Ayer se publicó en el diario Reforma este excelente artículo de Jaime Sánchez Susarrey en el que destripa, merecidamente, al filósofo Luis Villoro. Yo ya había mencionado en dos textos anteriores algunas de las tonterías de Villoro en relación con la arcaica democracia directa y su defensa del destemplado Peje y del panzón sup Marcos. Posteo en seguida del de Susarrey mi artículo 'Tiempo de pensar', del que se publicó una versión corta en el diario Milenio de Monterrey hace dos semanas y que también se publicará próximamente en su versión actual en la revista Metapolítica. El otro texto en que menciono a Villoro es 'Como México no hay dos (curso veloz para entender las fotografías de Martin Parr)', publicado en inglés en el libro Mexico, de Martin Parr (Chris Butt: Londres, 2006) y en español en mi librito El periodismo cultural en tiempos de la globalifobia (col. la Centena, Ediciones Sin Nombre-Conaculta). Van los textos.
El moralista
Jaime Sánchez Susarrey
(Reforma, 26 de mayo de 2007)
¿Por qué no tenemos una izquierda moderna y democrática? Las explicaciones son muchas y muy variadas. Menciono dos relevantes: Primero, la izquierda en México proviene de una doble tradición autoritaria: el nacionalismo-revolucionario y el marxismo-leninismo. Segundo, la reflexión de los intelectuales de izquierda es pobre y poco rigurosa; no tienen ideas ni capacidad crítica, se limitan a expresar sentimientos y buenos deseos.
Un ejemplo ilustrativo de cómo operan estas almas ‘piadosas’ es el artículo de Luis Villoro publicado en la revista Nexos de este mes. Cito a continuación varias perlas y voy punto por punto.
1. ‘La confusión de la izquierda con una doctrina determinada ha sido una de las causas de su perversión. Para ser de izquierda había que abrazar un credo. Quien difería era tránsfuga o reaccionario.’
La pregunta es obligada: ¿el dogmatismo y el maniqueísmo fueron o son rasgos dominantes? Pero además, ¿dónde está el examen autocrítico por la apología que Villoro y tantos otros hicieron de los regímenes totalitarios (el ‘socialismo real’) y por el silencio cómplice que guardaron ante los millones de crímenes que se cometieron en nombre de la justicia proletaria? Don Luis habla en tercera persona. No hay en su texto un mea culpa. Peor aún. Critica el sectarismo y la intolerancia, pero no se refiere ni una sola vez al discurso incendiario e intolerante de AMLO: ‘Purificaremos la vida pública’, ni a Carlos Monsiváis, inquisidor de oportunidad y banqueta, que condenó como esquiroles a quienes se opusieron en la izquierda al ‘rayito de esperanza’.
2. ‘En Cuba la actitud del imperialismo no provocó la democracia sino su contrario: un régimen autoritario proclive a la dictadura.’
Villoro, ya se sabe, no es sociólogo ni politólogo. Eso explica que utilice el concepto ‘autoritario’ para caracterizar a un régimen que debe ser definido como totalitario. La diferencia entre uno y otro está en el Diccionario de Política de Norberto Bobbio y, también, la puede encontrar en Giovanni Sartori. Pero la barbaridad mayor es de orden histórico y tiene que ver incluso con el sentido común: los 48 años de Castro en el poder no se pueden explicar ni justificar por las presiones del imperialismo yanqui. Esgrimir esa tesis no es una inexactitud, es una verdadera estupidez.
3. ‘En Venezuela y en Bolivia podría darse una vía hacia una forma nueva de socialismo que satisficiera las necesidades de los desposeídos, tantas veces aplazadas. Sería, sin duda, una variante del socialismo en nuestra América, con tal de vencer el peligro que acecha al socialismo en esos países: el de caer en su contrario: la dictadura de un partido en el poder.’
