Bastan apenas doce días en Londres para olvidarse un poco de México, de sus atavismos y problemas -los que moverían a risa si sus consecuencias no fueran tan trágicas y su solución no se postergara durante largos y desesperantes meses, cuando no decenios y hasta siglos. No es que Londres y la Gran Bretaña no los tengan, desde los escándalos de sus políticos hasta la estúpida decisión de Tony Blair de alinearse con Bush Jr. para invadir Irak, pero allá la madurez de la sociedad encara con elegancia y gravedad -pero también con humor- los diferentes avatares que se suceden, desde cuestiones como el transporte urbano, el estacionamiento público y la recolección de la basura hasta los atentados terroristas, la violencia juvenil, la inmigración -mientras que otros países, como Suiza, endurecen sus leyes antiinmigrantes-, la discriminación -un delito severamente castigado- y la guerra: recuérdese que en 2003 un millón y medio de londinenses marcharon contra la invasión a Irak.
La ciudad, inmensa, de aire fresco y limpio, es un interminable laberinto de calles sinuosas -increíblemente lisas, para quien ha vivido sorteando los baches de la Ciudad de México y Guadalajara- y pensadas hace siglos para el paseante. Gente de todas las razas y de todas las religiones camina despreocupadamente a la orilla del plácido Támesis o por los barrios comerciales, como el sofisticado Chelsea, el ajetreado mercado de Portobello, los agradables bares de Brick Lane -olvídense de la Condesa, por favor- y los inmensos y cuidados parques, que de tan pulcros y verdes parecen postales, lo mismo que las casas y los edificios, esas soberbias construcciones victorianas de ladrillos rojos y techos de dos aguas.
Los nuevos autobuses de dos pisos recorren calles y avenidas sin prisas, sin las violentas carreras a que nos tienen acostumbrados los choferes locales. (Los viejos routemasters, que circulaban desde mediados de los años cincuenta, fueron vendidos a China y reemplazados por modernos autobuses con más capacidad, pero sin la simpática personalidad de aquellos tradicionales iconos londinenses.) La basura escasea, aun en barrios populares, y el servicio de recolección es efectivo y puntual. Sí, la ciudad es cara y los impuestos son altos, pero eso hace que funcione. En cambio, los mejores museos y galerías del mundo son gratuitos: la Tate Modern y el Museo Británico, por nombrar sólo dos. El tránsito es ordenado y las señales muy claras. Para el visitante extranjero es conveniente leer los letreros en el suelo antes de cruzar la calle si no quiere ser arrollado: Look right o Look left, por esa incomprensible costumbre de los ingleses de manejar por la izquierda. Hace unos años el alcalde Ken Livingston impuso un peaje -'congestion charging'- a los vehículos privados que circularan por el centro en horas hábiles, lo cual redujo el tráfico y aumentó el uso del transporte público y de las bicicletas: es común ver empleados de saco y corbata y zapatos impecables o de traje sastre y medias con su casco debidamente colocado conduciendo grácilmente bicicletas o vespas por uno de los distritos financieros más importantes del mundo. Si usted entra con su auto en esa área una cámara filmará sus placas y pocos días después le llegará a su casa por correo el cargo correspondiente.
El crimen y la inseguridad han disminuido notoriamente debido quizá a las más de 300 cámaras de video que graban y vigilan los principales puntos de la ciudad. Hay barrios en los que existe la pobreza y el desempleo, pero raras veces se ven las miserables estampas que solemos ver en estas regiones. Escasean los mendigos y los vagabundos y el Estado provee de seguro de desempleo y habitación a los más necesitados. Ni el férreo gobierno de Margaret Thatcher pudo abolir estas añejas conquistas de los trabajadores.
En Londres, es raro advertirlo, la gente respeta a la gente y a la misma ciudad. Una metrópolis que en los años sesenta venció a la contaminación y ahora luce radiante, majestuosa. Una de las más antiguas capitales del mundo, que concilia alegremente la tradición y la necesaria modernidad.