primeras treinta páginas.
5 Arrastrar esa sombra, de Emiliano Monge. Con todo y errores de redacción y notable falta de oído, este libro de cuentos de realismo aburrido hace pensar que Sexto Piso ya está publicando a sus amigos. Ojalá regresen a los buenos títulos y no echen a perder su prestigio o, por lo menos, abran una colección para publicar a sus cuates que se llame Cuarto de Azotea.
6 La última partida, de Gerardo Piña. Si David Miklos escribe como Cristina Rivera Garza pero sin la gracia de esta escritora, ¿qué puede esperarse de un escritor debutante que aspira a escribir como Miklos? Éste es el caso de Gerardo Piña con su libro trasnochado, migrañoso y desvariante. Frases que hubieran hecho palidecer a Schopenhauer, como “Sabemos que no estamos muertos... porque estamos vivos”, obligan al lector a abandonar tan erudita lectura en la página 17.
7 Pétalos y otras historias incómodas, de Guadalupe Nettel. No es que sea tan malo. Es equis. Sólo es el que más queda a deber respecto de su pretenciosa publicidad (especialmente de sus reseñistas y comentaristas). Afectación pura desde la primera hasta la última línea (en los cuentos de Nettel y en los cuentos que de ellos han hecho sus publicistas).
8 Pedro Infante, las leyes del querer, de Carlos Monsiváis. Con su inconfundible y confuso estilo barroco autocitado, Monsiváis ensalza la pobreza y la solidaridad familiar en las películas del ídolo mexicano. Monsi solía publicar mucho periodismo prescindible pero pocos libros; este año, con tres títulos hechos al vapor, rompió su regla y ahí están los resultados: libros improvisados que no añaden nada.
9 Punks de boutique, de Camille de Toledo. Lo que pudo ser un buen libro didáctico de un joven escritor francés se volvió, por su arrogancia y cursilería, un mamotreto de ideas consabidas para lectores light que se deslumbran con facilidad. Esperemos que el autor no vuelva a reclamar airadamente que se le reseñe mal en México, donde debería rendírsele culto a un francés tan ilustre como él.
10 Informe, de Rafael Lemus. ¿Informe de su obsesión literaria por Mario Bellatin y Guillermo Fadanelli, autores a los que intenta emular, peor aún, mezclar? Aunque jure que su muso es Efrén Hernández, este libro prueba que, como Christopher Domínguez, es mejor que Lemus siga haciendo crítica venenosa que narrativa monótona.
Y los tres más malos en el ámbito de la política
1 La década perdida, de Carlos Salinas de Gortari. Su lectura no deja dudas: él fue el mejor presidente de la historia mexicana —según él, of course.
2 La gran tentación, de Andrés Manuel López Obrador. Su lectura no deja dudas: uno de los políticos más hábiles y chantajistas de la historia mexicana, ahora casi un cadáver político.
3 La ruptura que viene. Crónica de una transición desastrosa, de Porfirio Muñoz Ledo. Lenin redivivo, Muñoz Ledo apuesta ahora por el derrocamiento del Estado liberal y el establecimiento del populismo obradorista.
viernes, febrero 27, 2009
Los pueblos judíos

[publicado en Milenio semanal el domingo 22 de febrero]
La idea de que el pueblo israelita es uno y que desciende de los habitantes de los reinos de Judea e Israel pertenece más a la leyenda que a la realidad. Esto es lo que afirma el historiador Shlomo Sand, profesor de la Universidad de Tel Aviv y autor de Cómo se inventó el pueblo judío, de próxima aparición en Fayard, París. Esto obedece a una interpretación literal del Antiguo Testamento, que narra la huida de Egipto de los hebreos y su establecimiento en la Tierra Prometida hasta los exilios que siguieron a la destrucción del Primer Templo en el siglo VI a.C. y del Segundo Templo en el año 70 d.C., cuando se sucedería la diáspora y una errancia de dos milenios por el norte africano, Yemen, la antigua Sefarad —España— y posteriormente Alemania, Polonia y Rusia. A pesar del tiempo y la distancia el pueblo judío habría preservado los lazos de sangre, y el viejo deseo de Rosh Hashanah (el año nuevo) “El año que viene en Jerusalén” se haría realidad para los sobrevivientes del Holocausto y judíos de otras partes del mundo. El retorno a Palestina, habitada por una minoría sin arraigo, justificaría las guerras de posesión.
Se trata de una historia lineal que no había sido cuestionada nunca y que se originó en la reconstrucción del pasado a partir de “fragmentos de memoria religiosa, un encadenamiento genealógico continuo para el pueblo judío”; una reconstrucción moderna —finales del siglo XIX y comienzos del XX— producto de los “departamentos de historia judía”, separados de los de “historia general” en las universidades israelíes, cuyos propaladores nunca han discutido con historiadores con mayores recursos interdisciplinarios.
La Biblia es un libro que tiene que ver más con la teología que con la historia. Sin embargo, historiadores sionistas encontrarían en los relatos de Abraham, la salida de Egipto y el reino de David los primeros capítulos de la historia nacional, la cual fue convertida “en alimento cotidiano de la educación nacional”.
La investigación interdisciplinaria ha desmontado el discurso de la historia judía sionista y cimbrado las “verdades bíblicas”, cuestionando el éxodo del siglo XIII a.C., como también la conducción de los hebreos por Moisés hacia la Tierra Prometida, ya que en esa época Palestina estaba ocupada por... los egipcios. No hay registros de una rebelión de esclavos en el imperio de los faraones ni de la conquista de Canáan. Así, varios acontecimientos narrados en la Biblia son desmentidos por la ciencia, hasta llegar al año 70 y la supuesta expulsión de los judíos por los romanos. Pero sucede que “los romanos nunca expulsaron a ningún pueblo en la región oriental del Mediterráneo”, dice Shlomo Sand, y plantea una primera conclusión: los pobladores de Judea siguieron viviendo en esas tierras hasta nuestros días.
La siguiente afirmación es que la mayoría de las numerosas comunidades judías dispersas provienen de una larga serie de conversiones masivas, muchas veces forzadas y muchas otras voluntarias, como las de los reinos de Adiabeno en el siglo I, en el actual Kurdistán, y el inmenso reino jázaro en el Cáucaso en el siglo VIII, y posteriores conversiones de eslavos —base de la cultura yidish—, así como de bereberes en el siglo VII, los que participarían más tarde en la conquista árabe de España. La investigación de Sand desmiente el mito fundacional judío y obliga a repensar en la necesidad de un Estado en el que puedan convivir distintos pueblos árabes y judíos con orígenes comunes pero también muy diversos.