Confundir el estatismo de Chávez y Morales con el socialismo es algo más que una estupidez, es una ceguera absoluta e inmoral. Sobre todo después de la experiencia del ‘socialismo real’ a lo largo del siglo XX. Pero no sólo eso. En ninguno de esos dos países existe el riesgo de la dictadura de un partido, porque en la más pura tradición latinoamericana lo que ya se tiene es un caudillo real, Hugo Chávez, y otro potencial pero más chiquito, Evo Morales. El autoritarismo en Venezuela está en vías de consolidación. Cobijarlo es una forma de complicidad inmoral para quien dice pensar la ética desde la izquierda.
4. ‘Confundir la izquierda con una ideología fue, en mi opinión, el gran error del marxismo y aun de la socialdemocracia. Porque el equívoco de la izquierda es identificarla con un sistema de creencias, con una ‘ideología’.’
Don Luis tira al niño con el agua sucia de la tina. Meter en un mismo saco a la socialdemocracia y a las corrientes marxistas (leninistas et álii) es otra barbaridad descomunal. La matriz marxista-leninista generó distintas formas de ‘socialismo’: desde el soviético hasta el albanés, pasando por el chino y el cubano. Todos fueron regímenes totalitarios y en todos (con espeluznante crueldad en muchos de ellos) se cometieron crímenes terribles. Baste recordar el estalinismo, la revolución cultural, los boat people en Vietnam o a Pol Pot. La socialdemocracia, en cambio, adoptó los principios de la democracia y de la economía de mercado y se convirtió en uno de los motores del desarrollo de sociedades más igualitarias y democráticas. Allí está el caso sueco y la lista se puede alargar. Así que no, don Luis, no hay que confundir la gimnasia con la magnesia. No es lo mismo Jean Jaurès que Lenin o Mao.
5. ‘Frente a la democracia representativa como la que se supone que hay en México, el zapatismo propone un camino para llegar a una democracia participativa o comunitaria, desde abajo, que hiciera realidad su lema ‘mandar obedeciendo’.’
Marx pensaba que el proletariado, la clase revolucionaria, era portador de futuro y de una sociedad plenamente emancipada. No había en su propuesta un ánimo justiciero, propio de los ‘socialistas utópicos’, a quienes descalificaba, sino una apuesta científica: la historia caminaba inexorablemente hacia la etapa final donde cada uno sería retribuido según sus necesidades. El comunismo se organizaría en torno a la libertad total del individuo. Luis Villoro, en cambio, apuesta por un regreso al pasado. La ‘democracia participativa o comunitaria’ que idealiza no es otra cosa que una forma de organización premoderna. Las decisiones se toman por consenso y a mano alzada. El individuo se disuelve en la comunidad, no tiene derecho a disentir ni a oponerse a la comunidad. Las mujeres, como en todas las sociedades premodernas, viven bajo la férula patriarcal del padre de familia o del esposo. Así lo establecen la división social del trabajo y los valores comunitarios.
6. ‘Más allá del PRD, hay personas y sectores en otros partidos, en el Partido del Trabajo, en Convergencia e incluso en el PRI, que podrían participar en un movimiento amplio de una izquierda unida, más allá de su pertenencia a un partido.’
Ya se sabe que hay silencios que delatan. Villoro no menciona en su largo ensayo ni una sola vez al partido Alternativa Socialdemócrata. La omisión es sintomática. Patricia Mercado y su partido son consideradas por AMLO, Monsiváis y Poniatowska como unos esquiroles. El moralista asiente, calla, y se refuta así a sí mismo. No debe extrañar. Las recaídas son siempre peores que las caídas. Don Luis dice una cosa, pero en los hechos predica la intolerancia y el sectarismo de siempre. Los tránsfugas, los traidores y los esquiroles no sólo no caben en su cielo... de ‘izquierda’, sino deben ser inmolados con fuego purificador. Amén.
Tiempo de pensar
Rogelio Villarreal
'Creo que después del fraude electoral hemos salido unificados; no ha habido rupturas. Cuento con el apoyo, con el respaldo, de los dirigentes del PRD, y desde luego, con el apoyo y el afecto de los militantes, lo cual es recíproco.'
Andrés Manuel López Obrador [videograbación presentada en el Museo de la Ciudad de México, 5 de mayo de 2007]
En Francia la socialista Ségolène Royal aceptó, triste y elegantemente, su limpia derrota a manos de los votantes del derechista Sarkozy, pero los exaltados más a la izquierda que su favorita salieron a las calles para protestar y enfrentarse a la policía. Quizá pensaban, como acá el candidato perdedor el 2 de julio de 2006, que 'el triunfo de la derecha es moralmente imposible'. El hecho es que Sarkozy ganó, aunque a muchos no nos guste. Y su triunfo de ninguna manera quiere decir que la sociedad francesa esté dividida o 'enfrentada', como no lo están las sociedades italiana, estadounidense o costarricense: las distintas variables del espectro político son naturales y necesarias. Sin embargo, en México no son pocos los intelectuales y artistas que aún piensan que nuestro país se dividió de un tajo en dos partes iguales e irreconciliables después de las elecciones del año pasado -¿y los que votaron por otras opciones, y los que dejaron de hacerlo? Escribe Luis Villoro:
'Después de la última elección hay muchos argumentos para sostener que hubo un fraude: la decidida intervención de la presidencia y su candidato en el proceso electoral, la negativa al conteo pormenorizado de los votos, la declaración apresurada del IFE sobre la escasa diferencia en el resultado de la elección, son elementos suficientes para sospecharlo' ['El camino de la izquierda', Nexos no. 353, mayo de 2007].
Sorprende que un pensador de esa talla repita a estas alturas argumentos tan discutidos y rebasados. La indigna intervención de Vicente Fox fue reconvenida por el Tribunal Federal Electoral, pero la negativa al conteo pormenorizado de los votos no se llevó a cabo simplemente porque la Coalición por el Bien de Todos no solicitó de manera formal sino el recuento de una parte de ellos, y se examinó el 9 por ciento de las casillas. Enseguida Villoro añade significativamente: 'Pero sea o no producto de un fraude, la elección ha puesto de manifiesto una situación real: la división que existe en el país entre un grupo de privilegiados y los excluidos'. El filósofo admite que quizá no hubo tal fraude y descubre de nuevo la pobreza y las graves desigualdades que existen en este país desde antes de su fundación, pero en su texto -en el que critica y aconseja a la izquierda, coquetea con el Sub Marcos e insiste en la arcaica 'democracia directa' de los indios- puede colegirse que creía que el arribo de López Obrador a la presidencia habría empezado a revertir esa triste condición.
En México el lento ciclo de transición a la democracia que se inició con el movimiento estudiantil de 1968 y que empezaba a mostrar resultados alentadores -como la expulsión del PRI de Los Pinos en el 2000 y el posterior fortalecimiento y ciudadanización de instituciones como el Instituto Federal Electoral- sufrió un brusco frenazo, acaso un retroceso, con la decisión de López Obrador de confundir alevosamente la inequidad y las irregularidades con un fraude electoral en el momento mismo en que supo que había perdido las elecciones -una invención secundada sin ningún cuestionamiento por intelectuales y artistas que anhelaban la llegada de una república socialista y, muchos de ellos, los privilegios de los nuevos puestos en que ya se veían oficiando. Largas décadas de represión, autoritarismo y fraudes priistas calaron hondo en el ánimo de la población, acostumbrada a las mentiras oficiales y a ser tratada como menor de edad. El grito del candidato perdedor parecía tener lógica. ¿Qué de raro tenía otro fraude más? Las autoridades y las instituciones caían otra vez en el descrédito. (Aunque es cierto que muchas de ellas se lo han ganado a pulso. La prueba de fuego de Felipe Calderón será devolverles esa credibilidad. ¿Puede haber una ética superior a las ideologías?)
No que las instituciones se hubieran transformado al unísono en instituciones transparentes y democráticas, pues muchas de ellas aún siguen lastradas por la corrupción y la opacidad, aun en manos de panistas o perredistas, educados apropiadamente en la mejor escuela del antiguo y mañoso partido oficial: en su mayoría, la clase política es una sola, pragmática y rapaz, no importan ya los principios ni las ideologías que dicen profesar y defender. Empero, el sinuoso camino recorrido hasta entonces apuntaba a la progresiva democratización del país y a la eventual consolidación del Estado de derecho, así el proceso se lleve otros cuarenta años (¿algún día los políticos dejarán de ser una excrecencia de lo peor del pueblo mexicano?). Un paso adelante y dos atrás, cortesía estos últimos del cacique que se coronó emperador de su soñada república juarista y que ahora se empeña en la instauración de la 'cuarta república'. (Al menos, si Obrador de veras se cree presidente legítimo ya no podrá contender de nuevo por la presidencia en el 2012.)
La aparición simultánea de dos libros antagónicos es sintomática del ánimo que pervive en distintos sectores de la ciudadanía. Las razones del descontento (Aguilar), del periodista Federico Arreola, expone una vez más la retahíla de versiones y medias verdades en torno a la campaña presidencial, el fraude imaginario y el llamado pomposamente 'movimiento de resistencia civil'. En el libro del operador de AMLO tanto éste como la Coalición por el Bien de Todos aparecen como víctimas ingenuas e inocentes de las artimañas y la sevicia del Estado (aun cuando entre las filas perredistas se agazapan sagaces dinosaurios del viejo régimen). En cada página de su memorioso trabajo Arreola acusa y descalifica al tiempo que inventa héroes instantáneos de la resistencia, pero es incapaz de reconocer los errores propios y minimiza candorosamente la corrupción del gobierno del Distrito Federal y el uso de sus recursos para la campaña, como tampoco importan los cinco años de precampaña de AMLO al frente del gobierno capitalino. Como dato curioso, deja muy claro que si bien profesa una ideología de derecha, puso 'todo su empeño en el proyecto de llevar a la Presidencia de México a un político de izquierda'. Esto es falso: el tabasqueño, como lo demuestran su credo (su Proyecto alternativo de nación), sus actitudes y sus siniestros aliados (priistas y sindicalistas corruptos), no es de izquierda, pues se trata de un político conservador con un proyecto calcado del nacionalismo revolucionario del viejo PRI. 'López Obrador no es juarista. Benito Juárez hoy sería lo que mexicanamente se conoce como ‘conservador’: capitalista y liberal, además de proyanqui' [José Ramón López Rubí Calderón, '¿Liberales?', Replicante no. 11]. ¿Acaso no hay nadie entre los marxistas del PRD que pueda emprender el análisis serio y distante de su ex candidato?
Por su parte, el antropólogo y sociólogo Roger Bartra expone en Fango sobre la democracia. Textos polémicos sobre la transición mexicana (Planeta) sus reflexiones en torno a una variedad de temas 'unidos por un solo hilo conductor: los procesos democráticos de los últimos años'. Los ensayos que lo integran son tan ambiciosos como esclarecedores y comprenden el errático comportamiento de la izquierda -antes y después del 2 de julio-, la necesaria definición de la derecha, el ya lejano levantamiento neozapatista y la discusión sobre las tradiciones indígenas (los 'usos y costumbres' de origen más colonial que indígena), así como la crisis del nacionalismo y los grandes problemas de identidad de los mexicanos, no sin echar una larga mirada al arte y la cultura oficial.
En las antípodas del libro de Arreola, el de Bartra exige serenidad y reflexión, como en su tiempo lo exigió la lectura de El laberinto de la soledad, y busca, como él mismo lo dice, 'estimular el debate de ideas y principios políticos. Esta compilación de textos plantea que sólo la vocación democrática de millones de mexicanos podrá vencer la pequeñez de la llamada clase política'. No es tarea fácil, pero tampoco imposible. Habrá que ver también si esa vocación democrática logra sortear los constantes peligros que acechan a la frágil democracia mexicana, vejada siempre desde varios flancos -incluso desde el poder mismo.